Feeling Good...

| 31 agosto 2009 | 1 Opiniones |






Birds flying high
You know how I feel
Sun in the sky
You know how I feel
Reeds driftin' on by
You know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good

Fish in the sea
You know how I feel
River running free
You know how I feel
Blossom in the tree
You know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good

Dragonfly out in the sun you know what I mean,
don't you know

Butterflies all havin' fun you know what I mean
Sleep in peace when the day is done
And this old world is a new world
And a bold world
For me

Stars when you shine
You know how I feel
Scent of the pine
You know how I feel
Yeah freedom is mine
And I know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me

And I'm feeling good

Un árbol de Noel y una boda

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Hace un par de días asistí yo a una boda... Pero no... Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho... Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.

Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.

Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura causalidad se encontraba en aquel baile infantil... Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.

Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!

Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.

Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.

Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca.

Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.

"Trescientos..., trescientos... -murmuraba-. Once.... doce..., trece..., dieciséis... ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento... Doce por cinco... Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años... Cuatrocientos. Eso es... Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos... quinientos mil... ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor... Bueno...; y luego, encima, los impuestos... ¡Hum!"

Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible, al dirigir una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.

-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.

-Estamos jugando...

-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño: mejor estarías en la sala -le dijo.

El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.

-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.

-Sí, una muñequita... -repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el ceño.

-Una muñeca... Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?

-No... -respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza.

-Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.

-¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.

-No.

-Pues para que seas buena y cariñosa.

Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia:

-Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja, y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.

-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!

-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.

En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto..., y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse.

-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti!

El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas...; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.

El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.

-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle... -empezó, señalando al pequeño.

-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación.

-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich...?

-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho... Lo siento mucho, créame; pero...

-¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y modesto...

-Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.

Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.

Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a. la niña, poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.

-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.

Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.

-No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.

***

Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ***. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.

Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto...

"¡Le salió bien la cuenta”, pensé yo, y me salí a la calle.


Fiódor Dostoyevski (Moscú, 1821-1881)

Almas Gemelas II

| 30 agosto 2009 | 5 Opiniones |
Hace más de un año hice un post sobre celebridades [y no tanto] que según mi punto de vista mantienen cierto parecido entre sí. Mi hermana [quien ya hizo su versión], me pedía y me pedía que hiciera mi segunda parte, y pues aquí está. Todo surgió porque en la tv vi una entrevista a Diego Luna y me vino el primer comparativo. Esta vez no están tan producidos como el primer post. Bueno, para qué hablo, mejor dejo que Ustedes juzguen.



Diego Luna + Paul McCartney


Diego Luna + Paul McCartney


Leando Augusto + perro afgano


Katy Perry + Zooey Deschanel


Diego Luna + Marco Naconio Solís



Morgan Freeman + Kofi Annan

Cheers!

Reacciones de ayer y hoy...

| 28 agosto 2009 | 3 Opiniones |
Jojo, sigue mi más 'reciente' trauma, tengo hasta la boca, dejen voy por algo de tomar...

...ya regresé, en realidad no necesito el agua para poder escribir. no escribo con la lengua, pero creo que 'salivé' mucho en los últimos minutos y es algo incómodo traer la lengua pegada al paladar, jeje. Pues sí, volvió a venir mi amor platónico, lo mejor que volverá a venir, para recoger su credencial de estudiante.

Se me va, eso es lo triste de este asuto, y se me va lejos, muy lejos, pero podría sacrificarme, ¿qué tan caro puede ser ir a Milán
y quedarme allá por un par de años? A parte, podría aprender de Diseño de Interiores [hará su maestría en eso]. Al menos eso dice la carta:

[...]you have been admitted to the Pxxxxx di Mxxxx as a graduate student at the Bxxxx Campus in our Master of Science in Interior Design - Design degli Interni.

The programme lasts for two years and the first semester begins in September 2009[...]

Las siguientes fueron mis impresiones/reacciones al verla ayer y hoy *sigh*, a parte de estar tiemble y tiemble como le dije a cierto personaje enmascarado, pero como él mismo dijo, se siente chido. jiji No mam... me siento como adolescente todo emocionadillo jiji.

Jueves 27 de Agosto, del dos mil nueve.

Serch R R O_o ¡OH DIOS!... mi amor platónico de la prepa está AQUÍ!!! ¿Qué hago?
Ayer a las 11:20 a través de Twitter
Serch R R ...shit!!! Aaagghhh... me pongo nervioso nomas con verla.. AGHS!!... jajajajaja.. que pendex!! HAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHAHA
Ayer a las 11:27 a través de Twitter
Serch R R HELP!!!!!
Ayer a las 11:32 a través de Twitter
Serch R R ...oki, ya se fue... toy más tranquilo... *sigh* n_n'
Ayer a las 11:54 a través de Twitter
Serch R R You could be my unintended, choice to live my life extended... you should be the one I'll always love ♥ hahaha!
Ayer a las 11:58 a través de Twitter

Viernes 28 de Agosto, del dos mil nueve.

