Rebelión en la Granja 2/4

| 21 septiembre 2009 | |
Parte I

Sin embargo, nunca se dio mucho crédito a estos cuentos. Rumores acerca de una granja maravillosa de la que se había expulsado a los seres humanos y en la que los animales administraban sus propios asuntos, continuaron circulando en forma vaga y falseada, y durante todo ese año se extendió una ola de rebeldía en la comarca. Toros que siempre habían sido dóciles se volvieron repentinamente salvajes; había ovejas que rompían los cercados y devoraban el trébol; vacas que volcaban los baldes cuando las ordeñaban; caballos de caza que se negaban a saltar los setos y que lanzaban a sus jinetes por encima de sus orejas.

A pesar de todo, la tonada y hasta la letra de «Bestias de Inglaterra» eran conocidas por doquier. Se habían difundido con una velocidad asombrosa. Los seres humanos no podían detener su furor cuando oían esta canción, aunque aparentaban considerarla sencillamente ridícula. No podían entender, decían, cómo hasta los animales mismos se atrevían a cantar algo tan deleznable. Cualquier animal que era sorprendido cantándola, se le azotaba en el acto. Sin embargo, la canción resultó irreprimible: los mirlos la silbaban en los vallados, las palomas la arrullaban en los álamos y hasta se reconocía en el ruido de las fraguas y en el tañido de las campanas de las iglesias. Y cuando los seres humanos la escuchaban, temblaban secretamente, pues presentían en ella un augurio de su futura perdición.

A principios de octubre, cuando el maíz había sido cortado y entrojado y parte del mismo ya había sido trillado, una bandada de palomas cruzó a toda velocidad y se posó, muy excitada, en el patio de «Granja Animal». Jones y todos sus peones, con media docena más de hombres de Foxwood y Pinchfield, habían atravesado el portón y se aproximaban por el sendero hacia la casa. Todos esgrimían palos, exceptuando a Jones, que marchaba delante con una escopeta en la mano. Evidentemente iban a tratar de reconquistar la granja.

Esta eventualidad, hacía tiempo que estaba prevista y, en consecuencia, se habían adoptado las precauciones necesarias. Snowball, que había estudiado las campañas de Julio César en un viejo libro, hallado en la casa, estaba a cargo de las operaciones defensivas. Dio las órdenes rápidamente y en contados minutos, cada animal ocupaba su puesto de combate.

Cuando los seres humanos se acercaron a los edificios de la granja, Snowball lanzó su primer ataque. Todas las palomas —eran unas treinta y cinco— volaban sobre las cabezas de los hombres y los ensuciaban desde lo alto; y mientras los hombres estaban preocupados eludiendo lo que les caía encima, los gansos, escondidos detrás del seto, los acometieron picoteándoles las pantorrillas furiosamente. Pero aquélla era una simple escaramuza con el propósito de crear un poco de desorden, y los hombres ahuyentaron fácilmente a los gansos con sus palos. Snowball lanzó la segunda línea de ataque: Muriel, Benjamín y todas las ovejas, con Snowball a la cabeza, avanzaron embistiendo y achuchando a los hombres desde todos los lados, mientras Benjamín se volvió y comenzó a repartir coces con sus patas traseras. Pero, de nuevo los hombres, con sus palos y sus botas claveteadas, fueron demasiado fuertes para ellos, y repentinamente, al oírse el chillido de Snowball, que era la señal para retirarse, todos los animales dieron media vuelta y se metieron, por el portón, en el patio.

Los hombres lanzaron un grito de triunfo. Vieron —es lo que imaginaron— a sus enemigos en fuga y corrieron tras ellos en desorden. Eso era precisamente lo que Snowball esperaba. Tan pronto como estuvieron dentro del patio, los tres caballos, las tres vacas y los demás cerdos, que habían estado al acecho en el establo de las vacas, aparecieron repentinamente detrás de ellos, cortándoles la retirada. Snowball dio la señal para la carga. Él mismo acometió a Jones. Éste lo vio venir, apuntó con su escopeta e hizo fuego. Los perdigones dejaron su huella sangrienta en el lomo de Snowball, y una oveja cayó muerta. Sin vacilar un instante, Snowball lanzó sus quince arrobas contra las piernas de Jones, que fue a caer sobre una pila de estiércol mientras la escopeta se le escapó de las manos. Pero el espectáculo más aterrador lo ofrecía Boxer, encabritado sobre sus cuartos traseros y coceando como un semental con sus enormes cascos herrados.

Su primer golpe lo recibió en la cabeza un mozo de la caballeriza de Foxwood, quedando tendido exánime en el barro. Al ver este cuadro, varios hombres, dejaron caer sus palos e intentaron escapar. Pero los agarrotó el pánico y, al momento, los animales estaban corriendo tras ellos por todo el patio. Fueron corneados, coceados, mordidos, pisados. No hubo ni un animal en la granja que no se vengara a su manera. Hasta la gata saltó repentinamente desde una azotea sobre la espalda de un vaquero y le clavó sus garras en el cuello, haciéndole gritar horriblemente. En el momento en que la salida estuvo clara, los hombres se alegraron de poder escapar del patio y huir como un rayo hacia el camino principal. Y así, a los cinco minutos de su invasión, se hallaban en vergonzosa retirada por la misma vía de acceso, con una bandada de gansos picoteándoles las pantorrillas a lo largo de todo el camino.

Todos los hombres se habían ido, menos uno. Allá en el patio, Boxer estaba empujando con la pata al mozo de caballeriza que yacía boca abajo en el barro, tratando de darle vuelta. El muchacho no se movía.

