You should have seen them kicking Edgar Allan Poe...

| 29 septiembre 2009 | 4 Opiniones |
Una vez más los escarabajos portuarios [léase The Beatles o de manera castellanizada Los Bitles...] hacen su aparición en este su blog de confianza, Nevermore, y sólo porque la hija de mis jefes escucha esta canción con cierta frecuencia, se trata de 'I am the Walrus' [la cual me gusta sobre todo la psicodelia musical] de dicho cuarteto, pero ella escucha la versión -barata- de Bono de U2 que aparece en la película que, 'extrañamente', está repleta de música de los Beatles, 'Across the Universe'. Dicha versión, a pesar de seguir básicamente la misma línea que la original me parece totalmente mala, pésima, asquerosa, de mal gusto. O quizás sólo sea mi mala fe hacia este grupo de irlandeses.

Esta es la versión original:



Esta la del 'talentosísimo' Bono:



Y esta, a mi parecer es mejor que la anterior, en la voz, Jim Carrey:



Pasando a otro orden de ideas, jojo, me sentí en algún evento de muchísima importancia, muy pronto pondré a su alcance todos los libros que he colocado a lo largo de la vida del blog, que siendo honestos, son pocos, para que los puedan descargar. Quizás no tenga mucho sentido, pero quizás haya alguien que los quiera conservar en su pc, o qué se yo. El problema es que, muchos lugares de almacenamiento caducan por inactividad, ¿qué me recomiendan?

Cheers!

Ruido Gris

| 28 septiembre 2009 | 7 Opiniones |
En la madrugada, desde mi cuarto, cuando nada parece estar haciendo ruido, puedo oír un murmullo. Empieza entre mis ojos y se extiende hasta mi nuca. Es como un susurro y me concentro tratando de descifrar las palabras que suenan en mi cabeza, sabiendo de antemano que no tienen ningún sentido. No dicen nada. El zumbido es parecido a esa vibración que uno siente, pero que no puede decir de dónde viene, cuando está en un mall justo en el momento en el que todas las tiendas empiezan a prender sus luces y ponerse presentables. Cuando llega la gente, esa vibración sigue ahí, pero ya no es perceptible. Mi cabeza es como un mall vacío. El sonido de un espacio no ocupado. La vibración que producen las expectativas. El susurro de un deseo que no se puede nombrar.

Puedo asegurar que estoy acostumbrado al zumbido. También estoy acostumbrado a que mi corazón esté latiendo, a que mi cerebro encadene ideas que no llevan a ningún lado y a que mis pulmones tomen aire para después sacarlo. El cuerpo es una máquina insensata.

A veces el ruido me arrulla en las noches. A veces no me deja dormir y me mantiene despierto, observando sobre el techo un indicador amarillo que me indica que estoy en stand by.

Transmití por primera vez cuando tenía 18 años. Estaba desesperado por conseguir una noticia, la que fuera. Así que me dedicaba a caminar por las calles, siguiendo a personas cuyos rostros parecieran material de televisión. Me sentía como un vagabundo con una misión. Me había sobrado algo de dinero después de la operación y me podía dar el lujo de comer donde quisiera, así que subí a uno de esos restaurantes que están en el último piso de un edificio lo suficientemente alto como para provocar vértigo. Después de tomarme un trago caminé hacia el baño tratando de encontrar una salida a la azotea. Quería unas tomas de la ciudad para mi archivo privado. Abrí varias puertas sin encontrar nada. Al igual que mi vida, pensé con un cinismo que a veces extraño. Las azoteas de todos los edificios son iguales. Un espacio llenado por formas geométricas, de colores grises. Debería de haber alguien que se dedicara a pintar murales horizontales en los techos de las azoteas con mensajes para los aviones que pasan cada cinco minutos sobre esta ciudad. Aunque no sé qué mensajes podrían tener. ¿Qué le dices a personas que están a punto de llegar a algún lugar que no sea bienvenido? Hace mucho tiempo que nadie se siente bienvenido en esta ciudad.

Había alguien saltando una cerca de aluminio en el otro extremo de la azotea. Quizás era mi día de suerte y se iba a suicidar. Apreté en mi muslo el botón de urgente, esperando no equivocarme. Poco tiempo después, un indicador verde iluminó mi retina, diciéndome que estaba en los monitores de algún canal, pero no al aire. El tipo estaba parado en una cornisa y veía hacia abajo. Era moreno y chaparro; me estaba dando la espalda, así que no podía ver su rostro. Salté la cerca y miré hacia abajo, estableciendo la escena para los televidentes; después podrían editarla. El moreno me volteó a ver, se puso nervioso y saltó. En ese momento, una luz roja se prendió en mi cabeza y escuché una voz manchada de estática en mi oído.

Está al aire, amigo.

Esa noche me enteré de que el moreno se llamaba Veremundo, era un profesor de gimnasia de 54 años. La nota de suicidio que encontraron en su cuerpo decía que estaba harto de no servir para nada, de sentirse insignificante del desayuno a la cena y que lo peor de su suicidio era saber que no afectaría a nadie.

Los suicidas siempre dicen lo mismo.

CUANDO NO SE TIENE LA POSIBILIDAD DE PODER PREPARAR UNA CÁMARA EXTERNA PARA SITUAR LA ACCIÓN, EL REPORTERO DEBE CONSEGUIR TOMAS DE ESTABLECIMIENTO - LONG SHOTS - PARA ASEGURAR QUE EL ESPACIO EN EL QUE SE DESARROLLA LA ACCIÓN SEA LÓGICO PARA LOS ESPECTADORES . LOS REPORTEROS DEBEN PREPARAR TOMAS FIJAS PRIMERO, Y DESPUÉS CUANDO HAYA ACCIÓN, PODRÁN USAR TOMAS CON MOVIMIENTO.

Los suicidios no están muy bien pagados. Hay tantos al día y la gente es tan poco imaginativa que si pasas un día viendo televisión, puedes ver por lo menos 10 suicidios, y ninguno es muy espectacular. Al parecer, lo último en lo que piensan los suicidas es en la originalidad.

Sólo una vez traté de persuadir a un suicida. Era una señora de unos 40 años, flaca y ojerosa. Le dije que lo único para lo que iba a servir su suicidio era para darme de comer unos dos días; que no tenía ningún caso ser otro más; que entendía perfectamente que la vida era una mierda, pero que no tenía caso suicidarse para entretener a miles de cabrones que no hacen otra cosa que cambiar los canales de televisión en busca de algo que aumente, aunque sea un poco, el nivel de adrenalina en su cuerpo.

Saltó de todos modos.

Yo regresé a mi casa y esa noche observé varias veces la grabación personal que había hecho. Cada acción sucedió miles de veces en mi monitor. Terminé pasándola en cámara lenta, tratando de buscar algún momento en el que su expresión cambiara, el momento en el que alguna de mis palabras pudo haber tenido un efecto que no supe aprovechar.

Me acosté con los ojos irritados, un mal sabor de boca, y pensando que lo que le dije a

la señora bien me lo podría estar diciendo a mí mismo.

Estoy harto y salgo de mi casa a comprar algo que comer, me subo en mi bicicleta (que ocupo para trasladarme cerca de mi casa) y justo antes de llegar a una pizzería escucho varias patrullas a unas cuadras. Aprieto el control en mi muslo y la señal verde se prende en mi ojo. Pedaleo rápidamente siguiendo el sonido de las sirenas. Doblo una esquina y veo a cinco patrullas estacionadas en la entrada de un edificio. Dejo mi bicicleta recargada en una patrulla, esperando que nadie se la vaya a robar, y me acerco corriendo a donde un policía está impidiendo la entrada a los curiosos. Le muestro mi credencial de prensa y a regañadientes me deja pasar. Me dice que suba al tercer piso. Cuando llego, unos paramédicos están examinando un cuerpo que se convulsiona en la puerta del departamento. Me detengo para establecer las tomas. Un full shot de los paramédicos, un long shot del pasillo, y trato de caminar lentamente y fijar mi vista para que el movimiento no sea muy brusco. Me detengo en la puerta y paneo lentamente mi cabeza para poder establecer el lugar en miles de monitores en el mundo. Mi indicador lleva varios segundos en rojo. Me acerco a un oficial de policía que está tapando un cuerpo junto a un monitor de TV. En el monitor están transmitiendo mi toma. Siento el escalofrío que siempre acompaña a un enganche, me empiezo a marear y una punzada atraviesa mi cráneo de lado a lado. Pierdo todo sentido del espacio hasta que volteo y me encuentro a un policía tratando de ser la estrella del día. El policía nota el destello rojo en mi ojo derecho y se dirige a él. Recibimos noticias de parte de los vecinos de este departamento de que habían escuchado a un bebé llorar. Y sabían que aquí sólo vivían tres hombres solteros. Usted sabe cómo es la gente, pensaron que eran unos pervertidos homosexuales que habían adoptado un bebé para poder sentirse un poco más normales.

Interrumpo la risa del policía que está posando para mi ojo derecho y le pregunto cuándo les avisaron.

Hace 20 minutos. Hicimos una correlación de bebés secuestrados. Cuando llegamos aquí, ya habían matado a los vecinos. Al parecer, estaban monitoreando todas las llamadas telefónicas, y empezaron a dispararnos...

El oficial seguía hablando y yo estaba concentrado cuidando la toma, cuando me pareció ver un movimiento atrás de él. Al parecer, la puerta de un clóset se estaba abriendo. Lo siguiente que registro, y supongo que va a ser bastante espectacular, puesto que mi toma era un close up de su rostro, es un destello y su rostro estallando en pedazos de sangre y carne.

Me aviento contra su cuerpo, lo cargo, y dejo que mi impulso nos lleve contra el que sea que hizo esto. Antes de llegar al clóset suelto el cuerpo y me hago un paso para atrás, aclarando la toma. El cuerpo sin cabeza del policía golpea a otro cuerpo y lo derriba. Me acerco rápidamente y piso la mano en la que tiene una pistola. Puedo escuchar los huesos al romperse.

Es una lástima no tener la capacidad de audio para grabar esos sonidos. ojalá se les haya ocurrido insertarlo en la sala de transmisión. La toma es una picada al rostro de un tipo empapado con la sangre del policía. No puedo distinguir sus facciones. Llegan más policías. Camino unos pasos hacia atrás.

Al parecer, comento al aire, todavía quedaba un individuo escondido en el clóset y este descuido de la policía ha provocado que otro oficial pierda la vida. Siempre es bueno criticar a las instituciones. Aumenta los ratings. En ese momento escucho un escándalo en la puerta y volteo rápidamente para encontrarme con una joven llorando, acompañada de un agente de una compañía privada de seguridad, que entra a uno de los cuartos de los que todavía no consigo tomas. Cuando trato de entrar, un policía me detiene, y con la mirada me dice que no puedo entrar. Sé que se muere de ganas de insultarme, pero sabe que estoy al aire y que puede dañar la imagen de la policía de esta ciudad, así que sólo me dice que no puedo entrar. Alcanzo a tomar a la señora levantando un bulto y acercarlo a su pecho mientras repite sin cesar mi amor, mi hijo.

¿Qué es eso, oficial? ¿Es un bebé? Éste es un momento privado, reportero, usted no tiene derecho a estar tomando esto.

Tengo el derecho de la información. Miento por reflejo, pero no logro hacer que se quite. Pruebo suerte con la muchacha que entró llorando, ¿puedo ayudarla en algo, señorita?

En ese momento me doy cuenta de que el bulto que levantó está lleno de sangre. Varios oficiales y dos paramédicos tratan de quitarle el bebé, pues supongo que eso es, pero ella no quiere soltarlo. Se arregla el pelo y se acerca a mí. Apúrate, pienso, tus 15 minutos ya están corriendo. ¿Ustedes de la televisión, verdad? Mi primer reflejo es asentir con la cabeza, pero me acuerdo que es un movimiento desagradable para los televidentes, que yo no debo tener más que personalidad verbal, y le contesto afirmativamente.

Alguien robó a mi bebé y ahora lo encuentro, y parece que la policía lo ha dañado, tiene un disparo en su pierna. La señora llora cada vez más fuerte mientras un paramédico le dice que sólo está logrando lastimar más al bebé. Me confundo pues alguien empieza a gritar en el receptor de mi oído. Quieren que le pregunte a la muchacha su nombre. El paramédico le arrebata al bebé. En mi cabeza, los directores de programación siguen hablando. No lo pudimos planear mejor, esto es drama, espérate a recoger tu cheque, los ratings le pondrán varios ceros.