Serch R R ay ay ay!!! me da.. me da.. me da...!!! Otra vez!!! =D ♥
Hace una hora aproximadamente. a través de Twitter
Serch R R TOO MUCH FOR ME:..!!! I'm having a heart attack!!!!! (L)_(L)
Hace una hora aproximadamente. a través de Twitter
*sigh... yes, again ¬¬*

These are the days of our lives

| 27 agosto 2009 | 4 Opiniones |
Post especial... se supone que NO debería de haber otro post, pues ya se publicó alguna historia corta [es por la fata de temas que quise poner las lecturas]. Pero las cosas cambian...

Hace como veinte minutos llegó una cliente, todo hasta ahí sin importancia aparente. Lo mejor, para mi, fue cuando vi su rostro. ¡Dios!, por un momento creí estar soñando, aquel rostro que tenía años sin ver, son tantos que no recuerdo cuántos habían pasado sin verlo. Seguro a ella la vi en alguna ocasión en que fui a la Universidad Autónoma, pero habrá sido una o dos veces. Prácticamente, nada.

Hace casi un año, por fin supe de ella, cuando le mandé un e-mail [el cual encontré de casualidad] para felicitarla en su cumpleaños [18 de sept.], pero había sido todo el contacto que había tenido en años.

Ese amor platónico de la prepa, parece que el tiempo se a encargado de conservarla, sigue siendo su misma mirada, su misma voz, si mismo tono de piel, lo recordaba tan bien, como si la hubiera visto un día antes, es como si fuera la versión femenina de Dorian Gray. Podría pasar otra década más y yo seguiría viéndola igual.

Lo admito, mis ojos no pudieron dejar de mirarla y ella lo notó, fui muy obvio, en demasía. Mientras le daban información me miraba, luego hacía esquiva su mirada, pero queriendo mirar de nuevo. Era como regresar en el tiempo, congelarlo por media hora, yo me sentía igual de viejo, pero con mi corazón latía como en mi época preparatoriana. Sentí fluir mi sangre, sentí esa emoción que hace más de diez años solía invadía a mi ser, cuando en el salón de clases la miraba tal y como lo hice hoy.

Recordé cuando me invitó a su fiesta de Quince Años, la cual fue prácticamente nuestra primera conversación, y ahora, mientras escribo recuerdo cuando me dijo con sus ojos de asombro -'¿todos esos discos tiene Queen?'-. Recuerdo cómo durante tres años le envié cursis cartas en San Valentín. Recuerdo como atesoro algo que jamás hubiera imaginado y que lo sigo conservando por los recuerdos que trae consigo [aunque no lo escucho], es aquel regalo navideño, 'Cuando Los Ángeles Lloran' de Maná. Recuerdo haberla visto llorar porque terminamos la prepa. Recuerdo cómo me imaginé que ella era Winnie Cooper y yo Kevin Arnold hahaha, sí, tenía una marcadísima influencia de la serie.

No puede evitar hoy levantarme de mi lugar e ir casi corriendo al cubículo de Ricardo para decirle:

-'¡Mira, ella me encantaba en la prepa!' mientras yo mantenía emocionado una sonrisa y cierto nerviosismo, mientras él me dice, -te pones bien rojo-. Es que, no puedo ocultar mi emoción, -le dije-, ahorita que la veo regresan todas esas sensaciones.

Ella quizás no sea más mi amor platónico de la prepa, creo que debido a lo que pasó hoy quizás sea sólo mi amor platónico, para no ubicarla en algún punto específico en el tiempo/espacio.

Hoy sé que tengo un recuerdo más que atesorar, y queda este post y Uds. como testigos. Nunca se cae en exageración cuando, después de 11 años vuelves a sentir tal emoción.

Cheers!

Un expreso del futuro

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-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!

Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.

¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra... No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.

-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston... en una estación.

-¿Una estación?

-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.

Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.

Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.

¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.

Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta "Armada de la Ciencia" era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.

Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.

Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento... Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.

Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.

Así que aquella "Utopía" se había vuelto realidad ¡y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!

A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta... ¡jamás!

-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.

-Al contrario, ¡absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios... ¡casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.

-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.

-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana... O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.

Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático?... ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?

-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!

-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?

Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.

-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!

Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.

A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.

Nada podía ser más sencillo: un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.

Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:

-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?

-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!

Arrancado... sin la menor sacudida... ¿cómo era posible?... Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.

¡Si en verdad habíamos arrancado... si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora... ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!

Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.

Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.

Alcé el brazo para tocarme la cara: estaba mojada.

¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua... una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una "atmósfera" por cada diez metros de profundidad?

Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar... y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce... quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.

Julio Verne (Nantes, Francia, 1828 - 1905)

...y sin embargo

| 26 agosto 2009 | 3 Opiniones |
Aviso importante al lector: NO LEAN ESTE POST si NO han leido el anterior, o sea, este.

Sin embargo, como conclusión del post anterior, debo decir que en la agencia me han tratado muy bien, pues desde que llegué han tenido música de mi agrado, al menos, no es tres grupos Queen, Metallica [esto si me causó sorpresa, pues fueron rolas desde su primer disco hasta el black album] y Red Hot Chili Peppers, y por ahí mezclado otra clase de música como la electrónica, algo de Gorillaz, me parece que Gotan Project, algo de Daft Punk, etc, etc. No he tenido necesidad ni de poner la música que tengo aquí. A veces el tener gustos en común con la gente trae consigo cosas positivas, por ejemplo, en este momento suena 'Feel Good Inc.' de Gorillaz y antes sonaba 'Flash', de Queen.