—Está muerto —dijo Boxer tristemente—. No tuve intención de hacerlo. Me olvidé de que tenía herraduras. ¿Quién va a creer que no hice esto adrede?
—Nada de sentimentalismo, camarada —gritó Snowball, de cuyas heridas aún manaba sangre—. La guerra es la guerra. El único ser humano bueno es el que ha muerto.
—Yo no deseo quitar una vida, ni siquiera humana —repitió Boxer con los ojos llenos
de lágrimas.
—¿Dónde está Mollie? —inquirió alguien.
En efecto, faltaba Mollie. Por un momento se produjo una gran alarma; se temió que los
hombres la hubieran lastimado de alguna forma, o tal vez que se la hubiesen llevado consigo.

Al final, la encontraron escondida en su casilla, en el establo, con la cabeza enterrada en el heno del pesebre. Se había escapado tan pronto como sonó el tiro de la escopeta. Y, cuando los otros retornaron de su búsqueda, se encontraron con que el mozo de caballeriza, que en realidad sólo estaba aturdido, se había repuesto y huido. Los animales se congregaron muy exaltados, cada uno contando a voz en grito sus hazañas en la batalla. En seguida se realizó una celebración improvisada de la victoria. Se izó la bandera y se cantó varias veces «Bestias de Inglaterra», y luego se le dio sepultura solemne a la oveja que murió en la acción, plantándose una rama de espino sobre su tumba. En dicho acto Snowball pronunció un discurso, recalcando la necesidad de que todos los animales estuvieran dispuestos a morir por «Granja Animal», si ello fuera necesario.

Los animales decidieron unánimemente crear una condecoración militar: «Héroe Animal, de Primer Grado», que les fue conferida en ese mismo instante a Snowball y Boxer. Consistía en una medalla de bronce (en realidad eran unos adornos de bronce para caballerías encontrados en el guadarnés}, que debía usarse los domingos y días de fiesta. También se creó la de «Héroe Animal, de Segundo Grado», qué le fue otorgada, póstumamente, a la oveja muerta.

Se discutió mucho acerca del nombre que debía dársele a la batalla. Al finarse la llamó la «Batalla del Establo de las Vacas», pues fue allí donde se realizó la emboscada. La escopeta del señor Jones fue hallada en el barro y se sabía que en la casa había proyectiles. Se decidió colocar la escopeta al pie del mástil, como si fuera una pieza de artillería, y dispararla dos veces al año; una vez, el cuatro de octubre, aniversario de la «Batalla del Establo de las Vacas», y la otra, el día de San Juan, aniversario de la Rebelión.

V

A medida que se acercaba el invierno, Mollie se volvió más y más conflictiva. Llegaba tarde al trabajo por las mañanas con el pretexto de que se había quedado dormida, quejándose de dolencias misteriosas, aun cuando su apetito era excelente. Con cualquier excusa escapaba del trabajo para ir al bebedero, donde se quedaba parada mirando su reflejo en el agua como una boba. Pero también había rumores de algo más serio. Un día que Mollie entraba alegremente en el patio, moviendo su larga cola y mascando un tallo de heno, Clover la llamó a un lado.

—Mollie —le dijo—, tengo algo muy serio que decirte. Esta mañana te vi mirando por encima del seto que separa a «Granja Animal» de Foxwood. Uno de los hombres del señor Pilkington estaba situado al otro lado del seto. Y yo estaba a cierta distancia, pero estoy casi segura de haberte visto: él te estaba hablando y tú le permitías que te acariciara. ¿Qué significa eso, Mollie?
—¡Él no hizo nada! ¡Yo no estaba! ¡No es verdad! —gritó Mollie, haciendo cabriolas y pateando el suelo.
—¡Mollie! Mírame a la cara. ¿Puedes darme tu palabra de honor de que ese hombre no te estaba acariciando el hocico?
—¡No es verdad! —repitió Mollie, pero no podía mirar a la cara a Clover, y al instante se escapó, huyendo al galope hacia el campo. A Clover se le ocurrió algo. Sin decir nada a nadie, se fue a la cuadra de Mollie y revolvió la paja con su pata. Escondido bajo la paja, había un montoncito de terrones de azúcar y varias tiras de cintas de distintos colores. Tres días después Mollie desapareció.

Durante varias semanas no se supo nada respecto a su paradero; luego las palomas informaron que la habían visto al otro lado de Willingdon. Estaba atalajada entre las varas de un coche elegante pintado de rojo y negro, que se encontraba detenido ante una taberna. Un hombre gordo, de cara colorada, con bombachos a cuadros y polainas, que parecía un tabernero, le estaba acariciando el hocico y dándole de comer azúcar. El pelaje de Mollie estaba recién cortado, y llevaba una cinta escarlata en las crines. «Daba la impresión de que estaba a gusto», dijeron las palomas.

Ninguno de los animales volvió a mencionar a Mollie. En enero hizo muy mal tiempo. La tierra parecía de hierro y no se podía hacer nada en el campo. Se realizaron muchas reuniones en el granero principal; los cerdos se ocuparon en formular planes para la temporada siguiente. Se llegó a aceptar que los cerdos, que eran manifiestamente más inteligentes que los demás animales, resolverían todas las cuestiones referentes al manejo de la granja, aunque sus decisiones debían ser ratificadas por mayoría de votos. Este arreglo hubiera resultado bastante bien a no ser por las discusiones entre Snowball y Napoleón. Los dos estaban en desacuerdo en todos los puntos donde era posible que hubiera discrepancia. Si uno de ellos sugería sembrar un mayor número de hectáreas con cebada, con toda seguridad que el otro iba a exigir superior número de superficie con avena; y si uno afirmaba que tal o cual terreno estaba en buenas condiciones para el repollo, el otro decía que lo más adecuado era sembrar nabos. Cada cual tenía sus partidarios y por ello en cada Reunión se registraban debates violentos.