Lo demás es rutina. Entrevistas, datos, versiones. El destino del bebé será tarea para otro tipo de reporteros, y mantendrá conmovida a toda una ciudad durante esta tarde y quizá la mañana siguiente, cuando otro reportero grabe una noticia más fresca.

Cuando salgo del edificio, mi bicicleta ya no está esperándome. Tengo que caminar hasta mi casa. Vivo en un mundo sin oscuridad. Todo el día hay un indicador en mi retina que indica mi estatus de transmisión. Puedo bajar la intensidad del indicador, pero aun cuando duermo me hace compañía. Un foco amarillo y un zumbido, un murmullo. Con ellos duermo. Son mi familia cercana. Pero mis ojos pertenecen al mundo. Mi familia lejana abarca toda una ciudad. Aunque nadie me reconocería si se cruzara conmigo en la calle.

Hace varias semanas que no salgo. Con mi último cheque no tengo necesidad de andar buscando noticias. La privacía es un lujo para un hombre de mi condición. Varias veces al día un indicador amarillo se prende en mi ojo derecho y escucho una voz que me pregunta si tengo algo, que tienen un tiempo muerto y que hace varios días que no transmito nada. Simplemente no contesto. Cierro los ojos y me quedo callado esperando que entiendan que no estoy de humor.

¿Qué hago en mis días libres? Pues bueno, trato de no ver nada interesante. Leo revistas. Observo la ventana de mi cuarto. Cuento los cuadros del piso que hay en la sala. Y recuerdo cosas que no estén grabadas en una cinta mientras mis ojos apuntan al techo, que es de color blanco, quizás el color menos atractivo en una pantalla de televisión.

LOS ERRORES MÁS COMUNES DE UN REPORTERO OCULAR SE DEBEN A LOS REFLEJOS DE SU PROPIO CUERPO. UN REPORTERO TIENE QUE VIVIR BAJO UNA CONSTANTE DISCIPLINA QUE LE PERMITA EVITAR LOS REFLEJOS APARENTEMENTE INVOLUNTARIOS. NO HAY MAYOR MUESTRA DE INEXPERIENCIA Y DE FALTA DE CONTROL PROFESIONAL QUE UN REPORTERO QUE CIERRA LOS OJOS ANTE UNA EXPLOSIÓN, O EL REPORTERO QUE LLEVA LOS BRAZOS A LA CARA CUANDO UN RUIDO LO SOBRESALTA.

Hoy no es un buen día. Voy caminando por la calle y en todas las tiendas puedo oír la misma noticia. El síndrome de exposición continua a la electricidad, SECLE para los fanáticos de las siglas, parece estar causando estragos. El constante estímulo a las terminaciones nerviosas provocado por la electricidad y un medio ambiente constantemente cargado de electricidad, radiación de monitores y microondas, etcétera, etcétera, parecen afectar mortalmente a ciertos individuos. Me paro frente a un aparador y empiezo a grabar a un reportero que tiene a sus espaldas una pared de videos: Al parecer, el sistema nervioso central está tan acostumbrado a recibir estimulación electrónica externa que cuando ésta le hace falta, empieza a reproducirla, mandando constantes señales eléctricas a través del cuerpo sin ningún sentido y sin ninguna función, acelerando el ritmo cardiaco e hiperventilando los pulmones. Los ojos empiezan a parpadear y a veces la lengua empieza a moverse dentro de la boca. Incluso hay testigos que dicen que las víctimas de este síndrome pueden hablar en lenguas , o que este síndrome es lo que ha causado este tipo de experiencias en varios sujetos.

Aquí insertan tomas de varios individuos hablando en lenguas.

El reportero, con mirada seria y tratando de captar la atención, sigue caminando mientras en la pared de video aparecen imágenes de personas que sufren este tipo de síntomas. Las pantallas se llenan de imágenes de señores serios con cara de preocupación. Entrevistas a expertos, seguramente.

Todavía nadie sabe a ciencia cierta la naturaleza exacta del síndrome. La comunidad mundial científica está en crisis. Hay quienes dicen que esto es tan sólo un rumor iniciado por los medios, que es simplemente otra enfermedad convertida en un evento por los medíos. Hay quienes dicen que el síndrome no es tan grave como parece. Pero también están aquellos que opinan que la civilización ha creado un monstruo del que difícilmente podrá escapar.

Las imágenes en los monitores cambian. Varios long shots de casas rústicas, rodeadas de árboles. La música cambia. Instrumentos acústicos. Una flauta y una guitarra.

Pero ya hay varios centros de desintoxicación eléctrica en ambientes rurales. Casas de descanso en donde nada es eléctrico. Ésta es quizá la única posibilidad o esperanza que tienen aquellos sujetos que presentan los síntomas de este síndrome. Como siempre, lo último que muere es la esperanza en lo que quizá es la enfermedad artificial más importante de este siglo. Hay quienes dicen que lo que fue el cáncer para el siglo pasado, el SECLE será para el nuestro.

Hay algunas tomas de estos lugares. Los pacientes miran las ventanas o las paredes, como esperando algo que saben que nunca va a llegar. Como esperando que la civilización cumpla una promesa, pero conscientes de que es imposible, pues ya todo el mundo ha olvidado lo que se había prometido.

El equipo para transmisión corporal es muy caro. Me lo regaló mi padre. Bueno, él no sabe qué fue lo que me regaló. Simplemente recibí un E-mail el día de mi cumpleaños número 18 que decía que había depositado en una cuenta a mi nombre quién sabe cuánto dinero; que yo tenía que decidir qué hacer con él y que después de gastarlo, estaba solo. Que ya no lo buscara.

Todavía guardo ese E-mail en mi disco duro. Es una de las ventajas de la era digital. La memoria se hace eterna y puedes revivir esos momentos cuantas veces quieras. Quedan congelados fuera de ti, y cuándo no sabes quién eres o de dónde vienes, unos cuantos comandos en tu computadora traen tu pasado al presente. El problema es que cuando el pasado sigue físicamente vivo en el presente, ¿cuándo llega el futuro?, ¿para qué quieres que llegue?

El futuro es una repetición constante de lo que ya has vivido, quizás algunos detalles puedan cambiar, quizá los actores sean diferentes, pero es lo mismo. Y cuando no lo has vivido, seguramente ya viste algo parecido en alguna película, en algún programa de tv o escuchaste algo parecido en una canción. Yo sigo esperando que mi madre regrese un día y que me diga que todo fue una broma; que nunca murió. Yo sigo esperando que mi padre cumpla su promesa y venga a visitarme al orfanatorio. Yo sigo esperando que mi vida deje de ser esta repetición interminable de días que se suceden sin nada nuevo que esperar.

Con el dinero pagué parte de mi operación. Legalmente la mitad de la operación la paga la compañía que tiene los derechos de mis transmisiones. Los doctores trataron de convencerme de que no me lo pusiera. Pero yo ya tenía más de 16 años, así que les dije que se dedicaran a hacer su trabajo. Necesitaba ganar dinero y sabía perfectamente que la suerte y la necesidad son extraños compañeros de cama. Tres días después, las terminaciones nerviosas de mis ojos y mis cuerdas vocales estaban conectadas a un transmisor que podía enviar la señal a los canales de video.

Ésa fue la última vez que tuve noticias de mi padre.

EL DETALLE MÁS IMPORTANTE QUE TIENE QUE CUIDAR UN REPORTERO OCULAR ES EVADIR LOS MONITORES CUANDO ESTÁ TRASMITIENDO EN VIVIO. SI UN REPORTERO ENFOCA UN MONITOR QUE ESTÁ REPRODUCIENDO LO QUE ÉL ESTÁ TRASMITIENDO, SU SENTIDO DEL EQUILIBRIO SE VERÁ GRAVEMENTE AFECTADO Y EMPEZARÁ A SENTIR UN AGUDO DOLOR DE CABEZA. LA EXPOSICIÓN A ESTE TIPO DE SITUACIONES SE REGULA FACILMENTE EVITANDO HACER TOMAS DE MONITORES CUANDO SE ESTÁ TRASMITIENDO EN VIVO. ES IMPORTANTE ACLARAR QUE LAS TRANSMISIONES REFLEJO ENGANCHAN AL REPORTERO Y QUE HAY UNA ALTERACIÓN DE LOS ESTÍMULOS QUE VAN DEL CEREBRO HACIA LOS DISTINTOS MÚSCULOS DEL CUERPO, POR LO QUE A VECES ES CASI IMPOSIBLE DEJAR DE HACER CONTACTO VISUAL CON EL MONITOR. LA ÚNICA MANERA DE EVITAR ESTOS ENGANCHES ES MEDIANTE MOVIMIENTOS BRUSCOS DEL CUERPO O DEL CUELLO EN CUANTO SE HACE CONTACTO VISUAL CON LAS IMÁGENES QUE SE ESTAN TRASMITIENDO. INVESTIGACIONES RECIENTES INFORMAN QUE EXPOSICIONES DE LARGA DURACIÓN ANTE ESTOS LOOPS VIRTUALES PROVOCAN SÍNTOMAS PARECIDOS AL DEL S ECLE. ESTA INFORMACIÓN TIENE COMO FUENTE EXPERIMENTOS RECIENTES Y LOS REGISTROS DEL CASO TOYNBEE.

El caso Toynbee es una leyenda que todos los que están en mi profesión no pueden olvidar. Unos extremistas antimedia secuestraron a un reportero y vendaron sus ojos para que no pudiera transmitir nada. Cada dos horas transmitían sus opiniones ante una nación que miraba entretenida. Que los medios son la causa del deterioro moral de nuestra sociedad, que los medios están provocando la extinción de la individualidad, que miles de trastornos mentales se deben a que los seres humanos sólo pueden conocer la realidad a través de los medios, que la información está manipulada. Todo el paquete ideológico, tan completo como en uno de los panfletos que reparten en las calles. Es irónico pensar que quizás estos extremistas sean los únicos que sobrevivan si una epidemia como el SECLE acaba con la humanidad. Al fin y al cabo, siempre tratan de evitar la electricidad. No sé qué es lo que prefiero. Si seguir esperando que esta realidad mejore milagrosamente o que unos extremistas estúpidos controlen el mundo e impongan las leyes de su realidad. Lo único que se puede aprender de la historia de la humanidad es que no hay nada más peligroso que una utopía.

Bueno, como muestra y metáfora de sus críticas, amarraron al reportero, que trabajaba bajo el nombre de Toynbee, frente a un monitor. Inmovilizaron su cabeza y conectaron su retina al monitor. He visto miles de veces esas imágenes. Lo único que ven los ojos del reportero es un monitor dentro de un monitor dentro de un monitor hasta que el infinito parece ser una cámara de video que toma un monitor donde está reproduciendo lo que está grabando y no hay principio, no hay fin ni hay nada hasta que recuerdas que es un ser humano el que está viendo eso, que es lo único que puede ver y que eso le está produciendo un dolor de cabeza insoportable, como si alguien estuviera atravesando su cráneo con cables y alambres. Estas imágenes no eran suficientes. Para los que conocen lo que se siente engancharse, las imágenes eran dolorosas. Pero para aquellos que nunca habían sentido ese tipo de feedback las imágenes eran francamente aburridas. Los extremistas, conscientes de que estaban montando un espectáculo y que antes de poder transmitir ideas tenían que entretener al mundo, montaron una videocámara grabando el rostro de Toynbee y mandaban la señal a la misma transmisora a la que estaba conectado el reportero. En el canal sabían que no podían hacer nada para ayudar a Toynbee, puesto que estaba conectado directamente al monitor, y empezaron a transmitir ambas cosas: los monitores reproduciéndose hacia el infinito y el rostro de Toynbee. Los ejecutivos de la empresa dicen que habrían interrumpido la transmisión si hubieran tenido dudas sobre el origen del enganche, pero todos saben que eso no es cierto. Ratings son ratíngs.