Ojalá en el gym ocurrieran este tipo de milagritos, pero lo veo difícil, el único milagro fel día de hoy ahí, fue que pasaron entre todo ese reguetón [yo creo que se les fue], a mi novia Natalia Lafourcade, con su 'Ella es Bonita' *sigh*.

Al cierre de este post suena 'My Friend Of Misery' de Metallica. lml_ Oh fuckin' yeah!

Cheers!!!
Rock On!

No debo olvidar mi música - No debo olvidar mi música - No debo olv...

| | 2 Opiniones |
Hoy olvidé mi iPod a la hora de ir al gym, es como la segunda o tercera vez que se me olvida llevar música en todo el tiempo que tengo yendo [me refiero a la época anterior anterior a esta y ésta]. No recordaba lo espantoso que es estar escuchando música que no te entra ni a punta de madrazos. Desde que llegué y vi en la tv alguno de los infames reguetoneros supe que sería una hora muy larga. ¿Por que mejor no nos mantienen informados y nos ponen las noticias? Llegué al lugar donde acostumbro dejar mi mochila, que está a un costado del área de spining y ahí tenían música grupera. [¿hacer spining con esa 'música'?]

Total, me fui al área de las caminadoras, donde hay una tv donde pasan videos de una estación de radio local, y el reguetón seguía y seguía, parecía que era una misma canción, la verdad no encuentro la diferencia entre una y otra, menos si no ponía atención, pues me puse a jugar con el celular. Luego quitaron esa porquería, para darle lugar al hip-hop y 'rythm and blues', con montonal de auto-tune, esa voz robótica que se usa para 'tapar' la carencia de calidad vocal de los 'cantantes'. Ojalá sólo lo usaran para hacer cosas divertidas y no para vender discos a lo pendejo, porque es increible... ¡VENDEN! [sin embargo, las modas pasan y el rock sigue y seguirá]. En fin, espero no olvidar otra vez mi música... sniff.. ¡Fue horrible!, sólo veía con 'envidia y coraje' a los que sí traían su música... sniff.

Aquí les dejo un video super bueno de reguetón... ¡ups!, nop, no tiene nada que ver con el tema principal del post; me madaron el video por correo y me gustó pa' compartirlo.


video

Cheers!

El viejo manuscrito

| 24 agosto 2009 | 0 Opiniones |
Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.

Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.

Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.

-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.

Franz Kakfa (Praga, 1883-1924)


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Twilight... [o los vampiros edulcorados]

| 23 agosto 2009 | 4 Opiniones |
En Nevermore, hasta donde recuerdo jamás he hecho una reseña de películas, ¿por qué?, por el simple hecho, como en la música, no soy experto. Me gusta ver películas, y me han gustado unas muy tontas, lo digo sin temor a ser lapidado por algún experto en el séptimo arte. No puedo hablar de de cuestiones técnicas, de fotografía, de inconsistencias en los díalogos como lo haría un cinéfilo profesional o que sepa de lo que hable, sin embargo, hoy haré mi primer reseña de una película que quizás ya vió medio mundo.

Bien dicen que no hay que picarle la cresta a un gallo, si no lo quieren hacer enojar, en este momento no estoy enojado, pero prácticamente me pidieron, a pesar de ser un 'rockero frustrado con vida absurda', hacer una reseña. Bueno, quizás no, pero esto prendió la mecha:


tontos says:
dom ago 23, 01:09:00 AM

clasicos"rockeros" frustrados... por todos los cielos ya saben q es lo q encabrona mas q comentan sin sentido..con sus vidas taaannn absurdas..q creen q por q se denominan "hard" todo el mundo es pendejo... primero lean los libros... lean¡¡¡ y luego comentan aunq digan.."no me gusta perder el tiempo" entonces no comenten si no conocen..escriben de "niñas adolescentes... y no voy a negar eso..pero ustedes se ponen al mismo nivel¡¡¡ jajja asi q los dejo con su miserable vida ... y pueden comentar lo q quieran no voy a volver a entrar aqui..¡¡ pense q se informaban antes de escribir..lo unico q dicen" la vieja sta buena" son tan estupidos.. asi q me vale madres lo q digan jajajajajajajajaj


Quizás me equivoco y pedían que leyera el libro, pero tengo cinco a medias y con más importancia [Poe, Lista de Schindler, El Anticristo, La Divina Comedia y El Resplandor, sí, todavía]. Además nunca me metí con la película y/o libro, sólo hablé del soundtrack, a alguien le hace falta poner un poco más de atención con lo que lee.

Pocas veces ver una película basada en un libro, sin haberlo leído, es un proceso poco fidedigno para juzgar a éste último. Sin embargo me aventuraré. Si no han visto la peli y no quieren enterarse por mi, pos no sigan leyendo, si les vale madre, click en mostrar


Hablaré sobre 'Twilight' [Crepúsculo], una novela escrita por Stephenie Meyer y llevada al cine por Catherine Hardwike el año 2008. Es sobre Vampiros, que hacen ver al Conde Pátula como el peor de los hematófogos, Pátula es un sanguinaro al lado de estos, Vampiros 'Vegetarianos', pues sólo beben sangre de animales [¿?].