En muchas ocasiones, Snowball con sus brillantes discursos llegaba a convencer a la mayoría pero Napoleón le ganaba, cuando se trataba de obtener apoyo al margen de las sesiones. Hecho curioso fue el sucedido con las ovejas quienes adquirieron la costumbre de balar «Cuatro patas sí, dos pies no» en cualquier momento, interrumpiendo con ello la Reunión. Y se notó que esto ocurría precisamente en momentos decisivos de los discursos de Snowball. Éste había hecho un estudio profundo de algunos números atrasados de la revista «Granjero y Ganadero» encontrados en la casa y estaba lleno de planes para realizar innovaciones y mejoras. Hablaba como un erudito, de zanjas de desagüe, ensilados y abonos básicos, y había elaborado un complicado sistema para que todos los animales dejaran caer su estiércol directamente sobre los campos, y cada día en un lugar distinto, con objeto de ahorrar el trabajo de transportarlo. Napoleón no presentó ningún plan propio, pero decía tranquilamente que los de Snowball se quedarían en nada y su actitud era la del que parece esperar algo. Pero de todas sus controversias, ninguna fue tan enconada como la que tuvo lugar respecto al molino de viento.

En la larga pradera, cerca de los edificios, había una pequeña loma que era el punto más alto de la granja. Después de estudiar el terreno, Snowball declaró que aquél era el lugar indicado para un molino de viento, con el cual se podía hacer funcionar una dinamo y suministrar electricidad para la granja. Ésta daría luz para las cuadras de los animales y las calentaría en invierno, y también haría funcionar una sierra circular, una desgranadora, una cortadora, una ordeñadora eléctrica, etc. Los animales nunca habían oído hablar de esas cosas (porque la granja era anticuada y contaba con la maquinaria más primitiva), y escuchaban asombrados a Snowball mientras éste les describía cuadros de maquinarias fantásticas que trabajarían por ellos, mientras pastaban tranquilamente en los campos o perfeccionaban sus mentes mediante la lectura y la conversación.

En pocas semanas los planos de Snowball para el molino de viento estaban completados. Los detalles técnicos provenían principalmente de tres libros que habían pertenecido al señor Jones: «Mil cosas útiles que realizar en la casa», «Cada hombre puede ser su albañil» y «Electricidad para principiantes». Como estudio, utilizó Snowball un cobertizo que en un tiempo se había usado para incubadoras y tenía un suelo liso de madera, apropiado para dibujar. Se encerraba en él durante horas enteras. Mantenía sus libros abiertos gracias a una piedra y, empuñando un pedazo de tiza, se movía rápidamente de un lado a otro, dibujando línea tras línea y profiriendo pequeños chillidos de entusiasmo.

Gradualmente sus planos se transformaron en una masa complicada de manivelas y engranajes que cubrían más de la mitad del suelo, y que los demás animales encontraron completamente indescifrable, pero muy impresionante. Todos iban a mirar los planos de Snowball por lo menos una vez al día. Hasta las gallinas y los patos lo hicieron y tuvieron sumo cuidado de no pisar los trazos hechos con tiza. Únicamente Napoleón se mantenía a distancia. Él se había declarado en contra del molino de viento desde el principio. Un día, sin embargo, llegó en forma inesperada con el propósito de examinar los planos. Caminó pesadamente por allí, observó con cuidado cada detalle, y hasta olfateó en una o dos oportunidades; después se paró un rato, mientras los contemplaba de reojo; luego, repentinamente, levantó la pata, hizo aguas menores sobre los planos y se alejó sin decir palabra.

Toda la granja estaba muy dividida en el asunto del molino de viento. Snowball no negaba que la construcción significaría un trabajo difícil. Tendrían que extraer piedras de la cantera y con ellas levantar paredes, luego construir las aspas y después de todo eso, necesitarían dinamos y cables (de qué modo se obtendrían esas cosas, Snowball no lo decía). Pero sostenía que todo podría hacerse en un año. Y en adelante, declaró, se ahorraría tanto trabajo, que los animales sólo tendrían tres días laborables por semana. Napoleón, por el contrario, sostenía que la gran necesidad del momento era aumentar la producción de comestibles, y que si perdían el tiempo con el molino de viento, se morirían todos de hambre. Los animales se agruparon en dos facciones bajo los lemas: «Vote por Snowball y la semana de tres días» y «Vote por Napoleón y el pesebre lleno». Benjamín era el único animal que no se alistó en ninguno de los dos bandos.

Se negó a creer que habría mas abundancia de comida o que el molino de viento ahorraría trabajo. «Con molino o sin molino —dijo—, la vida seguirá como siempre ha sido, es decir, un desastre.»

Aparte de las discusiones referentes al molino, estaba la cuestión de la defensa de la granja. Se comprendía perfectamente que aunque los seres humanos habían sido derrotados en la «Batalla del Establo de las Vacas», podrían hacer otra tentativa, más resuelta que la anterior, para recuperar la granja y restaurar al señor Jones. Tenían aún mayores motivos para hacerlo, pues la noticia de la derrota se difundió por los alrededores y había vuelto a los animales más descontentos que nunca. Como de costumbre, Snowball y Napoleón estaban en desacuerdo.

Según Napoleón, lo que debían hacer los animales era procurar la obtención de armas de fuego y adiestrarse en su manejo. Snowball opinaba que debían mandar cada vez más palomas y fomentar la rebelión entre los animales de las otras granjas. Uno argumentaba que si no podían defenderse estaban destinados a ser conquistados; el otro argüía que si había rebeliones en todas partes no tendrían necesidad de defenderse. Los animales escuchaban primeramente a Napoleón, luego a Snowball, y no podían decidir quién tenía razón; a decir verdad, siempre estaban de acuerdo con el que les estaba hablando en aquel momento.

Al fin llegó el día en que Snowball completó sus planos. En la Reunión del domingo siguiente se iba a poner a votación si se comenzaba o no a construir el molino de viento.