Observar la cara del reportero es un espectáculo. Primero, algunos músculos de la cara empiezan a moverse, como si tuviera un tic. Al principio trataba de mover los ojos, de mirar hacia los lados, y junto al monitor estaba el tripié con la cámara grabando su rostro. Y en una mitad del monitor podías ver cómo el loop se rompía, y sólo veías un pedazo de televisión que reproducía una videocámara del lado derecho y la videocámara real en el otro extremo de la pantalla, como si la realidad no tuviera profundidad, sino lateralidad. Como si la realidad se repitiera infinitamente hacia la derecha y la izquierda. Pero el enganche podía más que su voluntad y poco a poco el reportero dejó de tratar de mirar a los lados. A veces el monitor mostraba cómo lo intentaba. Un paneo muy lento hacia la derecha o a la izquierda que retrocedía lentamente, como si ya no hubiera fuerzas en el músculo del ojo. Toynbee empezó a sudar. Poco a poco su rostro se empezaba a convulsionar más violentamente, llenándose de gotas cada vez más grandes, que luchaban contra la gravedad hasta que, al igual que los ojos del reportero, se vencían y caían rápidamente por el rostro que se convulsionaba. Cada gota seguía un recorrido diferente. Su rostro, iluminado por el monitor. parecía estar lleno de miles de monitores, pues la piel húmeda también reflejaba, distorsionado, el monitor que veía. Los espasmos musculares iban creciendo, y así como el sudor deformaba el monitor, las convulsiones alejaban cada vez más el rostro del reportero de lo que conocemos como humano. Ya no había momentos en los que pudieras ver normalidad en su rostro. Todo era movimiento y agua, y unos ojos que miraban febrilmente, desesperados. Incluso a ratos, cuando recuerdo las imágenes, parecen estar concentrados, como si estuvieran descubriendo un secreto que no solamente hace que tu mente se pierda, sino que provoca que tu cuerpo reaccione violentamente porque no es algo que los seres humanos debieran ver.

Unos minutos después, los ojos parecían no enfocar nada, pero seguían recibiendo la luz y transmitiéndola. Sus ojos estaban vacíos, como los monitores. Siempre me ha gustado pensar que en ese momento lo único que podía ver el reportero era una imagen kitsch de su pasado. No sé, la fiesta de cumpleaños que su mamá le preparó, o algún día que actuó en una obra de teatro, o su primer beso o cualquier estupidez de esas que suelen hacernos felices. Ya no había voluntad en sus ojos, pero sus párpados estaban sujetados, así que su cuerpo y los fantasmas que ocupaban su cuerpo seguían funcionando. Varios músculos de su cara se atrofiaron y dejaron de funcionar, lo que alejaba más de lo natural el movimiento de su rostro. La toma continuaba así hasta que su cara dejó de tener expresión, sólo había punzadas y movimiento, expresiones que no correspondían al registro de las emociones humanas, posibilidades del rostro que dejaban de significar en el momento en el que desaparecían.

Hasta que su corazón estalló.

A veces, cuando estoy aburrido y voy en un camión de regreso a mi departamento, empiezo a grabar todo lo que veo. Pero entonces dejo de ver y permito a las máquinas hacer su trabajo. Entro en una especie de trance en el que mis ojos, aunque están abiertos, no observan nada, y sin embargo, cuando llego a mi casa, tengo un registro de todo lo que vieron. Como si no fuera yo el que vio todo eso.

Cuando veo lo que grabé, no me reconozco. Vuelvo a vivir todo lo que vi sin que me acuerde de nada. En esos momentos son mis sentidos los que están en stand by.

Hay verdades que se hacen evidentes al observar la realidad así.

Los pobres son los únicos feos. Los pobres y los adolescentes. Todo el mundo que tiene un poco de dinero ya cambió su rostro, ya tiene un rostro más agradable. Ya puso su cara, su identidad, a la moda. No se permite realizar este tipo de operaciones en los adolescentes porque su estructura ósea todavía está cambiando. Así que uno puede saber la posición económica o la edad observando la calidad del trabajo quirúrgico en los rostros. Vivimos en una época en la que todo el mundo, todos aquellos que se sienten bien de estar en este mundo, son perfectos. Cuerpo perfecto, rostro perfecto y miradas que te hablan de éxito, de optimismo, como si su mente también fuera perfecta y sólo pudiera pensar los pensamientos correctos. Hoy en día, la fealdad es un problema que la humanidad parece haber dejado atrás. Hoy en día, como siempre, los problemas de la humanidad se solucionan con un buen crédito.

A veces me gusta pensar en la escena de mi suicidio. Una de mis opciones es conectar las terminales eléctricas de la cámara que tengo en mis ojos a un generador de electricidad para ir aumentando el voltaje poco a poco. Hasta que mi cerebro o mis ojos o la cámara estallen. Me emociona pensar en las imágenes que conseguiría.

0 también podría preparar algo más crudo. Tomar un cuchillo y sacar mi ojo. Sacarlo de raíz. A veces pienso que preferiría no observar nada. Que prefiero un mundo en negros. Deshacerme de mis ojos. Aunque me demanden, aunque me tenga que pudrir el resto de mi vida en una cárcel.

Y mientras me decido, me siento solo en mi casa, esperando.

Esperando que se cumpla una promesa...

Hoy amanecí con ganas de salir a la calle para encontrar algo interesante. Llevo varias horas caminando sin rumbo fijo., Es un día agradable. Empiezo a escuchar gritos al final de la calle y salgo corriendo hacia allá. Es una farmacia. Aprieto el botón y mi indicador pasa de amarillo a verde. Me detengo a varios metros de la entrada e informo. Gritos en una farmacia, no sé qué es lo que está pasando, voy a averiguar. Doy el tiempo necesario para que se establezca la escena y empiezo a acercarme lentamente. Mucha gente está saliendo de la farmacia, corriendo. La historia de mi vida. Donde nadie quiere estar, ahí voy yo. Es difícil entrar. Trato de tomar varios rostros de las personas que se atropellan para salir. Caras de desesperación. Caras de miedo. La luz roja se enciende. Estoy en una farmacia, la gente está tratando desesperadamente de salir del local. No se han escuchado disparos. Tengo que empujar a varios individuos hasta que logro pasar la puerta y me acerco al lugar del cual todos se alejan. Parece que hay un sujeto tirado en el piso. Alrededor de él hay varias personas que utilizan uniforme. Probablemente los empleados de la tienda. Me detengo un momento para establecer la toma. Detengo a un empleado que parece querer ir hacia afuera, lo miro a los ojos. Está tan asustado que no se da cuenta de que estoy transmitiendo. ¿Qué es lo que sucede? El tipo estaba ahí parado, tomando algo de los estantes, de repente se cae y se empieza a convulsionar. Está infectado... El tipo me empuja y mueve mi toma. Carajo. Me acerco al cuerpo, cada vez hay un círculo más grande a su alrededor. Paso a estas personas y tomo al sujeto de cuerpo entero, tirado en el piso, convulsionándose. Está tragándose la lengua. Me acerco y me hinco junto a él. Me mira desesperadamente cuando su cabeza no da tirones involuntarios. Toynbee. Tiene las mismas facciones. Este sujeto estaba realizando compras en la farmacia cuando sufrió un ataque. El tipo voltea a verme, se da cuenta que hay un foco rojo prendido en mi retina y empieza a reírse. Sus carcajadas se empiezan a mezclar con sus convulsiones y llega un momento en que no se puede distinguir su risa de su dolor. Trato de sostenerlo en mis brazos, trato de tocarlo para calmarlo, pero no tiene ningún efecto. Veo en su ojo izquierdo un foco rojo. El tipo está transmitiendo. Lo suelto y su cabeza golpea el piso fuertemente. De la nada, el tipo parece ahogarse. Se estremece dos veces y se queda quieto, mirándome. Escucho en mi cabeza: Di algo, menciona algo sobre el SECLE, habla, carajo, es tu trabajo.

El reportero está inmóvil, la cámara en mis ojos registra un pequeño punto rojo que sigue vivo adentro de los suyos. Probablemente hoy aparezca mi rostro en los monitores.

Dos días después, mi noticia ya no es noticia. Parece que cada día se están reportando más ataques del síndrome. 40% de las víctimas son reporteros. Recuerdo el SIDA y la homofobia que despertó. Al parecer, nos toca a los reporteros vivir en temor. No sólo de morir, sino el temor a los demás. ¿Mediafobia?, ¿cómo nombrarán a este efecto?

El ciudadano común (y créanme, todos son comunes) todavía no logra entender que el síndrome no se transmite por contacto corporal. Todos huyen cuando ven caer a alguien deshaciéndose en convulsiones. Todavía no se pueden hacer a la idea de que el cuerpo ya no es el factor importante. Viven bajo la ilusión de que si los tocan se infectarán. Es como un virus fantasma que no se puede localizar, que está en el aire, en la calle, en donde quiera que camines, pero que en realidad no existe. Es un virus virtual. Y es una enfermedad a la que estamos expuestos por vivir en este mundo. Es la enfermedad de los medios, del entretenimiento barato; es la enfermedad de la civilización. Es nuestra penitencia por haber pecado de mal gusto.

EL REFLEJO AL ESTÍMULO DEL INDICADOR ES EL ARMA PRINCIPAL QUE DEBEN TENER TODOS LOS REPORTEROS QUE ESTEN DISPUESTOS A TRASMITIR EN VIVO. EL ESPECTADOR SÓLO PUEDE VER A TRAVES DE SUS OJOS EN EL MOMENTO EN QUE LA LUZ ROJA SE PRENDE EN LA RETINA. TODO MOVIMIENTO, TODA ACCIÓN DE PARTE DEL REPORTERO DEBE ESTAR PERFECTAMENTE PLANEADA. NO PUEDE HABER ERRORES. LAS TOMAS FRONTALES SON LAS MEJORES. SIEMPRE HAY QUE CONSEGUIR TOMAS DEL ROSTRO DEL SUJETO, PARA PODER ESTABLECER UNA IDENTIFICACIÓN ENTRE EL SUJETO Y EL ESPECTADOR A TRAVES DE LA CÁMARA CONECTADA A LAS TERMINACIONES NERVIOSAS DEL OJO. EL REPORTERO TIENE UNA FUNCIÓN DE MEDIUM, POR LLAMARLA DE ALGUNA MANERA. SÓLO ES EL PUNTO DE CONTACTO ENTRE LA ACCIÓN QUE REALIZA UN SUJETO Y LA REACCIÓN QUE TENDRÁN MILES DE ESPECTADORES EN SU CASA. EL REPORTERO DEBE ESTAR SIN ESTAR. EXISTIR SIN SER NOTADO. ESTE ES EL ARTE DE LA COMUNICACIÓN.

La cortinilla de entrada del programa en el que más transmito es así: todas las tomas están deslavadas, como si fueran grabaciones hechas en un formato familiar antiguo, como si no tuvieran la calidad necesaria para transmitirse y ésa fuera la excusa para deslavarlas en tonos grises que después se convertirán en rojos. Primero hay una toma subjetiva de una operación estomacal, y los doctores voltean a hablar hacia la cámara y todo el mundo sabe que es la cara del que está siendo operado. Después hay una toma con mucho movimiento de un tiroteo en el centro de la ciudad, hasta que uno de los que están disparando voltea a ver a la cámara y aprieta el gatillo, la toma se sacude y parece que va cayendo al suelo. Todo empieza a inundarse de un líquido rojo que va llenando el lente. El ritmo empieza a acelerarse. Una toma desde el punto de vista de un conductor que choca contra un camión escolar. Una contrapicada de un sujeto que se avienta desde un edificio (siempre he pensado que parece un clavadista). El sacrificio de una vaca en un rastro. El asesinato de un político. Un accidente industrial donde un tipo pierde un brazo. Tomas de explosiones en las que incluso el reportero sale volando. Un secuestro en un avión, donde el terrorista dispara en la cabeza de un pasajero. Y así sucesivamente. Las imágenes van pasando cada vez más rápido hasta que ya casi no se distingue lo que pasa, sólo se ve movimiento y sangre y más movimiento de formas que ya no parecen tener referente humano hasta que empiezan a adquirir un orden, y puedes empezar a ver líneas rojas, amarillas y grises que parecen bailar rápidamente y dejan la impresión retinal de un círculo en medio de la pantalla donde las líneas se concentran. Una explosión detiene el ritmo y en el círculo se forma el logotipo del programa: Rojo Digital.

Bienvenidos al entretenimiento popular del joven siglo XXI.

¿Qué voy a estar haciendo en 20 años? ¿Voy a seguir caminando por las calles para poder transmitir noticias? No es un futuro agradable. Pertenecer a la industria del entretenimiento provoca un mal olor existencias. Todavía hay quienes le llaman periodismo, pero todo el mundo sabe que las noticias no sirven para informar, sino para entretener. Mis ojos provocan que comulgue con multitudes. Miles de personas ven a través de mis ojos para poder sentir que su vida es más real, que su vida no está tan podrida y agusanado como la de las personas a las que yo veo. Yo soy el guante social con el que ellos se pueden enfrentar a la realidad. Yo soy el que se ensucia y evito que su vida huela mal. Yo soy un buitre que utiliza la desgracia ajena para sobrevivir.