Bueno, la trama empieza con Bella que se muda de Phoenix a la casa de su papá en Forks, un pequeño pueblito. Ahí en Forks el clima es adecuado para la los vegatarianos Cullen, pues la mayor parte del tiempo o está nublado o lloviendo, pues se libran del sol, hay que recordar que aunque sean vegetarianos son vampiros.

Ahí, ella asiste a la preparatoria donde, por ser un pueblo pequeño todo mundo sabía quién era y de dónde venía desde su primer día, e hizo amigos de manera sencilla. Ese mismo día, conoce a la Familia Cullen que, como era de esperarse, son super populares además de ser todos ellos, bellísimos... du'h, obvio, si no, no tendría chiste.

Casualmente, en una clase de, según recuerdo, biología, a Bella le toca compartir en el laboratorio con Edward Cullen, quien parece querer huir de la muchachita, poniendo cara de asco cada que la ve, obvio, Bella pone su cara de ¿qué pedo con este wey? Aún así ella siente una enorme atracción por el tipito, él también se sentía atraido, pero con todo el amor que sentía, debía alejarse de ella para protegerla de él, pues creía que en cualquier momento sus instintos antiguos lo traicionarían y como ella es irresistible le pegue una mordida y deje de ser vegetariano.

La lleva a conocer a su familia, a quien le cae bien, aunque a uno de los hermanos se le antoja pegarle una mordida, pero les cayó de pelos, entonces la invitan a pasar un tiempo de esparcimiento con ellos, a jugar beisbol. Es ahí donde aparecen los vampiros malos malos quienes llegaron a molestar a los pacíficos Cullen, y nadie notó la presencia de Bella y no lo hubieran notado si no es porque al aire se le ocurre soplar con fuerza y uno de los malos percibe el olor de sangre humana... ¡muahahaha!

Es entonces cuando la acción empieza, pues se crea una persecusión para atrapar a Bella [como si se tratara de la única humana en el gris pueblo]. Justo cuando uno de los malos [el más malo de todos] la atrapa, y le pega una sabrosa y mortífera mordida ante los ojos atónitos de el super saiyan Eduardo Culey... ejem... Edward Cullen y se agarran a trompadas, y los otros hermanos llegan a hacerle el quite, pos como que no estaba pudiendo el galanazo, lo estaban despeinando. Al final, para contrarrestar el efecto del veneno, Edward es el único que puede salvarla... mordiéndola, corriendo el peligro de volver a ser carnívoro.

Total que, como cosa insólita, ¡los buenos ganan!.Total que ya 'victoriosos' se van con tranquilidad a su fiesta de graduación o de fin de curso, donde Bella le pide a Edward que ¡la muerda!, porque está convencida de que quiere pasar el resto de sus días con él *coffcursiscoff*, él se saca de onda weeee, masivo, así de 'nomameswe, ¿está pendeja esta o qué?', ¿no te es suficiente una sola vida?, le pregunta. Total que no la muerde... y ella no se cansará de pedirlo... al menos en Twilight.

Fin.

En fin, no es una película que me haya desagradado, en ese sentido ni la habría visto, tal como lo hice con 'Titanic', pero si me preguntaran tampoco sería una película a recomendar. Para mi, 'Crepúsculo' es de esas palomeras que no dejan NADA nuevo, es una del montón, pero que sin embargo, a las adolescentes les fascina por su temática romantica y por el, dicen ellas, guapísimo Edward Cullen [Robert Pattinson]. Ya dije antes, para mi lo único bueno de la peli es Bella [Kristen Stewart], porque es linda. Además, por momentos siento que no pasa nada, hubo momentos en los que sin exagerar, mis ojos se cerraban.

Ya me voy, que voy a escoger que peli ver, tengo varias que sólo compre y no he visto.

Cheers!

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New Moon

| 22 agosto 2009 | 11 Opiniones |
Sigue sin gustarme esto, si algo me molestó de ir al concierto de Muse, fue el montón de posers adolescentes que asistieron porque 'wow, ellos tocan la canción de Twilight', o simplemente porque conocián una de las rolas más comerciales del grupo. Supermassive Black Hole. Hace un par de semanas me encontré con el playlist de la nueva secuela del 'Crepúsculo', que es 'New Moon' y no pudo ser más desagradable, muchas JOYAS [desde mi punto de vista] de Muse serán incluidas en el filme, que bonita forma de darles en la madre.

Claro que esto no sería posible sin la autorización del grupo, desafortunadamente, la escritora Stephenie Meyer es una fan confesa de Muse... y ni modo de negarle el favor, claro que se podrian haber negado pero... , eso daría oportunidad de un segundo aire a esas rolas, visto desde otro punto de vista.

New Moon Playlist

(Note: this loosely follows the story sequence. I'm going to put a B, E, or J after each song, so you'll know who's perspective I'm hearing it from (that might help you categorize them into where they fit in the novel). Mostly B's of course, since she's telling the story.)