Cuando los animales estaban reunidos en el granero principal, Snowball se levantó y, aunque de vez en cuando era interrumpido por los balidos de las ovejas, expuso sus razones para defender la construcción del molino. Luego Napoleón se levantó para contestar. Dijo tranquilamente que el molino de viento era una tontería y que él aconsejaba que nadie lo votara. Y se sentó, acto seguido; había hablado apenas treinta segundos, y parecía indiferente en cuanto al efecto que había producido. A continuación, Snowball se puso de pie de un salto, y gritando para poder ser oído a pesar de las ovejas, que nuevamente habían comenzado a balar, se desató en un alegato apasionado a favor del molino de viento. Hasta entonces los animales estaban divididos más o menos por igual en sus simpatías, pero en un instante, la elocuencia de Snowball los había convencido. Con frases ardientes les pintó un cuadro de cómo podría ser «Granja Animal» cuando el vil trabajo fuera aligerado de las espaldas de los animales. Su imaginación había ido mucho más allá de las desgranadoras y las segadoras. «La electricidad —dijo— podría mover las trilladoras, los arados, las rastrilladoras, los rodillos, las segadoras y las atadoras, además de suministrar a cada cuadra su propia luz eléctrica, agua fría y caliente, y un calentador eléctrico.»

Cuando dejó de hablar, no quedaba duda alguna sobre el resultado de la votación. Pero inmediatamente se levantó Napoleón y, lanzando una extraña mirada de reojo a Snowball, emitió un chillido agudo y estridente como nunca se le había oído articular.

Acto seguido se escucharon unos terribles ladridos que llegaban desde fuera y nueve enormes perros que llevaban puestos unos collares tachonados con clavos, irrumpieron en el granero. Y se lanzaron directamente sobre Snowball quien saltó de su sitio con el tiempo justo para esquivar sus feroces colmillos. En un instante estaba al otro lado de la puerta con los perros tras él. Demasiado asombrados y asustados para poder decir nada, todos los animales se agolparon en la puerta para observar la persecución. Snowball huía a todo correr a través de la larga pradera que conducía a la carretera. Corría como sólo puede hacerlo un cerdo, pero los perros iban pisándole los talones. De repente patinó y pareció que iba a ser presa segura de los perros, pero apenas recuperó su equilibrio siguió corriendo más veloz que nunca aunque los sabuesos iban ganándole terreno nuevamente. Uno de ellos estaba a punto de cerrar sus mandíbulas mordiendo la cola de Snowball pero éste pudo hurtarla a tiempo, de la dentellada. Y haciendo un esfuerzo supremo logró escabullirse por un agujero del seto, poniéndose de este modo a salvo.

Silenciosos y aterrados, los animales volvieron sigilosamente al granero. También los perros retornaron dando grandes brincos. Al principio nadie pudo imaginarse de dónde procedían aquellas bestias, pero el problema fue aclarado en seguida; eran los cachorros que Napoleón había quitado a sus madres y criado en secuestro. Aunque aún no estaban completamente desarrollados, eran unos perros inmensos y fieros como lobos. No se alejaban nunca de Napoleón. Y se observó que ante él meneaban la cola como los otros perros acostumbraban hacerlo con el señor Jones.

VI

Napoleón, con los canes tras él, subió a la plataforma que ocupara Mayor cuando pronunció su histórico discurso. Anunció que desde ese momento se habían terminado las reuniones de los domingos por la mañana. Eran innecesarias, dijo, y hacían perder tiempo. En el futuro todas las cuestiones relacionadas con el gobierno de la granja serían resueltas por una comisión especial de cerdos, presidida por él. Éstos se reunirían en consejo y luego comunicarían sus decisiones a los demás.

Los animales se reunirían los domingos por la mañana para saludar la bandera, cantar «Bestias de Inglaterra» y recibir sus órdenes para la semana; pero no habría más debates. Si la expulsión de Snowball les produjo una gran impresión, este anuncio consternó a los animales. Algunos de ellos habrían protestado si hubieran dispuesto de los argumentos apropiados. Hasta Boxer estaba un poco aturdido.

Apuntó sus orejas hacia atrás, agitó su melena varias veces y trató con esfuerzo de ordenar sus pensamientos; pero al final no se le ocurrió nada que decir. Algunos cerdos, sin embargo, fueron más expresivos. Cuatro jóvenes puercos de la primera fila emitieron agudos gritos de desaprobación, y todos ellos se pusieron en pie bruscamente y comenzaron a hablar al mismo tiempo. Pero, repentinamente, los perros que estaban sentados alrededor de Napoleón dejaron oír unos profundos gruñidos amenazadores y los cerdos se callaron, volviéndose a sentar.

Entonces las ovejas irrumpieron con un tremendo balido de «¡ Cuatro patas sí, dos pies no!», que continuó durante casi un cuarto de hora y puso fin a todo intento de discusión.

Luego Squealer fue enviado por toda la granja para explicar las nuevas decisiones a los demás. —Camaradas —dijo—, espero que todos los animales presentes se darán cuenta y apreciarán el sacrificio que ha hecho el camarada Napoleón al cargar con este trabajo adicional. ¡No se crean, camaradas, que ser jefe es un placer! Por el contrario, es una honda y pesada responsabilidad. Nadie cree más firmemente que el camarada Napoleón el principio de que todos los animales son iguales. Estaría muy contento de dejarles tomar sus propias determinaciones. Pero algunas veces podrían ustedes adoptar decisiones equivocadas, camaradas.

¿Y dónde estaríamos entonces nosotros? Supónganse que ustedes se hubieran decidido seguir a Snowball, con sus disparatados molinos; Snowball, que, como sabemos ahora, no era más que un criminal...

—Él peleó valientemente en la «Batalla del Establo de las Vacas» —dijo alguien.
—La valentía no es suficiente —afirmó Squealer—. La lealtad y la obediencia son más
importantes. Y en cuanto a la «Batalla del Establo de las Vacas», yo creo que llegará un día en el que demostraremos que el papel desempeñado por Snowball ha sido muy exagerado. ¡Disciplina, camaradas, disciplina férrea! Ésa es la consigna para hoy. Un paso en falso, y nuestros enemigos caerían sobre nosotros. Seguramente, camaradas, que ustedes no desean el retorno de Jones.