Cuando uno se acerca a un espejo, uno no puede ver sus dos ojos al mismo tiempo. 0 ve el derecho o ve el izquierdo. Mientras más te acercas a tu imagen, más se distorsiona y sólo puedes observarte parcialmente. Ocurre lo mismo con un monitor. Uno no está ahí. Uno es un desconocido que se mueve de una manera que no reconoce como suya. Que habla con una voz que no suena como la suya. Que tiene un cuerpo que no responde a la idea que uno tiene de él. Uno es un extraño. Verse en un monitor es darse cuenta de todo lo que no conoces de ti y de lo mucho que eso te disgusta.

Si quisiera un efecto más dramático, podría engancharme como Toynbee. Conectarme a un monitor en directo y empezar a transmitir. Observar cómo la realidad se compone de monitores cada vez más pequeños, y que por más esfuerzo que hagas no puedes encontrar nada dentro de esas pantallas, sólo otro monitor que tampoco tiene nada adentro, y perder la razón al darme cuenta que ése es el significado de la vida. Olvidarme por completo del control de mi cuerpo.

Dejar que mis ojos sangren.

EL TIEMPO DE TRANSMISIÓN DE UN REPORTERO OCULAR ES PROPIEDAD DE LA COMPAÑÍA QUE FINANCIE SU OPERACIÓN. LA CLAUSULA 28 DEL CONTRATO STANDARD ESTABLECE QUE SEIS HORAS DE CADA DÍA DE UN REPORTERO SON PROPIEDAD DE DICHA COMPAÑÍA.

Atentado terrorista en una tienda departamental. Odio las tiendas departamentales. Casi todas están adornadas con monitores que aleatoriamente cambian de canales. Es fácil engancharse. Hay que tener cuidado. La policía apenas está llegando. Estoy a punto de transmitir, pero decido no avisar a la central de programación. Como siempre, busco una puerta de emergencia. Un gerente se dedica a tratar de quitarle las cosas de la tienda a los consumidores que están aprovechando la emergencia para ahorrarse unos cuantos pesos. El gerente está tan ocupado que ni cuenta se da cuando lo empujo. Se cae y varias personas salen rápidamente con las cosas que se están robando. Una viejita de 60 años lleva en sus manos un vestido rojo y sonríe amablemente cuando sale. Entro a la tienda y me voy escondiendo tras los anaqueles de ropa. Subo al tercer piso por las escaleras de emergencia, que están vacías. No sé si los terroristas están aquí adentro o si simplemente dejaron todo en manos de una bomba. Esquivo a varios agentes de la compañía privada de seguridad que cuidan la tienda. Todavía no quiero que me vean. Uno de ellos encuentra a un ladrón y él y su compañero lo patean en el piso. El tipo está sangrando y llorando. Todo el mundo trata de tomar ventaja en una situación de emergencia. Los dos agentes se van y dejan al consumidor ahí tirado. Bendito sea el capitalismo. Paso a la sección de dulces y el olor me marea. Nunca he entendido cómo es que alejan a las moscas de los departamentos de dulces. Oigo unas voces y me escondo. Empiezo a oír un zumbido y golpeo débilmente mi cabeza. Pero el sonido no viene de ahí. El zumbido está a mi derecha. Me arrastro hasta llegar a un cajón que abro cuidadosamente. Hay un aparato sofisticado, con un reloj que se apresura a llegar al cero en una cuenta regresiva. Tengo poco más de un minuto, así que salgo corriendo. Me olvido de transmitir y de cualquier otro detalle. Cuando siento que estoy a suficiente distancia, me doy la vuelta y aprieto un botón, está en verde. Veo que los dos agentes de seguridad se acercan a la sección de dulces. Volteo rápidamente la cabeza. Les voy a gritar que se alejen cuando escucho una voz en mi oreja. ¿Dónde chingados estás? Endereza la toma, muestra algo que podamos transmitir, ¿estás en la tienda? Corrijo la toma lentamente, enderezo mi cabeza en un paneo lento mientras veo cómo el indicador rojo se prende en mis ojos. Alcanzo a ver a los dos agentes de seguridad en la dulcería. Me obligo a no parpadear y la bomba explota. La flama es tan caliente y los colores tan espectaculares que por primera vez en mucho tiempo me olvido del indicador rojo que habita en mi cabeza. Calculé mal. La fuerza de la explosión me levanta y vuelo varios metros en el aire. No soy un cuerpo, soy una máquina que vuela por los aires, cuya única finalidad es grabar y grabar y grabar para que todo el mundo pueda ver lo que no les gustaría vivir. La ropa se incendia, los mostradores se deshacen, hay miles de objetos volando. Algunos me golpean, pero yo trato de mantener la toma lo más fija que se pueda. Todo en el nombre del entretenimiento.

Golpeo fuertemente contra una pared y trato de sostener mi cabeza para que pueda registrar el incendio.

Por primera vez me siento a gusto en una tienda departamental. Todo es llamas, todo es cenizas. Los vestidos de moda alimentan el fuego. Los perfumes lo hacen crecer. El espectáculo es inimitable. La civilización destruyéndose. Estoy en una tienda de departamentos, uno de los logros más gloriosos de la civilización. Veo un letrero que se empieza a quemar. El letrero dice: Feliz día del padre. Promesas, promesas...

Me levanto y me duele todo el cuerpo. Camino hacia la salida. Una voz en mi cabeza está gritando: ¿A dónde chingados crees que vas? Necesito tomas fijas, necesito que hables; cuéntale al mundo tu experiencia. No seas imbécil, no todos los días grabas una explosión, ¿a dónde crees que vas?

Y continúa así hasta que estoy a tres cuadras del atentado.

Hoy crucé una línea. No sé y no me importa si yo maté a los agentes de seguridad. Una cosa es hacer reportajes de cosas que pasan y otra es provocar que lo que pase sea un poco más espectacular.

¿Qué eran los agentes de seguridad? Eran elementos gráficos para que mis tomas fueran más agradables. Eran elementos miméticos que provocarían que la audiencia se pudiera identificar. Eran elementos dramáticos para hacer más interesante la historia que yo tenía que contar. Eran escenografía.

Hoy crucé una línea y no quiero pensar en nada. Todo el cuerpo me duele.

Situaciones como éstas me hacen pensar en la urgencia de mi suicidio. Por lo menos así podría decidir algo y no dejar que el destino me tome la delantera,. El suicidio es el acto más elaborado de la voluntad humana, es quitarle de las manos al mundo el manejo de tu destino.

Ayer estaba arreglando varios ksts de mis grabaciones. Me encontré con un programa de mis héroes de antaño. Los reporteros de intervención. Crazíes, como les dicen los medios extranjeros. Apreté el botón de play y me senté a verlos. Hay gente muy estúpida en este mundo, como un reportero que después de hacerse encarcelar empezó a insultar a los policías para que lo golpearan. Grabó todo. Las tomas son especialmente logradas, pues la mitad del tiempo está en el suelo, tratando de hacer contacto visual con los rostros de los policías que no hacen otra cosa más que golpearlo. Hay quienes lo consideran un héroe. Pero siempre que ves los rostros desfigurados de los policías golpeándolo, no puedes dejar de pensar en lo ridículo de la situación. El reportero está ahí porque decidió hacerlo. Bien hecho, amigo, mejorar los ratings de tu compañía. También vi la famosa operación de cabeza de Grayx, uno de los mártires del entretenimiento. El reportero, tratando de hacer un comentario sobre la despersonalización del cuerpo, aceptó someterse a una cirugía en la que iban a quitarle la cabeza, conectándola mediante cables especiales a su cuerpo. El tipo se la pasó narrando toda su operación, iba describiendo lo que sentía, mientras conectaban su cabeza a su cuerpo, sólo que con cables que permitían que estuviera a cinco metros de distancia. Esto es probablemente uno de los momentos más importantes de este siglo. Cuando acaba la operación uno puede ver en una toma subjetiva el cuerpo sobre el quirófano y cómo Grayx le ordena que se pare. El cuerpo se para y empieza a tropezarse, porque la cabeza que está mandando las instrucciones tiene una perspectiva extraña. El cuerpo avanza lentamente hasta la cabeza y la recoge la voltea para que los ojos (y la cámara) observen hacia la dirección en la que va caminando, y en estos momentos el espectador ya no sabe quién da las instrucciones, si el cuerpo o la cabeza. La toma en sus brazos como un bebé y se para enfrente de un espejo, donde se puede ver un cuerpo degollado sosteniendo la cabeza en sus brazos. La cabeza no parecía estar muy cómoda, pues estaba un poco inclinada y no había la suficiente coordinación como para ponerla derecha, así que todas estas tomas no mantienen un orden horizontal. Grayx está hablando de la desorientación, de las posibilidades que esta cirugía abre, de qué pasaría si en vez de cables se utilizaran controles remotos, de lo maravilloso que es el mundo moderno mientras sus brazos tratan de enderezar su cabeza y él voltea constantemente los ojos hacia atrás y hace muecas de esfuerzo., tratando de hacer que su cuerpo haga lo que él dice, pero sin poder controlarlo.

Este programa siempre me trae recuerdos curiosos. Yo tuve sexo por primera vez después de verlo con una amiga de prepa. Estábamos en su casa viendo la transmisión. No había nadie. Yo no sé cuánta gente habrá tenido relaciones sexuales después de la inauguración de la primera colonia lunar o cuando se transmitió el asesinato de Khadiff, el líder terrorista musulmán, o en cualquier otro punto clave en la historia de nuestro siglo que ha sido televisado, pero les puedo decir que es una experiencia inolvidable. El ver a un hombre con el cuerpo separado de su cabeza el mismo día que te haces consciente de cómo tu cuerpo se puede unir a otro cuerpo y convertirse en uno solo es algo que no se olvida fácilmente. Cada vez que lo veo tengo recuerdos agradables.

Grayx está ahora intemado en un asilo. Parece que la tecnología que estaba ayudando a desarrollar provoca un desequilibrio mental. Parece que un hombre necesita la unidad de su cuerpo para mantenerse cuerdo. Grayx perdió contacto con la realidad y dicen que ahora vive en un mundo imaginario. Tenía tanto dinero que construyó un medio ambiente virtual para conectarlo a su retina, y es lo único que le permite seguir vivo.

No he podido sentirme bien después de la explosión. Tengo fuertes dolores en la base del estómago. Ayer hablé para que depositaran el cheque en mi cuenta. Parece que no voy a tener problemas por lo de los agentes de seguridad. Hacer noticias con tu propio cuerpo, como lo hacen los crazies, es perfectamente legal, pero hacer noticias a expensas de los derechos de otros individuos puede provocar que te pases el resto de tu vida en una prisión.

Voy al baño y empiezo a orinar. Volteo a ver el agua y mis orines están llenos de sangre. Empiezo a escuchar voces al mismo tiempo que un botón verde se prende en mi retina.

Yo que tú iba inmediatamente a un doctor. Ese tinte rojo en tu orina no se ve nada saludable.

Déjame en paz.

No puedo, llevas dos días sin hacer nada absolutamente. Ya sabes como es esto de los contratos. Además, no seas malagradecido. Sólo hablaba para decirte que tu cheque ya está depositado. Quizá cuando veas tu saldo te pongas de mejor humor. Los ratings fueron realmente espectaculares.

Varias veces he bajado por los drenajes de la ciudad tratando de comprobar una de las leyendas urbanas más antiguas. Hay miles de rumores que hablan de que en las partes más profundas de las tuberías subterráneas hay comunidades humanas. Muchos dicen que son freaks, mutaciones. Que los párpados cubren eternamente sus ojos, que su piel es tan blanca que no soportan el sol ni las luces de las linternas que utilizan todos los que bajan a buscarlos. Una nueva raza, que ha crecido a partir de nuestros desechos.

Una sociedad que no utiliza los ojos. Que no se tiene que ver para reconocerse. Sus expectativas de comportamiento deben ser más extrañas. Se tienen que tocar, se tienen que escuchar. No tienen que parecerse a nada ni a nadie. Otro mundo, otros seres.

Siempre que bajo en mis excursiones utilizo unos anteojos infrarrojos y llevo linternas de muy baja intensidad. He bajado más de 10 veces y las 10 veces no he podido encontrar nada. Ni mutantes, ni freaks, ni una raza subterránea que ofrezca algo nuevo a la humanidad, algo diferente a lo que sale en la televisión.

Sólo estoy yo allá abajo.

Ayer en la noche mi brazo derecho empezó a convulsionarse. No podía hacer nada para detenerlo. Mis dedos se abrían y se cerraban como si estuvieran tratando de tomar algo, de aferrarse a algo.