  • "Do you realize?" - The Flaming Lips (B)
  • "Papercut" - Linkin Park (B)
  • "Hyper Music" - Muse (B)
  • "Apocalypse Please" - Muse (B)
  • "Time Stands Still" - The All-American Rejects (B)
  • "Empty Room" - Marjorie Fair (B)
  • "Unwell" - Matchbox Twenty (B)
  • "Pain" - Jimmy Eat World (B)
  • "Ride" - The Vines (B)
  • "Fix You" - Coldplay (J)
  • "Blueside" - Rooney (B)
  • "Over My Head (Cable Car)" - The Fray (B)
  • "Going Under" - Evanescence (B)
  • "Tautou" - Brand New (B)
  • "Be My Escape" - Relient K (B)
  • "Never Let You Down" - Verve Pipe (J)
  • "Sing For Absolution" - Muse (E)
  • "Ya Mamma" - Fatboy Slim (Generic action-scene music)
  • "D.O.A." - Foo Fighters
  • "Stare" - Marjorie Fair (B)
  • "Memory" - Sugarcult (B)
  • "The Truth About Heaven" - Armor For Sleep (B)
  • "The Scientist" - Coldplay (E)
  • "Sound of Pulling Heaven Down" - Blue October (E)
Alternates:
  • "Drag" - Placebo (B)
  • "Like A Stone" - Audioslave (B)
  • "World Has Turned and Left Me Here" - Weezer (B)
  • "Best I Ever Had" - Vertical Horizon (B)
  • "My Immortal" - Evanescence (B)
  • "Not the One" - Collective Soul (B)
  • "Stuck in a Moment You Can't Get Out Of" - U2 (B)
  • "Rest In Pieces" - Saliva (B)
  • "White Flag" - Dido (B)
  • "Everybody's Changing" - Keane (B)
  • "Unintended" - Muse (B)
  • "I Miss You" - Blink 182 (B)
  • "The Reason" - Hoobastank (E)
  • "Hate Me" (radio edit) - Blue October (E)
Y hay otras bandas a las que le darán en toda su madre, como Coldplay, The Vines, Flaming Lips, Keane, Placebo, Foo Fighters, [de Audioslave no diré nada, pues Like A Stone fue choteadísima, las demás me son indiferentes], pero me quejo más por las rolas de Muse, por ser el grupo que es como mi sustituto de Queen [de ahí que no me molesten los cambios musicales del nuevo disco de Muse, pues Queen cambió del rock al funk al pop y regresó al rock]

Así que si tengo la oportunidad de asistir a un concierto de Muse, tendré que soportar a las adolescentes fans de esta saga. Cosa que a la mera hora, ni se toma en cuenta por estar enganchado con el recital.

Cheers!

P.S. La foto la puse sólo porque la chava es lo único bueno de la peli... 'ta linda, a ver si Bnv la pone en la chica de la semana. jiji.

What If...? [O post de la madre...]

| | 2 Opiniones |
¿Qué hubiera sido si mis papás no hubieran decidido salir temprano?, Seguro mi mamá pudo haber contestado su celular, y su amiga que la buscó dos veces por teléfono la hubiera encontrado, así yo no hubiera perdido tiempo buscando papel y pluma para tomar el recado para dejarselo a mi mamá.

Y hubiera salido a tiempo, y no hubiera sido testigo de cómo en pleno alto, un tipo se da la vuelta en 'U', ni como a otro igual le valió madre se estacionó en plena curva de una avenida... en el camellón. Tampoco hubiera visto como alguien con tendencias suicidas en Av. Aguascalientes intentó, sin obtener resultados positivos [para su causa] pasarse el alto, por más que hacía rugir a su camioneta. Ni hubiera reafirmado mi teoría de que a los ciclistas cada día les vale madre su vida, pues parecen que quieren jugar tiro al blanco, donde ellos son el objetivo.

No hubiera estado yo a treinta centímetros de que mi coche fuera colisionado por un junior prepotente que iba en su camioneta Mercedes Benz verde, que por mucha lana que tenga, parece que o no le enseñaron a leer, o le vale pito las señales de tránsito, o no le gustan los enormes discos rojos con la palabra ALTO. No hubiera tenido que mandarloachingarasumadre y hacer que éste se indignara y prendiera y apagara sus luces, como si fuera a encandilarme con el sol de las diez de la mañana.

Finalmente, hubiera encontrado buen lugar en el estacionamiento y no estaría escribiendo este post.

Cheers!

Change everything you were...

| 20 agosto 2009 | 3 Opiniones |
Con el paso del tiempo y a casi un año de haber escrito cierto cuento, o mejor dicho, una historia real enmascarada de cuento, en el cuál quise poner a prueba mis nulos dotes literarios y dejar evidencia de la convivencia dentro de la oficina; a seis días del primer aniversario de ese cuento, debo decir que, así como mencioné las amargas situaciones, el personaje principal de la historia a cambiado para bien, lo cual me agrada.

Tiene tiempo que se dió ese cambio, claro que hay ocasiones en que parece que regresan las viejas mañas, afortuandamente es pasajero. No voy a decir que no me deja de sorprender su nueva actitud, primero empezó siendo menos... imperativa, al menos esa era la percepción que yo tenía. Ese cambio empezó a darse unos meses atrás, por ahí de marzo.