Nuevamente este argumento resultó irrebatible. Claro está que los animales no querían que volviera Jones; si la realización de los debates, los domingos por la mañana, podía implicar su regreso, entonces debían suprimirse los debates. Boxer, que había tenido tiempo de coordinar sus ideas, expresó la opinión general diciendo: «Si el camarada Napoleón lo dice, debe de estar en lo cierto». Y desde ese momento adoptó la consigna: «Napoleón siempre tiene razón», además dé su lema particular: «Trabajaré más fuerte». Para entonces el tiempo había cambiado y comenzó la roturación de primavera. El cobertizo donde Snowball dibujara los planos del molino de viento fue clausurado y se suponía que los planos habían sido borrados del suelo. Todos los domingos, a las diez de la mañana, los animales se reunían en el granero principal a fin de recibir sus órdenes para la semana. El cráneo del Viejo Mayor, ya sin rastros de carne, había sido desenterrado de la huerta y colocado sobre un poste al pie del mástil, junto a la escopeta.

Después de izar la bandera, los animales debían desfilar en forma reverente ante el cráneo, antes de entrar en el granero. Ya no se sentaban todos juntos, como solían hacerlo anteriormente.

Napoleón, con Squealer y otro cerdo llamado Mínimus, que poseía un don extraordinario para componer canciones y poemas, se sentaban sobre la plataforma, con los nueve perros formando un semicírculo alrededor, y los otros cerdos se situaban tras ellos. Los demás animales se colocaban enfrente, en el cuerpo principal del granero. Napoleón les leía las órdenes para la semana en un áspero estilo militar, y después de cantar una sola vez «Bestias de Inglaterra», todos los animales se dispersaban.

El tercer domingo después de la expulsión de Snowball, los animales se sorprendieron un poco al oír a Napoleón anunciar que, después de todo, el molino de viento sería construido.

No dio ninguna explicación por aquel cambio de parecer, pero simplemente advirtió a los animales que esta tarea extraordinaria significaría un trabajo muy duro; tal vez sería necesario reducir sus raciones. Los planos, sin embargo, habían sido preparados hasta el menor detalle.

Una comisión especial de cerdos estuvo trabajando sobre los mismos, durante las últimas tres semanas. La construcción del molino, junto con otras mejoras planeadas, precisaría de dos años de trabajo.

Esa misma noche, Squealer les explicó privadamente a los otros animales que en realidad Napoleón nunca había estado en contra del molino. Por el contrario, fue él quien abogó por su construcción y el plano que dibujara Snowball sobre el suelo del cobertizo de las incubadoras en verdad fue robado de los papeles de Napoleón. El molino de viento era realmente una creación del propio Napoleón. «¿Por qué, entonces —preguntó alguien—, se manifestó él tan firmemente contra el molino? » Aquí Squealer puso cara astuta. «Eso —dijo— fue sagacidad del camarada Napoleón. » Él había aparentado oponerse al molino, pero simplemente como una maniobra para deshacerse de Snowball, que era un sujeto peligroso y de nociva influencia. Ahora que Snowball había sido eliminado, el plan podía llevarse adelante sin su interferencia. «Esto —dijo Squealer— es lo que se llama táctica. » Repitió varias veces «¡Táctica, camaradas, táctica! », saltando y moviendo la cola con una risita alegre. Los animales no tenían certeza acerca del significado de la palabra, pero Squealer habló tan persuasivamente y tres de los perros que se hallaban con él, gruñeron en forma tan amenazante, que aceptaron su explicación sin hacer más preguntas.

Todo aquel año, los animales trabajaron como esclavos. Pero eran felices en su tarea; no escatimaron esfuerzo o sacrificio, pues bien sabían que todo lo que ellos hacían era para su propio beneficio y para los de su misma especie que vendrían después, y no para unos cuantos seres humanos rapaces y haraganes.

Durante toda la primavera y el verano trabajaron sesenta horas por semana, y en agosto Napoleón anunció que también tendrían que trabajar los domingos por la tarde. Ese trabajo era estrictamente voluntario, pero el animal que no concurriera vería reducida su ración a la mitad.

Aun así, fue necesario dejar varias tareas sin hacer. La cosecha fue algo menos abundante que el año anterior, y dos parcelas que debían haberse sembrado con nabos, a principios del verano, no lo fueron porque no se terminaron de arar a tiempo. Era fácil prever que el invierno siguiente sería duro.

El molino de viento presentó dificultades inesperadas. Había una buena cantera de piedra caliza en la granja, y se encontró bastante arena y cemento en una de las dependencias, de modo que tenían a mano todos los materiales necesarios para la construcción. Pero el problema, que no pudieron resolver al principio los animales, fue el de cómo partir la piedra en pedazos de tamaño apropiado. Aparentemente no había forma de hacerlo, excepto con picos y palancas de hierro, que no podían usar, porque ningún animal estaba en condiciones de sostenerse sobre sus patas traseras. Después de varias semanas de esfuerzos inútiles, se le ocurrió a uno la idea adecuada, a saber: utilizar la fuerza de la gravedad. Inmensas piedras, demasiado grandes para usarlas tal como estaban, se encontraban por todas partes en el fondo de la cantera.

Los animales las amarraban con sogas, y luego todos juntos, vacas, caballos, ovejas, cualquiera que pudiera tirar de la soga —hasta los cerdos a veces colaboraban en los momentos críticos— las arrastraban con una lentitud desesperante por la ladera hasta la cumbre de la cantera, desde donde las dejaban caer por el borde, para que se rompieran en pedazos al chocar con el fondo. El trabajo de transportar la piedra una vez partida era relativamente sencillo. Los caballos llevaban los trozos en carretas, las ovejas las arrastraban una a una, y hasta Muriel y Benjamín, tirando de un viejo sulky, hacían su parte. A fines de verano habían acumulado una buena provisión de piedra, y fue entonces cuando se inició la construcción del molino, bajo la supervisión de los cerdos.