Quizá prefiera una salida menos espectacular. Conseguir un tanque de gas, sellar una habitación y quedarme dormido...

NO SE PUEDE LOGRAR QUE EL SER HUMANO DEJE DE PARPADEAR, PERO SI SE PUEDE PROLONGAR EL INTERVALO DE TIEMPO ENTRE UN PARPADEO Y OTRO. LOS REPORTEROS ESTAN SUJETOS A EJERCICIOS PARA LOGRAR ESTE CONTROL. ADEMÁS, LA OPERACIÓN QUE SE REALIZA EN SUS OJOS ESTÁ PROGRAMADA PARA ESTIMULAR LAS GLÁNDULAS LACRIMALES Y QUE LOS OJOS NO SE SEQUEN TAN FÁCILMENTE, POR LO QUE LOS REPORTEROS PUEDEN PERMANECER CON LOS OJOS ABIERTOS MÁS QUE EL INDIVIDUO COMÚN Y CORRIENTE.

EN EL OJO HAY SENSORES QUE AL DETECTAR EL MOVIMIENTO EN EL MÚSCULO DE LOS PÁRPADOS QUEMAN LA ÚLTIMA IMAGEN QUE EL OJO HA VISTO, Y AL CAER EL PARPADO ESTA ES LA IMAGEN QUE SE TRASMITE. CUANDO EL PARPADO SE LEVANTA, LA GRABACIÓN CONTINUA. ESTE ERROR NECESARIO DEL FUNCIONAMIENTO DEL CUERPO HUMANO HA PROVOCADO QUE MICROSEGUNDOS DE MOMENTOS MEMORABLES EN LA HISTORIA DE LA TV EN VIVO SE HAYAN PERDIDO PARA SIEMPRE.

Una noticia más espectacular, un stunt más arriesgado. Siempre quieren algo más. Más drama, más emociones, más personas llorando enfrente de mi cámara, enfrente de mis ojos. No quiero pensar, no estoy hecho para pensar, sólo para transmitir. Pero en cada transmisión siento que hay algo que pierdo y que no volveré a recuperar. Lo único que escucho en mi cabeza es más, más, más.

También podría tomar todas las cosas a las que me une algún afecto, llenar una bolsa pequeña, acercarme a un drenaje y empezar a bajar, pero esta vez sin luces. Vagaría por días enteros, tendría que empezar a comer ratas e insectos, a beber el agua del drenaje. Quizá pasaría el resto de mi vida caminando por los túneles que forman un laberinto bajo esta ciudad, pero por lo menos estaría buscando algo. 0 quizás encontraría una nueva civilización. Aunque no me aceptaran, aunque me mataran por traer influencias externas, sería reconfortante saber que existen opciones en este mundo. Que hay alguien que tiene posibilidades que nosotros ya perdimos hace siglos. 0 quizá me aceptarían y podría vivir años y anos sm tener que preocuparme, haciendo tareas manuales, encontrando una nueva rutina. Ser lo que pienso que puedo ser y no lo que soy.

Quizás, quizás...

Éstas son las voces en mi cabeza:

Hay un incendio, ¿no quieres darte una vuelta? El fuego y los ratíngs son buenos amigos.

Robo a mano armada, un carro negro, sin placas, no saben el modelo, consigue unas tomas.

Éste es bueno, pleito entre amantes, ella estaba haciendo un pastel, le deshizo la cara con la batidora. El novio, un poco alterado, decidió que la iba a meter al horno en vez del pastel. Los vecinos avisaron, parece que no pasó a mayores. Buen material para comedia.

¿Quieres platicar? Es una noche lenta y no tengo nada que hacer, están retransmitiendo partidos de la temporada pasada.

Otro suicidio familiar. En el metro, una madre con sus tres hijos.

Y así continuamente.

Todo el mundo está en la TV. Cualquiera puede ser una estrella. Todo el mundo actúa y se prepara a diario porque puede que hoy encuentre una cámara que haga que todo el mundo se entere de lo agradable, guapo, simpático, atractivo, deseable, interesante, sensible y sencillo que es. Lo humano que es. Y todo el mundo ve a todas horas a muchas personas que están en las cámaras tratando de ser así. Así que esas personas deciden imitarlos. Y crean imitadores. Y el mundo es sólo aparentar que te pareces a alguien que estaba haciendo una imitación de otra persona. Todo el mundo vive a diario como si estuviera en un programa de TV. Ya no hay nada real. Todo está por verse, y lo que veremos es una repetición de lo que hemos visto antes. Estamos atrapados en un presente que no existe. Y si los que son transmitidos no existen, ¿qué pasa con los que transmitimos? Somos objetos, somos desechables. Por cada reportero que muere trabajando o que muere de SECLE, hay dos o tres niños estúpidos que piensan que ésa es la única manera de encontrar algo real, de vivir algo emocionante. Y todo vuelve a empezar.

Siempre trato de no platicar con los directores de programación. Normalmente son unos imbéciles. Su trabajo es fácil y nos utilizan como cámaras a control remoto. Normalmente ni siquiera les pregunto sus nombres. No tiene caso. A quién le interesa conocer más gente. No hay muchas cosas diferentes bajo este sol. Todo es una repetición, todo es una copia.

Sólo hay un director de programación que me conoce un poco más íntimamente. Su clave es Rud, no sé cómo se llama. Lo conocí (bueno, lo escuché) cuando tomaba. Lo que quiere decir que trataba de emborracharme hasta el punto en el que no tuviera que pensar, en el que no tuviera que desear. Quería que el alcohol me llenara de tal manera que yo no tuviera que tomar decisiones. De manera que cualquier decisión que tomara fuera culpa del alcohol y no de mí. Es que estaba borracho.

Extraño mucho el alcohol.

El alcohol y mi profesión no son buenos amigos. En mi cuerpo tengo equipo que es también propiedad de una corporación, así que me pueden demandar si daño voluntariamente la maquinaria. Además, no es raro que los directores de programación graben tus borracheras y luego las usen para extorsionarte. Incluso algunos las programan al aire. Una vez programaron a dos tipos que me estaban golpeando porque los había insultado. Me acuerdo que pensaba que lo único bueno era que mi cara no sale al aire; que pueden transmitir todo lo que hago, pero que nadie me ve, nadie puede reconocerme. El anonimato es un arma de dos filos.

Rud me dice el Desencantado, pues tampoco sabe mi nombre. Es más fácil conversar con alguien así. Te quitas de problemas, y también de compromisos. Bueno, resulta que este tipo estuvo oyendo uno de mis discursos de alcohol. Durante toda la noche estuvo escuchándome pacientemente. Quejándome, llorando, riendo. Caminé más de cinco kilómetros.

Lo único que hacía era pararme en licorerías y comprar otra botella más. Quería olvidarme de todo, así que cada vez la bebida era distinta. No quiero ni acordarme de todas las estupideces que dije. Si alguien tuviera un poco de sentido del humor podría llamar a esa noche Oda al padre, porque me la pasé hablando de él. Incluso hubo un buen rato en el que le pedí a Rud que actuara como si fuera mi padre y yo le reclamaba cosas, le gritaba y le escupía. Mi padre estaba dentro de mi cabeza. Llegó un momento en que empecé a golpear mi cabeza contra una pared. De eso no tengo memorias reales. Resulta que Rud reconoció la calle donde estaba y llamó a los paramédicos para que me llevaran a mi casa. Me tuvieron que dar ocho puntadas en la frente. Ni la cirugía moderna evitó que me quedara una cicatriz.

A los cinco días me llegó un paquete sin remitente. Había una tarjeta que decía Saludos, Rud. Ahí estaba la nota de los paramédicos. También había un videocassette. Rud grabó toda mi borrachera.

A veces, cuando tengo ganas de tomar, pongo el videocassette y lloro un poco. Así no hay manera que me engañe, todo está grabado, no puedo mentir. No hay ilusión, soy yo.

A veces, pero no siempre, logro sentirme mejor después de verlo.

Me gustaría subir al edificio donde hice mi primera transmisión. Acomodaría dos cámaras externas, una en long shot, otra en medium shot. Me acercaría al borde del edificio, dando la espalda a la calle para que las tomas fueran frontales, y apretaría el botón de mi muslo. Alguien me regalaría por pensar que las azoteas son noticia hasta que les llegara la señal de las otras cámaras y se dieran cuenta de lo que voy a hacer.

De pronto, una luz roja iluminaría mi mirada. Pensaría en varias cosas. Desearía que mi padre pudiera ver esto. Pero no sería importante, mucha gente lo vería desde la comodidad de sus casas. Es lo mismo. Soy hijo de todos.

Limpiaría mi garganta para transmitir algo de viva voz, pero me quedaría callado, ¿qué más se puede decir?, ¿qué puedo decir que no lo haya dicho alguien antes mejor que yo?

Miraría a las cámaras y después hacia el cielo, donde dicen que antes habitaban dioses que soltaban plagas entre la humanidad. En el cielo no encontraría nada.

El viento empezaría a soplar, y mis cabellos estorbarían a la cámara que está en mis ojos.

Daría un paso hacia atrás y empezaría a caer.

Y quizá, solamente quizá, me olvidaría del zumbido por primera vez.

Juan José Rojo

They will not control us, we will be victorious

| 25 septiembre 2009 | 4 Opiniones |
Bueno, otro post de Muse y es que, desde que asistí al concierto hace más de un año, no me ha bajado la fiebre, y menos con el nuevo disco que cada vez le agarro más gusto. Para los que no les interese este tema, los invito a visitar ésta página. Diversión garantizada.

La banda a lo largo de su existencia ha sido reconocida como uno de los mejores grupos dando presentaciones en vivo, y lo pude constatar. Se puede notar como disfrutan cada una de las canciones por más que las hayan tocado cientas de veces, vaya, se nota cuando las cosas se hacen por gusto y no sólo por compromiso con una disquera y/u organizador.

Hace unos días se presentaron en la televisión italiana, RAI, tenían que hacer un número interpretando la canción 'Uprising', pero debían hacerlo con playback, cosa que a ellos nunca les ha agradado.

Por internet circulan unos videos de hace años en el que también tuvieron que hacer uso de este estúpido recurso de la mímica, en ese entonces, Matt tocaba el piano sin tocarlo, Chris y Dom intercambiaron papeles. Esta vez, en Italia lo volvieron a hacer, con la diferencia de que ahora todos cambiaron sus posiciones en la banda, lo mejor: NADIE lo notó. Al menos no la conductora.

No voy a decir que son los únicos en haberlo hecho y que por ellos son unos genios [aunque no está de más, pero para eso está su música], ya que lo han hecho los de Zoé por ejemplo. Lo que sí es que, la diferencia es que Zoé no se atrevió a mover a León, su vocalista, que siempre será el personaje más notable en la mayoría de las bandas. También lo hizo alguna vez Oasis, donde Liam y Noel cambiarons sus puestos. Esto por mencionar sólo algunos ejemplos.

Muse se burla de la RAI con una original interpretación de su canción 'Uprising'

* Los componentes del grupo británico cambiaron sus papeles en la banda como forma de protesta.
* La cadena italiana obligó a Muse a hacer 'playback' en lugar de permitirles tocar en directo, como ellos querían.
* Nadie se dio cuenta de que el batería era en realidad Matt Bellamy, el cantante del conjunto.

20MINUTOS.ES. 22.09.2009 - 20.54 h

Para qué discutir cuando puedes protestar mientras te diviertes. Esto debió de pensar la banda inglesa Muse, que decidió burlarse de la cadena italiana RAI DUE intercambiándose los instrumentos y sus funciones dentro del grupo. ¿El motivo? La dirección les obligó a hacer 'playback', algo con lo que el grupo no estuvo de acuerdo.

A la actuación siguió una entrevista en la que Dominic interpretó a la perfección su papel de cantante Su forma de quejarse fue sin duda de lo más original. En la actuación que ofrecieron en el programa Quelli che il Calcio, el público pudo deleitarse con la realista interpretación de Matt Bellamy, la voz del grupo, mientras tocaba divertido la batería de Dominic James Howard mientras éste simulaba que cantaba con gran entusiasmo.

Christopher Wolstenholme, por su parte, sacó al actor que lleva dentro y cambió su habitual puesto de bajista por el de un guitarrista apasionado, procurando además que el teclado 'sonase' correctamente. Una perfecta interpretación de Uprising, canción incluida en su último trabajo The Resistance, donde nadie se dio cuenta de la jugada, ni siquiera la propia presentadora.