Hace un mes con unos días más me aburría solo en el MSN, de esos días en que los contactos parece se ponen de acuerdo y andan poco comunicativos. Era la época en que el insomnio me mandaba a dormir después de las dos de la mañana [antes de mi regreso al gym]. Recuerdo que eran cerca de las 12.30 AM cuando un contacto me habla. Era ella, y de su primer y simple mensaje con tono sarcástico 'ya no trabajes tanto, jiji' se hizo una conversación de poco más de una hora.

Desde entonces el hielo a empezado a romperse... lentamente, pero a fin de cuentas se rompe. Y digo que me agrada el cambio pues al menos ya no siento esa tensión y siempre es bueno llevarse bien con los compañeros de trabajo, al fin y al cabo convivimos ocho horas al día, aunque en su caso sea menos tiempo.

P.B. y Serch revisando amistosamente los nuevos proyectos
para la expansión de la agencia a nivel internacional

y comercialización de nuevos productos

Cheers!

El diablo en el campanario

| | 9 Opiniones |

¿Qué hora es?
(Expresión antigua)

Todos saben de una manera vaga que el lugar más bello del mundo es -o era, desgraciadamente- el pueblo holandés de Vondervotteimittiss. Sin embargo, como se encuentra a cierta distancia de todas las grandes vías, en una situación por decirlo así extraordinaria, probablemente lo haya visitado un corto número de mis lectores. Por está razón considero oportuno, para entretenimiento de aquellos que no hayan podido hacerlo, entrar en algunos pormenores con respecto a él. Y esto es realmente tanto más necesario cuanto que si me propongo relatar los calamitosos acontecimientos ocurridos últimamente dentro de sus límites, es sólo con la esperanza de conquistar para sus habitantes la simpatía popular. Ninguno de quienes me conocen dudar de que el deber que me impongo no sea ejecutado con toda la habilidad de que soy capaz, con esa rigurosa imparcialidad, escrupulosa comprobación de los hechos y a ardua confrontación de autoridades, que deben distinguir siempre a aquel que aspira al título de historiador.

Gracias a la ayuda conjunta de monedas, manuscritos e inscripciones, estoy autorizado a afirmar positivamente que el pueblo de Vondervotteimittiss existió siempre, desde su fundación, precisamente en las mismas condiciones en que hoy se encuentra. Por lo que respecta a la fecha de su origen, me es singularmente penoso no poder hablar sino con esa precisión indefinida con que los matemáticos se ven a veces obligados a conformarse con determinadas fórmulas algebraicas. La fecha -me está permitido hablar así-, habida cuenta de su prodigiosa antigüedad, no puede ser menos que una cantidad determinable cualquiera.

Con respecto a la etimología del nombre Vondervotteimittiss; confieso, no sin pena, estár en duda. Entre una serie de opiniones sobre este delicado punto, muy sutiles algunas de ellas, otras muy eruditas y otras lo suficientemente en oposición no hallo ninguna que pueda considerar satisfactoria. Tal vez la idea de Grogswigg, que coincide casi con la de Kroutaplenttey deba aceptarse prudentemente. Está concebida en los siguientes términos: Vondervorreimittiss: Vonderlege Donder; Votteimittis, quasi und Bleitziz; Bleitziz obsol, pro Blit zen. A decir verdad, esta etimología encuentra, de hecho, bastante confirmación de algunas señales de fluido eléctrico que pueden verse todavía en lo alto del campanario del Ayuntamiento. Sea como fuere, no es mi intención comprometerme en una tesis de esta importancia, y le ruego al lector ávido de informaciones que consulte los Oratiunculoe de Rebus Praeter Veteris, de Dundergutz; que vea, también, Blunderbuzzard, De Derivationibus, desde la página 27 a la 5.010; infolio, edición gótica, caracteres rojos y negros, con llamadas y sin numeración, y que consulte también las notas marginales del autógrafo de Stuffundpuff, con los subcomentarios de Gruntundguzzell.

A pesar de la oscuridad que envuelve de este modo la fecha de la fundación de Vondervotteimittiss y de la etimología de su nombre, no cabe duda; como ya he dicho, de que ha existido siempre tal como lo vemos en la actualidad. El más viejo hombre del lugar no recuerda ni la más leve diferencia en el aspecto de una parte cualquiera de él, y, en realidad, la simple sugestión de tal posibilidad sería considerada como un insulto. El pueblo está situado en un valle perfectamente circular, cuya circunferencia mide, poco más o menos, un cuarto de milla, y está rodeado completamente por lindas colinas, cuyas cimas jamás pensaron sus habitantes hollar con su planta. No obstante, éstos dan una excelente razón de su proceder, por cuanto creen que no hay absolutamente nada al otro lado.