Era un proceso lento y laborioso. Frecuentemente les ocupaba un día entero de esfuerzo agotador, arrastrar una sola piedra hasta la cumbre de la cantera, y a veces, cuando la tiraban por el precipicio, no se rompía. No hubieran podido lograr nada sin Boxer, cuya fuerza parecía igualar a la de todos los demás animales juntos. Cuando la piedra empezaba a resbalar y los animales gritaban desesperados al verse arrastrados por la ladera hacia abajo, era siempre Boxer el que tirando de la soga como un forzado, lograba detener la piedra.

Verlo arrastrando hacia arriba por la pendiente, pulgada tras pulgada, jadeante, clavando las puntas de sus cascos en la tierra, y sus enormes flancos sudorosos, llenaba a todos de admiración. Clover a veces le advertía que tuviera cuidado y no se esforzara demasiado, pero Boxer jamás le hacía caso. Sus dos lemas: «Trabajaré más fuerte» y «Napoleón siempre tiene razón», le parecían respuesta satisfactoria para todos los problemas. Se había puesto de acuerdo con el gallo para que éste lo despertara por la mañana tres cuartos de hora más temprano, en vez de media hora. Y en sus ratos libres, de los cuales disponía de muy pocos en esos días, se iba a la cantera, juntaba un montón de pedazos de piedra y lo arrastraba por sí solo hasta el emplazamiento del molino .

Los animales no lo pasaron tan mal durante todo ese verano, a pesar de la dureza de su trabajo. Si no disponían de más comida de la que habían dispuesto en los tiempos de Jones, tampoco tenían menos. La ventaja de alimentarse a sí mismos y no tener que mantener también a cinco seres humanos inútiles, era tan grande, que se habrían necesitado incontables fracasos para perderla. Y en muchas situaciones, el método animal de hacer las cosas era más eficiente que el humano y ahorraba trabajo. Algunas tareas, como por ejemplo extirpar la maleza, se podían hacer con una eficacia imposible para los seres humanos. Y además, dado que ningún animal robaba, no fue necesario hacer alambradas para separar los prados de la tierra cultivable, lo que economizó mucho trabajo en la conservación de los setos y las vallas. Sin embargo, a medida que avanzaba el verano, se empezó a sentir la escasez imprevista de varias cosas. Había necesidad de aceite de parafina, clavos, bizcochos para los perros y hierro para las herraduras de los caballos, nada de lo cual se podía producir en la granja.

Más adelante también habría necesidad de semillas y abonos artificiales, además de diversas herramientas y, finalmente, lo más importante: la maquinaria para el molino de viento. Nadie podía imaginar cómo se iban a obtener todos estos artículos.

Un domingo por la mañana, cuando los animales se reunieron para recibir órdenes, Napoleón anunció que había decidido adoptar un nuevo sistema. En adelante, «Granja Animal» iba a negociar con las granjas vecinas; y no por supuesto con algún propósito comercial, sino simplemente con el fin de obtener ciertos materiales que hacían falta con urgencia. «Las necesidades del molino están por encima de todo lo demás», afirmó. En consecuencia, estaba tomando las medidas necesarias para vender una parte del heno y otra de la cosecha de trigo de ese año, y más adelante, si necesitaban más dinero, tendrían que obtenerlo mediante la venta de huevos, para los cuales siempre había mercado en Willingdon. «Las gallinas —dijo Napoleón— debían recibir con agrado este sacrificio como aportación especial a la construcción del molino.»

Nuevamente los animales se sintieron presos de una vaga inquietud. «Nunca tener trato alguno con los humanos, nunca dedicarse a comerciar, nunca usar dinero», ¿no fueron ésas las primeras resoluciones adoptadas en aquella reunión triunfal, después de haberse expulsado a Jones? Todos los animales recordaron haber aprobado tales resoluciones o, por lo menos, creían recordarlo. Los cuatro jóvenes cerdos que habían protestado cuando Napoleón abolió las reuniones, levantaron sus voces tímidamente, pero fueron silenciados de inmediato por el feroz gruñido de los perros. Entonces, como de costumbre, las ovejas irrumpieron con su « ¡Cuatro patas sí, dos pies no! » y su cantinela se impuso. Finalmente, Napoleón levantó la pata para imponer silencio y anunció que ya había decidido todos los convenios.

No habría necesidad de que ninguno de los animales entrara en contacto con los seres humanos, lo que sería indeseable. Tenía la intención de tomar todo el peso de las decisiones sobre sus propios hombros. Un tal señor Whymper, un comisionista que vivía en Willingdon, había accedido a actuar de intermediario entre «Granja Animal» y el mundo exterior, y visitaría la granja todos los lunes por la mañana para recibir instrucciones. Napoleón finalizó su discurso con su grito acostumbrado de « ¡Viva la "Granja Animal"!», y después de cantar «Bestias de Inglaterra», despidió a los animales.

Luego Squealer dio una vuelta por la granja y les tranquilizó. Les aseguró que la resolución prohibiendo comerciar y usar dinero nunca había sido aprobada, ni siquiera sugerida. Era pura imaginación, probablemente atribuible a mentiras difundidas por Snowball. Algunos animales aún tenían ciertas dudas, pero Squealer les preguntó astutamente: «¿Están seguros de que eso no es algo que han soñado, camaradas? ¿Tienen constancia de tal resolución? ¿Está anotado en alguna parte?». Y puesto que era cierto que nada de eso constaba por escrito, los animales quedaron convencidos de que estaban equivocados.

Todos los lunes el señor Whymper visitaba la granja, tal como se había convenido. Era un hombre bajito, astuto, de patillas anchas, un comisionista al por menor, pero lo suficientemente listo para darse cuenta, antes que cualquier otro, que «Granja Animal» iba a necesitar un agente y que las comisiones valdrían la pena. Los animales observaban su ir y venir con cierto temor, y lo eludían en todo lo posible. Sin embargo, la visión de Napoleón, sobre sus cuatro patas, dándole órdenes a Whymper, que se tenía sobre sus dos pies, despertó su orgullo y los reconcilió en parte con la nueva situación. Sus relaciones con la raza humana no eran como habían sido antes. Los seres humanos, por su parte, no odiaban menos a «Granja Animal», ahora que estaba prosperando; al contrario, la odiaban más que nunca.