A la actuación siguió una entrevista donde Dominic se metió a la perfección en su papel de cantante del grupo, refiriéndose entre las sonrisas y una seriedad forzada, a "nuestro batería, Matt".


video

Que buena forma de protestar y de seguir aún una entrevista haciendo creer que tú eres el vocalista y el real vocalista es tu baterista, esto se ve en los últimos minutos del video. Entiendo que a veces en un estudio es difícil que las bandas toquen en vivo [pero no imposible], pero si llevas a Muse [o cualquier otra banda seria] a hacer playblack carece de coherencia.

Como mencionaba al principio del post, se nota cuando las cosas se hacen por el gusto de hacerlas, les impusieron la fonomímica, y ellos se divirtiéron burlándose de la televisora.

Cheers!

Rebelión en la Granja 4/4

| | 2 Opiniones |
Parte 1
Parte 2
Parte 3

Había muchas bocas más que alimentar. En el otoño las cuatro cerdas tuvieron crías simultáneamente, amamantando, entre todas, treinta y un cochinillos. Los jóvenes cerdos eran manchados, y como Napoleón era el único verraco en la granja, no fue difícil adivinar su origen paterno. Se anunció que más adelante, cuando se compraran ladrillos y maderas, se construiría una escuela en el jardín. Mientras tanto, los lechones fueron educados por Napoleón mismo en la cocina de la casa. Hacían su gimnasia en el jardín, y se les disuadía de jugar con los otros animales jóvenes. En esa época, también se implantó la regla de que cuando un cerdo y cualquier otro animal se encontraran en el camino, el segundo debía hacerse a un lado; y asimismo que los cerdos, de cualquier categoría, iban a tener el privilegio de adornarse con cintas verdes en la cola, los domingos.

La granja tuvo un año bastante próspero, pero aún andaban escasos de dinero. Faltaban por adquirir los ladrillos, la arena y el cemento necesarios para la escuela e iba a ser preciso ahorrar nuevamente para la maquinaria del molino. Se requería, además, petróleo para las lámparas, y velas para la casa, azúcar para la mesa de Napoleón (prohibió esto a los otros cerdos, basándose en que los hacía engordar) y todos los enseres corrientes, como herramientas, clavos, hilos, carbón, alambre, hierros y bizcochos para los perros. Una parva de heno y parte de la cosecha de patatas fueron vendidas, y el contrato de venta de huevos se aumentó a seiscientos por semana, de manera que aquel año las gallinas apenas empollaron suficientes pollitos para mantener las cifras al mismo nivel. Las raciones, rebajadas en diciembre, fueron disminuidas nuevamente en febrero, y se prohibieron las linternas en los pesebres para economizar petróleo.

Pero los cerdos parecían estar bastante a gusto y, en realidad, aumentaban de peso. Una tarde, a fines de febrero, un tibio y apetitoso aroma, como jamás habían percibido los animales, llegó al patio, transportado por la brisa y procedente de la casita donde se elaboraba cerveza en los tiempos de Jones, casa que se encontraba más allá de la cocina. Alguien dijo que era el olor de la cebada hirviendo. Los animales husmearon hambrientos y se preguntaron si se les estaba preparando un pienso caliente para la cena. Pero no apareció ningún pienso caliente, y el domingo siguiente se anunció que desde ese momento toda la cebada sería reservada para los cerdos. El campo detrás de la huerta ya había sido sembrado con cebada. Y pronto se supo que todos los cerdos recibían una ración de una pinta de cerveza por día, y medio galón para el mismo Napoleón, que siempre se le servía en la sopera del juego guardado en la vitrina de cristal.

Pero si bien no faltaban penurias que aguantar, en parte estaban compensadas por el hecho de que la vida tenía mayor dignidad que antes. Había más canciones, más discursos, más desfiles. Napoleón ordenó que una vez por semana se hiciera algo denominado Demostración Espontánea, cuyo objeto era celebrar las luchas y triunfos de la «Granja Animal». A la hora indicada, los animales abandonaban sus tareas y desfilaban por los límites de la granja en formación militar, con los cerdos a la cabeza, luego los caballos, las vacas, las ovejas y después las aves. Los perros marchaban a los lados y a la cabeza de todos, el gallo negro de Napoleón.

Boxer y Clover llevaban siempre una bandera verde marcada con el asta y la pezuña y el lema:

« ¡Viva el Camarada Napoleón!». Luego venían recitales de poemas compuestos en honor de Napoleón y un discurso de Squealer dando detalles de los últimos aumentos en la producciónde alimentos, y en algunas ocasiones se disparaba un tiro de escopeta. Las ovejas eran las más aficionadas a las Demostraciones Espontáneas, y si alguien se quejaba (como lo hacían a veces algunos animales, cuando no había cerdos ni perros) alegando que se perdía tiempo y se aguantaba un largo plantón a la intemperie, las ovejas lo acallaban infaliblemente con un estentóreo: «¡Cuatro patas sí, dos pies no! ». Pero, a la larga, a los animales les gustaban esas celebraciones. Resultaba satisfactorio el recuerdo de que, después de todo, ellos eran realmente sus propios amos y que todo el trabajo que efectuaban era en beneficio común. Y así, con las canciones, los desfiles, las listas de cifras de Squealer, el tronar de la escopeta, el cacareo del gallo y el flamear de la bandera, podían olvidar por algún tiempo que sus barrigas estaban poco menos ya que vacías.

En abril, «Granja Animal» fue proclamada República, y se hizo necesario elegir un Presidente. Había un solo candidato: Napoleón, que resultó elegido por unanimidad. El mismo día se reveló que se descubrieron nuevos documentos dando más detalles referentes a la complicidad de Snowball con Jones. Según ellos, parecía que Snowball no sólo trató de hacer perder la «Batalla del Establo de las Vacas» mediante una estratagema, como habían supuesto los animales, sino que estuvo peleando abiertamente a favor de Jones. En realidad, fue él quien dirigió las fuerzas humanas y arremetió en la batalla con las palabras «¡Viva la Humanidad!».

Las heridas sobre el lomo de Snowball, que varios animales aún recordaban haber visto, fueron infligidas . por los dientes de Napoleón.

A mediados del verano, Moses, el cuervo, reapareció repentinamente en la granja, tras una ausencia de varios años. No había cambiado nada, continuaba sin hacer trabajo alguno y se expresaba igual que siempre respecto al Monte Azúcar. Solía posarse sobre un poste, batía sus negras alas y hablaba durante horas a cualquiera que quisiera escucharlo. «Allá arriba, camaradas —decía, señalando solemnemente el cielo con su pico largo—, allá arriba, exactamente detrás de esa nube oscura que ustedes pueden ver, allí está situado Monte Azúcar, esa tierra feliz donde nosotros, pobres animales, descansaremos para siempre de nuestras fatigas». Hasta sostenía haber estado allí en uno de sus vuelos a gran altura, y haber visto los campos perennes de trébol y las tartas de semilla de lino y los terrones de azúcar creciendo en los cercados. Muchos de los animales le creían.

Actualmente, razonaban ellos, sus vidas no eran más que hambre y trabajo; ¿no resultaba, entonces, correcto y justo que existiera un mundo mejor en alguna parte? Una cosa difícil de determinar, era la actitud de los cerdos hacia Moses. Todos ellos declaraban desdeñosamente que sus cuentos respecto a Monte Azúcar eran mentiras y, sin embargo, le permitían permanecer en la granja, sin trabajar, con una pequeña ración de cerveza por día.

Después de habérsele curado el casco, Boxer trabajó más que nunca. Ciertamente, todos los animales trabajaron como esclavos aquel año. Aparte de las faenas corrientes de la granja y la reconstrucción del molino, estaba la escuela para los cerditos, que se comenzó en marzo. A veces, las largas horas de trabajo con insuficiente comida, eran difíciles de aguantar, pero Boxer nunca vaciló. En nada de lo que él decía o hacía se exteriorizaba señal alguna de que su fuerza ya no fuese la de antes. Únicamente su aspecto estaba un poco cambiado. Su pelaje era menos brillante y sus ancas parecían haberse contraído.

Los demás decían que Boxer se restablecería cuando apareciera el pasto de primavera; pero llegó la primavera y Boxer no engordó. A veces, en la ladera que llevaba hacia la cima de la cantera, cuando esforzaba sus músculos tensos por el peso de alguna piedra enorme, parecía que nada lo mantenía en pie excepto su voluntad de continuar. En estos momentos se adivinaba que sus labios pronunciaban las palabras: «Trabajaré más fuerte» porque voz no le quedaba. Nuevamente Clover y Benjamín le advirtieron que cuidara su salud, pero Boxer no prestó atención. Su duodécimo cumpleaños se aproximaba.

No le importaba lo que sucediera, con tal que se hubiera acumulado una buena cantidad de piedra antes que él se jubilara. Un día de verano, al anochecer, se difundió rápidamente por la granja el rumor de que algo le había sucedido a Boxer. Se había ido solo para arrastrar un montón de piedras hasta el molino. Y, en efecto, el rumor era cierto. Unos minutos después dos palomas llegaron a todo volar con la noticia: « ¡Boxer se ha caído! ¡Está tendido de costado y no se puede levantar!».

Aproximadamente la mitad de los animales de la granja salieron corriendo hacia la loma donde estaba el molino. Allí yacía Boxer, entre las varas del carro, el pescuezo estirado, sin poder levantar la cabeza. Tenía los ojos vidriosos y sus flancos estaban cubiertos de sudor. Un hilillo de sangre le salía por la boca. Clover cayó de rodillas a su lado.

—¡Boxer! —gritó—, ¿cómo estás?
—Es mi pulmón —dijo Boxer con voz débil—.No importa. Yo creo que podrán terminar el molino sin mí. Hay una buena cantidad de piedra acumulada. De cualquier manera sólo me quedaba un mes más. A decir verdad, estaba esperando la jubilación. Y como también Benjamín se está poniendo viejo, tal vez le permitan retirarse al mismo tiempo, y así me hacía compañía.
—Debemos obtener ayuda inmediatamente —reclamó Clover—. Que corra alguien a
comunicarle a Squealer lo que ha sucedido.

Todos los animales corrieron inmediatamente hacia la casa para darle la noticia a Squealer. Solamente se quedaron Clover y Benjamín, que se acostó al lado de Boxer y, sin decir palabra, espantaba las moscas con su larga cola. Al cuarto de hora apareció Squealer, alarmado y lleno de interés. Dijo que el camarada Napoleón, enterado con la mayor aflicción de esta desgracia que había sufrido uno de los más leales trabajadores de la granja, estaba realizando gestiones para enviar a Boxer a un hospital de Willingdon para su tratamiento.

Los animales se sintieron un poco intranquilos al oír esto. Exceptuando a Mollie y Snowball, ningún otro animal había salido jamás de la granja, y no les agradaba la idea de dejar a su camarada enfermo en manos de seres humanos. Sin embargo, Squealer los convenció fácilmente de que el veterinario de Willingdon podía tratar el caso de Boxer más satisfactoriamente que en la granja. Y media hora después, cuando Boxer se repuso un poco, lo levantaron trabajosamente, y así logró volver renqueando hasta su establo donde Clover y Benjamín le habían preparado rápidamente una muy amplia y confortable cama de paja.

Durante los dos días siguientes, Boxer permaneció en su establo. Los cerdos habían enviado una botella grande del medicamento rosado que encontraron en el botiquín del cuarto de baño, y Clover se lo administraba a Boxer dos veces al día después de las comidas.

Por las tardes permanecía en la cuadra conversando con él, mientras Benjamín le espantaba las moscas. Boxer manifestó que no lamentaba lo que había pasado. Si se reponía, podría vivir unos tres años más, y pensaba en los días apacibles que pasaría en el rincón de la pradera grande. Sería la primera vez que tendría tiempo libre para estudiar y perfeccionarse. Tenía intención, dijo, de dedicar el resto de su vida a aprender las veintidós letras restantes del abecedario.

Sin embargo, Benjamín y Clover sólo podían estar con Boxer después de las horas de trabajo, y a mediodía llegó un furgón para llevárselo. Los animales estaban trabajando bajo la supervisión de un cerdo, eliminando la maleza de los nabos, cuando fueron sorprendidos al ver a Benjamín venir a galope desde la casa, rebuznando con todas sus fuerzas. Nunca habían visto a Benjamín tan excitado; en verdad, era la primera vez que alguien lo veía galopar.