Alrededor del lindero del valle -que es completamente liso y pavimentado en toda su extensión con ladrillos planos- hay una ininterrumpida fila de sesenta pequeñas casas. Se apoyan por detrás sobre las colinas, y, por tanto, todas miran al centro de la llanura, que se encuentra justamente a sesenta yardas de la puerta delantera de cada casa. Cada una de éstas tiene a la entrada un jardincillo, con una avenida circular, un reloj de sol y veinticuatro coles. Las mismas construcciones son tan absolutamente iguales que es imposible distinguir una de otra. A causa de su extrema antigüedad, el estilo arquitectónico es un tanto extravagante, pero, por esta razón, es todavía notablemente pintoresco. Estas casas están construidas con pequeños ladrillos, bien endurecidos al fuego, rojos, con cantos negros, de tal modo, que las paredes parecen un tablero de ajedrez de grandes proporciones. Los remates están vueltos del lado de la fachada y poseen cornisas tan grandes como el resto de la casa en los bordes de los tejados y en las puertas principales. Las ventanas son estrechas y de amplio alféizar, con vidrieras formadas por cristales pequeñísimos y grandes marcos. El tejado está recubierto por una gran cantidad de tejas de puntas arrolladas. La madera es toda de un color sombrío, totalmente tallada, pero de dibujos poco variados, puesto que, desde tiempos inmemoriales, los tallistas de Vondervotteimittis no han sabido esculpir más que dos objetos: un reloj y una col. Ahora bien hay que reconocer que esto lo hacen admirablemente, y lo prodigan con singular ingeniosidad en cualquier sitio que pueda encontrar el cincel.

Las habitaciones son tan parecidas a la parte interior como a la externa, y los muebles son todos de un solo modelo. El piso está pavimentado con baldosas cuadradas. Las sillas y mesas son de madera negra, con patas torneadas, delgadas y finas. Las chimeneas son largas y altas; y no solamente poseen relojes y coles esculpidos en la superficie de su parte frontal, sino que, además, sostienen en medio de la repisa un auténtico reloj que produce un prodigioso tic-tac, con dos floreros, cada uno de los cuales contiene una col; situados en los extremos a modo de batidores. Entre cada col y el reloj se encuentra, además, un muñeco chino, panzudo, con un gran agujero en medio de la barriga, a través del cual puede verse la esfera de un reloj.

Los lares son amplios y profundos, con retorcidos morillos. Continuamente arde un gran fuego; sobre el que se encuentra una enorme marmita llena de sauerkraut y carne de cerdo, incesantemente vigilada por la dueña de la casa. Esta es una gruesa y vieja señora, de ojos azules y colorado rostro, que se toca con un inmenso gorro semejante a un pilón de azúcar.

Adornado con cintas purpúreas y amarillas; su traje es de mezclilla anaranjada, larguísimo por detrás y de estrecha cintura, por otros conceptos demasiado corto, porque deja descubierta la mitad de la pierna. Éstas son un poco gruesas, lo mismo que los tobillos pero están cubiertas por un lindo par de medias verdes.

Sus zapatos, de cuero rosado, están atados con un lazo de cintas amarillas dispuesto en forma de col. En su mano izquierda. tiene un pesado relojito holandés, y con la derecha maneja un cucharón para el sauerkraut y la carne de cerdo. A su lado se encuentra un gato gordo y manchado, que exhibe en la cola un relojillo de cobre dorado de repetición, que «los chiquillos» le han atado allí como juego.

En cuanto a estos chicos, los tres están en el jardín, cuidando del cerdo. Todos tienen dos pies de altura, se tocan con tricornios y visten chalecos purpúreos que les llegan casi a los muslos, calzones de piel de gamo, medias roja de lana, zapatones con gruesas hebillas de plata y largas blusas con grandes botones de nácar.

Cada uno tiene una pipa en la boca y un abultado reloj en la mano derecha. Una bocanada de humo, una mirada al reloj; una mirada al reloj, una bocanada de humo. El cerdo, que es corpulento y perezoso, se entretiene unas veces en mordisquear las hojas que han caído de las coles y otras en querer morderse el relojito dorado que aquellos pícaros le han atado también al rabo, con objeto de embellecerle tanto como al gato.

Exactamente enfrente de la puerta de entrada, en una poltrona de amplio respaldo forrado de cuero, con patas torneadas y finas, como las de las mesas, se ha instalado el viejo propietario de la casa. Es un viejecillo excesivamente hinchado, con grandes ojos redondos y una enorme doble papada. Su indumentaria se parece a la de los muchachos, y nada más tengo que decir sobre está en particular. Toda diferencia consiste en que su pipa es un poco mayor que la de aquellos, y por tanto, puede lanzar más humo. Lo mismo que ellos, tiene un reloj, pero lo guarda en el bolsillo. A decir verdad, tiene algo que hacer más importante que vigilar un reloj, y esto es lo que voy a explicar. Está sentado, con la pierna derecha sobre la rodilla izquierda. Tiene el semblante grave y conserva siempre uno por lo menos de sus ojos decididamente fijo en cierto objeto muy interesante del centro de la llanura.

Este objeto está situado en el campanario del Ayuntamiento. Los miembros del Consejo son todos unos hombrecillos achaparrados, adiposos e inteligentes, con ojos gruesos como salchichas y enormes papadas. Visten trajes mucho más largos, y las hebillas de sus zapatos son mucho mayores que las del resto de los habitantes de Vondervotteimittiss. Desde que resido en el pueblo han celebrado varias sesiones extraordinarias, y han tomado estos tres importantes acuerdos:

«Es un crimen alterar el antiguo buen ritmo de las cosas.»

«No existe nada tolerable fuera de Vonder votteimittiss.»

«Juramos fidelidad a nuestros relojes y a nuestras coles.»