Cada ser humano tenía por seguro que, tarde o temprano, la granja iba a declararse en quiebra, y sobre todo, que el molino de viento sería un fracaso. Se reunían en las tabernas y se demostraban los unos a los otros, por medio de diagramas, que el molino estaba destinado a caerse o, si se mantenía en pie, que jamás funcionaría. Y, sin embargo, contra sus deseos, llegaron a tener cierto respeto por la eficacia con que los animales estaban administrando sus propios asuntos. Uno de los síntomas de esto fue que empezaron a llamar a «Granja Animal» por su verdadero nombre y dejaron de pretender que se llamara «Granja Manor». También desistieron de apoyar a Jones, el cual había perdido las esperanzas de recuperar su granja y se fue a vivir a otro lugar del país. Exceptuando a Whymper, aún no existía contacto alguno entre «Granja Animal» y el mundo exterior, pero circulaban constantes rumores de que Napoleón iba a celebrar definitivamente un convenio comercial con el señor Pilkington, de Foxwood, o con el señor Frederick, de Pinchfield; pero nunca —se hacía constar— con los dos simultáneamente.

Fue más o menos en esa época cuando los cerdos, repentinamente, se mudaron a la casa de la granja y establecieron allí su residencia. De nuevo los animales creyeron recordar que en los primeros tiempos se había aprobado una resolución en contra de tal medida, y de nuevo Squealer hubo de convencerlos de que no era así. Resultaba absolutamente necesario, dijo él, que los cerdos, que eran el cerebro de la granja, dispusieran de un lugar tranquilo para trabajar.

También era más apropiado para la dignidad del Líder (porque últimamente había comenzado a referirse a Napoleón con el título de «Líder») que viviera en una casa en vez de en una simple pocilga. No obstante, algunos animales se molestaron al saber que los cerdos, no solamente comían en la cocina y usaban la sala como lugar de recreo, sino que también dormían en las camas. Boxer lo pasó por alto, como de costumbre, repitiendo «¡Napoleón siempre tiene razón!» , pero Clover, que creyó recordar una disposición concreta contra las camas, fue hasta el extremo del granero e intentó descifrar los siete mandamientos, que estaban allí escritos. Al ver que sólo podía leer las letras una por una, trajo a Muriel.

—Muriel —le dijo—, léeme el cuarto mandamiento. ¿No dice algo respecto a no
dormir nunca en una cama?
Con un poco de dificultad, Muriel lo deletreó. —Dice: «Ningún animal dormirá en una
cama con sábanas».

Lo curioso era que Clover no recordaba que el Cuarto Mandamiento mencionara las sábanas; pero como figuraba en la pared, debía de haber sido así. Y Squealer, que pasaba en aquel momento por allí, acompañado por dos o tres perros, pudo aclarar el asunto y dejarlo en su lugar.

—Vosotros habéis oído, camaradas —dijo—, que nosotros los cerdos dormimos ahora en las camas de la casa. ¿Y por qué no? No supondríais, seguramente, que hubo alguna vez una disposición contra las camas. Una cama quiere decir simplemente un lugar para dormir. Por ejemplo: una pila de paja en un establo es una cama. La resolución fue contra las sábanas, que son un invento de los seres humanos. Hemos quitado las sábanas de las camas de la casa y dormimos entre mantas. ¡Y en verdad que son camas muy cómodas! Pero no son más de lo que necesitamos, puedo afirmaros, camaradas, considerando todo el trabajo cerebral que tenemos hoy en día. No querréis privarnos de nuestro reposo, ¿verdad, camaradas? No nos querréis tan cansados como para no cumplir con nuestros deberes. Sin duda, ninguno de vosotros deseará que vuelva Jones.

Los animales lo tranquilizaron inmediatamente y no se habló más del tema respecto a que los puercos durmieran en las camas de la casa. Y cuando, días después, se anunció que en adelante los cerdos se levantarían por la mañana una hora más tarde que los demás animales, tampoco hubo queja alguna al respecto.

Cuando llegó el otoño, los animales estaban cansados pero contentos. Habían tenido un año difícil y después de la venta de parte del heno y del maíz, las provisiones de víveres no fueron tan abundantes, pero el molino lo compensó todo. Estaba ya casi construido. Después de la cosecha tuvieron una temporada de tiempo seco y despejado, y los animales trabajaron más duramente que nunca, opinando que bien valía la pena correr de acá para allá todo el día con bloques de piedra, si haciendo eso podían levantar las paredes a un pie más de altura.

Boxer, hasta salía a veces de noche y trabajaba una hora o dos por su cuenta a la luz de la luna. En sus ratos libres los animales daban vueltas y más vueltas alrededor del molino a punto de ser terminado, admirando la fortaleza y verticalidad de sus paredes y maravillándose de que ellos alguna vez hubieran podido construir algo tan imponente. Únicamente el viejo Benjamín se negaba a entusiasmarse con el molino, aunque, como de costumbre, insistía en su enigmática afirmación de que los burros vivían mucho tiempo.

Llegó noviembre, con sus furiosos vientos del sudoeste. Tuvieron que parar la construcción porque había demasiada humedad para mezclar el cemento. Y vino una noche en la que el ventarrón fue tan violento que los edificios de la granja temblaron sobre sus cimientos y varias tejas fueron arrancadas de la cubierta del granero. Las gallinas se despertaron cacareando de terror porque todas soñaron haber oído algo así como el estampido de un cañón a lo lejos. Por la mañana los animales salieron de sus cuadras y se encontraron con el mástil derribado y un olmo, que estaba al pie de la huerta, arrancado de cuajo. Apenas habían visto esto cuando un grito de desesperación brotó de sus gargantas. Un cuadro terrible se ofrecía a su vista. El molino estaba en ruinas.