«¡Pronto, pronto! —gritó—. ¡Vengan en seguida! ¡Se están llevando a Boxer! ». Sin esperar órdenes del cerdo, los animales abandonaron el trabajo y corrieron hacia los edificios de la granja. Efectivamente, en el patio había un gran furgón cerrado, con letreros en los costados, tirado por dos caballos, y un hombre de aspecto ladino tocado con un bombín aplastado en el asiento del conductor. La cuadra de Boxer estaba vacía. Los animales se agolparon junto al carro. —¡Adiós, Boxer! —gritaron a coro—, ¡adiós!

—¡Idiotas! ¡Idiotas! —exclamó Benjamín saltando alrededor de ellos y pateando el
suelo con sus cascos menudos—. ¡Idiotas! ¿No veis lo que está escrito en los letreros de ese
furgón?

Aquello apaciguó a los animales y se hizo el silencio. Muriel comenzó a deletrear las palabras. Pero Benjamín la empujó a un lado y en medio de un silencio sepulcral leyó:

—«Alfredo Simmonds, matarife de caballos y fabricante de cola, Willingdon. Comerciante en cueros y harina de huesos. Se suministran perreras». ¿No entienden lo que significa eso? ¡Lo llevan al descuartizador!

Los animales lanzaron un grito de horror. En ese momento el conductor fustigó a los caballos y el furgón salió del patio a un trote ligero. Todos los animales lo siguieron, gritando. Clover se adelantó. El furgón comenzó a tomar velocidad. Clover intentó galopar, pero sus pesadas patas sólo alcanzaron el medio galope.

—¡Boxer! —gritó ella—. ¡Boxer! ¡Boxer!
En ese momento, como si hubiera oído el alboroto, la cara de Boxer, con la franja blanca en el hocico, apareció por la ventanilla trasera del carro.
—¡Boxer! —gritó Clover con terrible voz—. ¡Boxer! ¡Sal de ahí! ¡Sal pronto! ¡Te
llevan hacia la muerte!

Todos los animales se pusieron a gritar:

¡Sal de ahí, Boxer, sal de ahí!», pero el furgón ya había tomado velocidad y se alejaba de ellos. No se supo si Boxer entendió lo que dijo Clover. Pero un instante después, su cara desapareció de la ventanilla y se sintió el ruido de un patear de cascos dentro del furgón. Estaba tratando de abrirse camino a patadas. En otros tiempos, unas cuantas coces de los cascos de Boxer hubieran hecho trizas el furgón. Pero, desgraciadamente, su fuerza lo había abandonado; y al poco tiempo el ruido de cascos se hizo más débil y se extinguió.

En su desesperación los animales comenzaron a apelar a los dos caballos que tiraban del furgón para que se detuvieran. « ¡Camaradas, camaradas! —gritaron—. ¡No llevéis a vuestro propio hermano hacia la muerte! » Pero las estúpidas bestias, demasiado ignorantes para darse cuenta de lo que ocurría, echaron atrás las orejas y aceleraron el trote. La cara de Boxer no volvió a aparecer por la ventanilla. Era demasiado tarde cuando a alguien se le ocurrió adelantarse para cerrar el portón; en un instante el furgón salió y desapareció por el camino. Boxer no fue visto más. Tres días después se anunció que había muerto en el hospital de Willingdon, no obstante recibir toda la atención que se podía dispensar a un caballo. Squealer anunció la noticia a los demás. Él había estado presente, dijo, durante las últimas horas de Boxer.

—¡Fue la escena más conmovedora que jamás haya visto! —expresó Squealer, levantando la pata para enjugar una lágrima—. Estuve al lado de su cama hasta el último instante, y al final, casi demasiado débil para hablar, me susurró que su único pesar era morir antes de haberse terminado el molino. «Adelante, camaradas —murmuró—. Adelante en nombre de la Rebelión. ¡Viva "Granja Animal"! ¡Viva el camarada Napoleón! ¡Napoleón siempre tiene razón!» Ésas fueron sus últimas palabras, camaradas.

Aquí el porte de Squealer cambió repentinamente. Permaneció callado un instante, y sus ojillos lanzaron miradas de desconfianza de un lado a otro antes de continuar. Había llegado a su conocimiento —dijo—, que un rumor disparatado y malicioso circuló cuando se llevaron a Boxer.

Algunos animales notaron que el furgón que trasladó a Boxer llevaba la inscripción: «Matarife de caballos», y sacaron precipitadamente la conclusión de que ése era en realidad el destino de Boxer. Resultaba casi increíble, dijo Squealer, que un animal pudiera ser tan estúpido.

Seguramente, gritó indignado, agitando la cola y saltando de lado a lado, seguramente ellos conocían a su querido Líder, camarada Napoleón, mejor que nadie. Pero la explicación, en verdad, era muy sencilla. El furgón fue anteriormente propiedad del descuartizador y había sido comprado por el veterinario, que aún no había borrado el nombre anterior. Así fue como nació el error.

Los animales quedaron muy aliviados al escuchar esto. Y cuando Squealer continuó dándoles más detalles gráficos del lecho de muerte de Boxer, la admirable atención que recibió y las costosas medicinas que abonara Napoleón sin fijarse en el precio, sus últimas dudas desaparecieron y el pesar que sintieran por la muerte de su camarada fue mitigado por la idea de que, al menos, había muerto feliz.

Napoleón mismo apareció en la reunión del domingo siguiente y pronunció una breve oración fúnebre a la memoria de Boxer. No era posible traer de vuelta los restos de su llorado camarada para ser enterrados en la Granja, pero había ordenado que se confeccionara una gran corona con laurel del jardín de la casa para ser colocada sobre la tumba de Boxer. Y pasados unos días los cerdos pensaban realizar un banquete conmemorativo en su honor. Napoleón finalizó su discurso recordándoles los dos lemas favoritos de Boxer: «Trabajaré más fuerte» y «El Camarada Napoleón tiene siempre razón», lemas, dijo, que todo animal haría bien en adoptar para sí mismo.

El día fijado para el banquete, el carro de un almacenista vino desde Willingdon y descargó un gran cajón de madera. Esa noche se oyó el ruido de cantos bullangueros, seguidos por algo que parecía una violenta disputa y terminó a eso de las once con un tremendo estrépito de vidrios rotos. Nadie se movió en la casa antes del mediodía siguiente y se corrió la voz de que los cerdos se habían agenciado dinero para comprar otro cajón de whisky.

X

Pasaron los años. Las estaciones vinieron y se fueron; las cortas vidas de los animales pasaron volando. Llegó una época en que ya no había nadie que recordara los viejos días anteriores a la Rebelión, exceptuando a Clover, Benjamín, Moses el cuervo, y algunos cerdos.

Muriel había muerto; Bluebell, Jessie y Pincher habían muerto. Jones también murió; falleció en un hogar para borrachos en otra parte del país. Snowball fue olvidado. Boxer lo había sido, asimismo, excepto por los pocos que lo habían tratado. Clover era ya una yegua vieja y gorda, con articulaciones endurecidas y ojos legañosos. Ya hacía dos años que había cumplido la edad del retiro, pero en realidad ningún animal se había jubilado. Hacía tiempo que no se hablaba de reservar un rincón del campo de pasto para animales jubilados. Napoleón era ya un cerdo maduro de unos ciento cincuenta kilos. Squealer estaba tan gordo que tenía dificultad para ver más allá de sus narices. Únicamente el viejo Benjamín estaba más o menos igual que siempre, exceptuando que el hocico lo tenía más canoso y, desde la muerte de Boxer, estaba más malhumorado y taciturno que nunca.

Había muchos más animales que antes en la granja, aunque el aumento no era tan grande como se esperara en los primeros años. Nacieron muchos animales para quienes la Rebelión era una tradición casi olvidada, transmitida verbalmente; y otros, que habían sido adquiridos, jamás oyeron hablar de semejante cosa antes de su llegada. La granja poseía ahora tres caballos, además de Clover. Eran bestias de prestancia, trabajadores de buena voluntad y excelentes camaradas, pero muy estúpidos. Ninguno de ellos logró aprender el alfabeto más allá de la letra B. Aceptaron todo lo que se les contó respecto a la Rebelión y los principios del Animalismo, especialmente por Clover, a quien tenían un respeto casi filial; pero era dudoso que hubieran entendido mucho de lo que se les dijo.

La granja estaba más próspera y mejor organizada; hasta había sido ampliada con dos franjas de terreno compradas al señor Pilkington. El molino quedó terminado al fin, y la granja poseía una trilladora y un elevador de heno propios, agregándose también varios edificios. Whymper se había comprado un coche. El molino, sin embargo, no fue empleado para producir energía eléctrica. Se utilizó para moler maíz y produjo un saneado beneficio en efectivo.

Los animales estaban trabajando mucho en la construcción de otro molino más; cuando éste estuviera terminado, según se decía, se instalarían las dinamos. Pero los lujos con que Snowball hiciera soñar a los animales, las cuadras con luz eléctrica y agua caliente y fría, y la semana de tres días, ya no se mencionaban. Napoleón había censurado estas ideas por considerarlas contrarias al espíritu del Animalismo. La verdadera felicidad, dijo él, consistía en trabajar mucho y vivir frugalmente.

De algún modo parecía como si la granja se hubiera enriquecido sin enriquecer a los animales mismos; exceptuando, naturalmente, los cerdos y los perros. Tal vez eso se debiera en parte al hecho de haber tantos cerdos y tantos perros. No era que estos animales no trabajaran a su manera. Existía, como Squealer nunca se cansaba de explicarles, un sinfín de labores en la supervisión y organización de la Granja. Gran parte de este trabajo tenía características tales que los demás animales eran demasiado ignorantes para comprenderlo. Por ejemplo, Squealer les dijo que los cerdos tenían que realizar un esfuerzo enorme todos los días con unas cosas misteriosas llamadas «ficheros», «informes», «actas» y «ponencias». Se trataba de largas hojas de papel que tenían que ser llenadas totalmente con escritura, y después eran quemadas en el horno. Esto era de suma importancia para el bienestar de la Granja, señaló Squealer. Pero de cualquier manera, ni los cerdos ni los perros producían nada comestible mediante su propio trabajo; eran muchos y siempre tenían buen apetito.

En cuanto a los otros, su vida, por lo que ellos sabían, era lo que fue siempre. Generalmente tenían hambre, dormían sobre paja, bebían del estanque, trabajaban en el campo; en invierno sufrían los efectos del frío y en verano de las moscas. A veces, los más viejos de entre ellos buscaban en sus turbias memorias y trataban de determinar si en los primeros días de la Rebelión, cuando la expulsión de Jones aún era reciente, las cosas fueron mejor o peor que ahora. No alcanzaban a recordar. No había con qué comparar su vida presente, no tenían en qué basarse exceptuando las listas de cifras de Squealer que, invariablemente, demostraban que todo mejoraba más y más. Los animales no encontraron solución al problema; de cualquier forma, tenían ahora poco tiempo para cavilar sobre estas cosas. Únicamente el viejo Benjamín manifestaba recordar cada detalle de su larga vida y saber que las cosas nunca fueron, ni podrían ser, mucho mejor o mucho peor; el hambre, la opresión y el desengaño eran, así dijo él, la ley inalterable de la vida.

Y, sin embargo, los animales nunca abandonaron sus esperanzas. Más aún, jamás perdieron, ni por un instante, su sentido del honor y el privilegio de ser miembros de «Granja Animal». Todavía era la única granja en todo el condado —¡en toda Inglaterra!— poseída y gobernada por animales. Ninguno, ni el más joven, ni siquiera los recién llegados, traídos desde granjas a diez o veinte millas de distancia, dejaron de maravillarse por ello. Y cuando sentían tronar la escopeta y veían la bandera verde ondeando al tope del mástil, sus corazones se hinchaban de inextinguible orgullo, y la conversación siempre giraba en torno a los heroicos días de antaño, la expulsión de Jones, la inscripción de los siete mandamientos, las grandes batallas en que los invasores humanos fueron derrotados. Ninguno de los viejos ensueños había sido abandonado.

La República de los animales que Mayor pronosticara, cuando los campos verdes de Inglaterra no fueran hollados por pies humanos, era todavía su aspiración. Algún día llegaría; tal vez no fuera pronto, quizá no sucediera durante la existencia de la actual generación de animales, pero vendría. Hasta la melodía de «Bestias de Inglaterra» era seguramente tarareada a escondidas aquí o allá; de cualquier manera, era un hecho que todos los animales de la granja la conocían, aunque ninguno se hubiera atrevido a cantarla en voz alta. Podría ser que sus vidas fueran penosas y que no todas sus esperanzas se vieran cumplidas; pero tenían conciencia de no ser como otros animales. Si pasaban hambre, no lo era por alimentar a tiranos como los seres humanos; si trabajaban mucho, al menos lo hacían para ellos mismos. Ninguno caminaba sobre dos pies. Ninguno llamaba a otro «amo». Todos los animales eran iguales.

Un día, a principios de verano, Squealer ordenó a las ovejas que lo siguieran, y las condujo hacia una parcela de tierra no cultivada en el otro extremo de la granja, cubierta por retoños de abedul. Las ovejas pasaron todo el día allí comiendo hojas bajo la supervisión de Squealer. Al anochecer él volvió a la casa, pero, como hacía calor, les dijo a las ovejas que se quedaran donde estaban. Y allí permanecieron toda la semana, sin ser vistas por los demás animales durante ese tiempo. Squealer estaba con ellas durante la mayor parte del día. Dijo que les estaba enseñando una nueva canción, para lo cual se necesitaba aislamiento.

Una tarde tranquila, al poco tiempo de haber vuelto las ovejas de su retiro —los animales ya habían terminado de trabajar y regresaban hacia los edificios de la granja—, se oyó desde el patio el relincho aterrado de un caballo. Alarmados, los animales se detuvieron ruscamente. Era la voz de Clover. Relinchó de nuevo y todos se lanzaron al galope entrando precipitadamente en el patio. Entonces contemplaron lo que Clover había visto. Era un cerdo, caminando sobre sus patas traseras.

Sí, era Squealer. Un poco torpemente, como si no estuviera totalmente acostumbrado a sostener su gran volumen en aquella posición, pero con perfecto equilibrio, estaba paseándose por el patio. Y poco después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de tocinos, todos caminando sobre sus patas traseras. Algunos lo hacían mejor que otros, si bien unto o dos andaban un poco inseguros, dando la impresión de que les hubiera agradado el apoyo de un bastón, pero todos ellos dieron con éxito una vuelta completa por el patio. Finalmente se oyó un tremendo ladrido de los perros y un agudo cacareo del gallo negro, y apareció Napoleón en persona, erguido majestuosamente, lanzando miradas arrogantes hacia uno y otro lado y con los perros brincando alrededor. Elevaba un látigo en la mano.

Se produjo un silencio de muerte. Asombrados, aterrorizados, acurrucados unos contra otros, los animales observaban la larga fila de cerdos marchando lentamente alrededor del patio.

Era como si el mundo se hubiera vuelto del revés. Llegó un momento en que pasó la primera impresión y, a pesar de todo —a pesar de su terror a los perros y de la costumbre, adquirida durante muchos años, de nunca quejarse, nunca criticar—, estaba a punto de saltar alguna palabra de protesta. Pero en ese preciso instante, como obedeciendo a una señal, todas las ovejas estallaron en un tremendo balido: «¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ¡Cuatro patas sí, dos patas mejor! ».

El cántico siguió durante cinco minutos sin parar. Y cuando las ovejas callaron, la oportunidad para protestar había pasado, pues los cerdos entraron nuevamente en la casa. Benjamín sintió que un hocico le rozaba el hombro. Se volvió. Era Clover. Sus viejos ojos parecían más apagados que nunca. Sin decir nada; le tiró suavemente de la crín y lo llevó hastá el extremo del granero principal, donde estaban inscritos los siete mandamientos.

Durante un minuto o dos estuvieron mirando la pared alquitranada con sus blancas letras. —La vista me está fallando —dijo ella finalmente—. Ni aun cuando era joven podía leer lo que estaba ahí escrito.. Pero me parece que esa pared está cambiada. ¿Están igual que antes los siete mandamientos, Benjamín?

Por primera vez Benjamín consintió en romper la costumbre y leyó lo que estaba escrito en el muro. Allí no había nada excepto un solo Mandamiento. Éste decía:

TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS ANIMALES SON MÁS IGUALES QUE OTROS.

Después de eso no les resultó extraño que al día siguiente los cerdos que estaban supervisando el trabajo de la granja, llevaran todos un látigo en la mano. No les pareció raro enterarse de que los cerdos se habían comprado una radio, estaban gestionando la instalación de un teléfono y se habían suscrito a John Bull, Tit-Bits y al Daily Mirror. No les resultó extraño cuando vieron a Napoleón paseando por el jardín de la casa con una pipa en la boca; no, ni siquiera cuando los cerdos sacaron la ropa del señor Jones de los roperos y se la pusieron; Napoleón apareció con una chaqueta negra, pantalones bombachos y polainas de cuero, mientras que su favorita lucía el vestido de seda que la señora Jones acostumbraba a usar los domingos.

Una semana después, una tarde, cierto número de coches llegó a la granja. Una delegación de granjeros vecinos había sido invitada para realizar una visita. Recorrieron la granja y expresaron gran admiración por todo lo que vieron, especialmente el molino.

Los animales estaban escardando el campo de nabos. Trabajaban casi sin despegar las caras del suelo y sin saber a quien debían temer más: si a los cerdos o a los visitantes humanos.

Esa noche se escucharon fuertes carcajadas y canciones desde la casa. El sonido de las voces entremezcladas despertó repentinamente la curiosidad de los animales. ¿Qué podía estar sucediendo allí, ahora que, por primera vez, animales y seres humanos estaban reunidos en igualdad de condiciones? De común acuerdo se arrastraron en el mayor silencio hasta el jardín de la casa.

Al llegar a la entrada se detuvieron, medio asustados, pero Clover avanzó resueltamente y los demás la siguieron. Fueron de puntillas hasta la casa, y los animales de mayor estatura espiaron por la ventana del comedor. Allí, alrededor de una larga mesa, estaban sentados media docena de granjeros y media docena de los cerdos más eminentes, ocupando Napoleón el puesto de honor en la cabecera. Los cerdos parecían encontrarse en las sillas completamente a sus anchas. El grupo estaba jugando una partida de naipes, pero la habían suspendido un momento, sin duda para brindar. Una jarra grande estaba pasando de mano en mano y los vasos se llenaban de cerveza una y otra vez.

El señor Pilkington, de Foxwood, se puso en pie, con un vaso en la mano. Dentro de un instante, explicó, iba a solicitar un brindis a los presentes. Pero, previamente, se consideraba obligado a decir unas palabras.

«Era para él motivo de gran satisfacción —dijo—, y estaba seguro que para todos los asistentes, comprobar que un largo período de desconfianzas y desavenencias llegaba a su fin.

Hubo un tiempo, no es que él, o cualquiera de los presentes, compartieran tales sentimientos, pero hubo un tiempo en que los respetables propietarios de la "Granja Animal" fueron considerados, él no diría con hostilidad, sino con cierta dosis de recelo por sus vecinos humanos. Se produjeron incidentes desafortunados y eran fáciles los malos entendidos. Se creyó que la existencia de una granja poseída y gobernada por cerdos era en cierto modo anormal y que podría tener un efecto perturbador en el vecindario.

Demasiados granjeros supusieron, sin la debida información, que en dicha granja prevalecía un espíritu de libertinaje e indisciplina. Habían estado preocupados respecto a las consecuencias que ello acarrearía a sus propios animales o aun sobre sus empleados del género humano. Pero todas estas dudas ya estaban disipadas. Él y sus amigos acababan de visitar "Granja Animal" y de inspeccionar cada pulgada con sus propios ojos. ¿Y qué habían encontrado? No solamente los métodos más modernos, sino una disciplina y un orden que debían servir de ejemplo para los granjeros de todas partes. Él creía que estaba en lo cierto al decir que los animales inferiores de "Granja Animal" hacían más trabajo y recibían menos comida que cualquier animal del condado. En verdad, él y sus colegas visitantes observaron muchos detalles que pensaban implantar en sus granjas inmediatamente.

»Querría terminar mi discurso —dijo— recalcando nuevamente el sentimiento amistoso que subsistía, y que debía subsistir, entre "Granja Animal" y sus vecinos. Entre los cerdos y los seres humanos no había, y no debería haber, ningún choque de intereses de cualquier clase. Sus esfuerzos y sus dificultades eran idénticos. ¿No era el problema laboral el mismo en todas partes?» Aquí pareció que el señor Pilkington se disponía a contar algún chiste preparado de antemano, pero por un instante le dominó la risa, y no pudo articular palabra.

Después de un rato de sofocación en cuyo transcurso sus diversas papadas enrojecieron, logró explicarse:

« ¡Si bien ustedes tienen que lidiar con sus animales inferiores —dijo— nosotros tenemos nuestras clases inferiores!».

Esta ocurrencia les hizo desternillar de risa; y el señor Pilkington nuevamente felicitó a los cerdos por las escasas raciones, las largas horas de trabajo y la falta de blandenguerías que observara en «Granja Animal».

«Y ahora —dijo finalmente—, iba a pedir a los presentes que se pusieran de pie y se cercioraran de que sus vasos estaban llenos.

»Señores —concluyó el señor Pilkington—, señores, les propongo un brindis: ¡Por la prosperidad de la «Granja Animal!»

Hubo unos vítores entusiastas y un resonar de pies y patas. Napoleón estaba tan complacido, que dejó su lugar y dio la vuelta a la mesa para chocar su vaso con el del señor Pilkington antes de vaciarlo. Cuando terminó el vitoreo, Napoleón, que permanecía de pie, insinuó que también él tenía que decir algunas palabras.

Como en todos sus discursos, Napoleón fue breve y al grano. «Él también —dijo— estaba contento de que el período de desavenencias llegara a su fin. Durante mucho tiempo hubo rumores propalados —él tenía motivos fundados para creer que por algún enemigo malévolo— de que existía algo subversivo y hasta revolucionario en sus puntos de vista y los de sus colegas. Se les atribuyó la intención de fomentar la rebelión entre los animales de las granjas vecinas. ¡Nada podía estar más lejos de la verdad! Su único deseo, ahora y en el pasado, era vivir en paz y mantener relaciones normales con sus vecinos. Esta granja que él tenía el honor de controlar —agregó— era una empresa cooperativa. Los títulos de propiedad, que estaban en su poder, pertenecían a todos los cerdos en conjunto.

»Él no creía —dijo— que aún quedaran rastros de las viejas sospechas, pero se acababan de introducir ciertos cambios en la rutina de la granja que tendrían el efecto de fomentar, aún más, la mutua confianza. Hasta entonces los animales de la granja tenían la costumbre algo tonta de dirigirse unos a otros como "camarada". Eso iba a ser suprimido.

También existía otra costumbre muy rara, cuyo origen era desconocido: la de desfilar todos los domingos por la mañana ante el cráneo de un cerdo clavado en un poste del jardín. Eso también iba a suprimirse, y el cráneo ya había sido enterrado. Sus visitantes habían observado asimismo la bandera verde que ondeaba al tope del mástil. En ese caso, seguramente notaron que el asta y la pezuña blanca con que estaba marcada anteriormente fueron eliminados. En adelante, sería simplemente una bandera verde.

»Tenía que hacer una sola crítica del magnífico y amistoso discurso del señor Pilkington. El señor Pilkington hizo referencia en todo momento a "Granja Animal". No podía saber, naturalmente —porque él, Napoleón, iba a anunciarlo por primera vez— que el nombre de "Granja Animal" había sido abolido. Desde ese momento la granja iba a ser conocida como "Granja Manor", que era su nombre verdadero y original.

»Señores —concluyó Napoleón—, os voy a proponer el mismo brindis de antes, pero de otra forma. Llenad los vasos hasta el borde. Señores, éste es mi brindis: ¡Por la prosperidad de la «Granja Manor!»

Se repitió el mismo cordial vitoreo de antes y los vasos fueron vaciados de un trago. Pero a los animales, que desde fuera observaban la escena, les pareció que algo raro estaba ocurriendo. ¿Qué era lo que se había alterado en los rostros de los cerdos? Los viejos y apagados ojos de Clover pasaron rápida y alternativamente de un rostro a otro. Algunos tenían cinco papadas, otros tenían cuatro, aquellos tenían tres. Pero ¿qué era lo que parecía desvanecerse y transformarse? Después, finalizados los aplausos, los concurrentes cogieron nuevamente los naipes y continuaron la partida interrumpida, alejándose los animales en silencio.

Pero no habían dado veinte pasos cuando se pararon bruscamente. Un enorme alboroto de voces venía desde la casa. Regresaron corriendo y miraron nuevamente por la ventana. Sí, se estaba desarrollando una violenta discusión: gritos, golpes sobre la mesa, miradas penetrantes y desconfiadas, negativas furiosas. El origen del conflicto parecía ser que tanto Napoleón como el señor Pilkington habían descubierto simultáneamente un as de espadas cada uno.

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.

FIN

Imprimir