Todos a una se abalanzaron hacia el lugar. Napoleón, que rara vez se apresuraba al caminar, corría a la cabeza de todos ellos. Sí, allí yacía el fruto de todos sus esfuerzos, demolido hasta sus cimientos; las piedras, que habían roto y trasladado tan empeñosamente, estaban desparramadas por todas partes. Incapaces, al principio, de articular palabra, no hacían más que mirar tristemente los cascotes caídos en desorden. Napoleón andaba de un lado a otro en silencio, olfateando el suelo de vez en cuando. Su cola se había puesto rígida y se movía nerviosamente a derecha e izquierda, señal de su intensa actividad mental.

Repentinamente se paró como si hubiera visto claro el origen de aquel desastre.
—Camaradas —dijo con voz tranquila—, ¿sabéis quién es el responsable de todo esto?
¿Sabéis quién es el enemigo que ha venido durante la noche y tirado abajo nuestro molino?
¡Snowball! —rugió repentinamente con voz de trueno—. ¡Snowball ha hecho esto! Por pura maldad, creyendo que iba a arruinar nuestros planes y vengarse por su ignominiosa expulsión, ese traidor se arrastró hasta aquí al amparo de la oscuridad y destruyó nuestro trabajo de casi un año. Camaradas, en este momento y lugar, yo sentencio a muerte a Snowball. Recompensaré y nombraré «Héroe Animal de Segundo Grado» y gratificaré con medio bushel de manzanas, al animal que lo traiga muerto. Todo un bushel, al que lo capture vivo.

Los animales quedaron horrorizados al enterarse de que Snowball pudiera ser culpable de tamaña acción. Hubo un grito de indignación y todos comenzaron a idear la manera de atrapar a Snowball, si alguna vez lo encontraban. Casi inmediatamente se descubrieron las pisadas de un puerco en la hierba, a poca distancia de la loma. Las huellas pudieron seguirse algunos metros, pero parecían llevar hacia un agujero en el seto. Napoleón las olió bien y declaró que eran de Snowball. Opinó que Snowball probablemente había llegado procedente de la «Granja Foxwood».

—¡No hay tiempo que perder, camaradas! —gritó Napoleón una vez examinadas las huellas—. Hay mucho trabajo que realizar. Esta misma mañana comenzaremos a rehacer el molino y lo reconstruiremos durante todo el invierno, haga lluvia o buen tiempo. Le enseñaremos a ese miserable traidor que él no puede deshacer nuestro trabajo tan fácilmente. Recordad, camaradas; no debe haber ninguna alteración en nuestros planes, que serán llevados a cabo sea como sea. ¡Adelante, camaradas! ¡Viva el molino de viento! ¡Viva «Granja Animal»!

VII

Se presentó un invierno crudo. El tiempo tormentoso fue seguido de granizo y nieve y luego por una fuerte helada que duró hasta mediados de febrero. Los animales se las arreglaron como pudieron para la reconstrucción del molino, pues bien sabían que el mundo exterior los estaba vigilando y que los envidiosos seres humanos se regocijarían y triunfarían sobre ellos, si no terminaban la obra a tiempo.

Rencorosos, los humanos fingieron no creer que fue Snowball quien había destruido el molino; afirmaron que se derrumbó porque las paredes eran demasiado delgadas. Los animales sabían que eso no era cierto. A pesar de ello, decidieron construir las paredes de un metro de espesor en lugar de medio metro como antes, lo que implicaba reunir una cantidad mucho mayor de piedras. Durante largo tiempo la cantera estuvo totalmente cubierta por una capa de nieve y no se pudo hacer nada. Se progresó algo durante el período seco y frío que vino después, pero era una labor cruel y los animales no se sentían optimistas como la vez anterior. Siempre tenían frío y en muchas ocasiones, hambre. Únicamente Boxer y Clover jamás perdieron el ánimo. Squealer pronunció discursos magníficos referentes al orgullo del servicio prestado y la dignidad del trabajo, pero los otros animales encontraron más inspiración en la fuerza de Boxer y en su infalible grito:

«¡Trabajaré más!».

En enero escaseó la comida. La ración de maíz fue reducida drásticamente y se anunció que, en compensación, se iba a otorgar una ración suplementaria de patatas. Pero luego se descubrió que la mayor parte de la cosecha de patatas se heló por no haber sido protegida suficientemente. Los tubérculos se habían ablandado y descolorido, y muy pocos eran comestibles. Durante días enteros los animales no tenían con que alimentarse, excepto paja y remolacha. El espectro del hambre parecía mirarlos cara a cara.

Era totalmente necesario ocultar eso al mundo exterior. Alentados por el derrumbamiento del molino, los seres humanos estaban inventando nuevas mentiras respecto a «Granja Animal».

Nuevamente se propagaba que todos los animales se estaban muriendo de hambre y enfermedades, que se peleaban continuamente entre sí y habían caído en el canibalismo y el infanticidio. Napoleón conocía bien las desastrosas consecuencias que acarrearía el descubrimiento de la verdadera situación alimenticia, y decidió utilizar al señor Whymper para difundir una impresión contraria. Hasta entonces los animales tuvieron poco o ningún contacto con Whymper en sus visitas semanales; ahora, sin embargo, unas cuantas bestias seleccionadas, en su mayor parte ovejas, fueron instruidas para que comentaran casualmente, al alcance de su oído, que las raciones habían sido aumentadas. Además, Napoleón ordenó que se llenaran con arena hasta el tope, los depósitos casi vacíos de los cobertizos y que luego fueran cubiertos con lo que aún quedaba de cereales y forrajes. Mediante un pretexto adecuado, Whymper fue conducido a través de esos cobertizos permitiéndosele echar un vistazo a los depósitos. Se consiguió engañarle y continuó informando al mundo exterior que no había escasez de alimentos en «Granja Animal».


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