Sobre el salón de sesiones se encuentra el campanario, y en el campanario o torre está, y siempre ha estado, desde tiempo inmemorial, el orgullo y maravilla del pueblo: el gran reloj de la aldea de Vondervotteimittiss. Y hacia este objeto están vueltos los ojos de los viejos caballeros que se encuentran sentados en poltronas forradas de cuero.

El gran reloj tiene siete esferas, una sobre cada una de las siete caras del campanario, de modo que se le puede observar cómodamente desde todos los barrios. Estas esferas son enormes y blancas, y las agujas, pesadas y negras. En la torre está empleado un hombre cuya sola misión consiste en cuidar del mismo, pero tal función es la más perfecta de las sinecuras, porque desde tiempos inmemoriales el reloj de Vondervotteimittiss jamás ha necesitado de sus servicios. Hasta esos últimos días, la simple suposición de semejante cosa era considerada como una herejía. Desde los más antiguos tiempos que los archivos registran, las horas habían sonado regularmente en la gran campana, y, en realidad, lo mismo acontecía con todos los demás relojes, grandes y pequeños, de la aldea. Nunca existió lugar comparable a éste en señalar con tanta exactitud las horas. Cuando el voluminoso mazo juzgaba llegado el momento de decir: «¡Las doce!» todos sus obedientes servidores abrían simultáneamente sus gargantas y respondían como un solo eco. En resumen, los buenos burgueses estaban encantados con su sauer-kraut, pero orgullosos de sus relojes.

Todas las personas que disfrutan de sinecuras son objeto de mayor o menor veneración, y como el campanero de Vondervotteimittiss poseía la más perfecta de ellas, es el más perfectamente respetado de todos los mortales. Es el principal dignatario de la aldea, incluso los mismos cerdos le contemplan reverentemente.

La cola de su casaca es mucho mayor. Su pipa, las hebillas de sus zapatos, sus ojos y su estómago son mucho mayores que los de ningún otro viejo caballero de la aldea, y en cuanto a su papada, es no solamente doble, sino triple.

Describo el feliz estado de Vondervotteimittiss. ¡Ay, qué lástima que tan delicioso cuadro estuviese condenado a sufrir un día una cruel transformación!

Hace muchísimo tiempo que ha sido aceptado y comprobado por los habitantes más sabios de la aldea un proverbio según el cual «nada bueno puede venir de allende las colinas». Y, en realidad, hay que creer que estas palabras contenían en sí algo profético. Faltaban cinco minutos para el mediodía de anteayer cuando, en lo alto de la cresta de las colinas del lado Este, surgió un objeto de extraño aspecto. Semejante acontecimiento era propio para despertar la atención universal, y cada uno de los viejos hombrecillos, sentados en sus poltronas tapizadas de cuero, volvió uno de sus ojos, desorbitado por el espanto, hacia el fenómeno, continuando con el otro fijo en el reloj del campanario.

Faltaban sólo tres minutos para el mediodía cuando se comprobó que el singular objeto en cuestión era un pequeño jovencillo que parecía extranjero. Descendía por la colina con una enorme rapidez, de modo que todos pudieron verle muy pronto fácilmente. Era realmente el más precioso hombrecillo que se había visto jamás en Vondervotteimittiss. Tenía el rostro un tono oscuro como el rapé, larga y ganchuda la nariz, ojos que parecían lentejas, enorme boca y magnífica hilera de dientes, que parecía muy interesado en exhibir riéndose de oreja a oreja. Añádase a esto patillas y bigotes, y no creo que nada más quedase por ver en su rostro. Tenía la cabeza descubierta, y su cabellera había sido cuidadosamente arreglada con papillotes para rizarla. Componíase su indumentaria de una casaca ajustada y colgante, que terminaba en una especie de cola de golondrina -por uno de cuyos bolsillos dejaba colgar una larga punta de pañuelo blanco-, de unos calzones de casimir negros, medias negras y unos gruesos escarpines cuyos cordones consistían en enormes lazos de raso negro. Bajo uno de sus brazos llevaba un chapeau-de-bras, y bajo el otro, un violín casi cinco veces mayor que él. En su mano izquierda tenía una tabaquera de oro, de donde continuamente cogía pulgaradas de rapé con la actitud más vanidosa del mundo, mientras saltaba descendiendo la colina y dando toda clase de pasos fantásticos.

¡Bondad divina! Era un gran espectáculo para los honrados burgueses de Vondervotteimittiss.

Hablando claramente, el pícaro reflejaba en su rostro, a pesar de su sonrisa, un audaz y siniestro carácter. Mientras se dirigía apresuradamente hacia el pueblo, el aspecto singularmente extraño de sus escarpines bastó para despertar muchas sospechas, y más de un burgués que le contempló aquel día hubiese dado algo por dirigir una ojeada bajo el pañuelo de blanca batista que colgaba de modo tan irritante del bolsillo de su casaca con cola de golondrina. Pero lo que despertó principalmente una justa indignación fue el hecho de que aquel miserable botarate, mientras ejecutaba tan pronto un fandango como una pirueta, no guardase una regla en su danza y no poseyera ni la menor noción de lo que se llama llevar el compás.

Mientras tanto, los buenos habitantes del pueblo no habían aún tenido tiempo para abrir del todo sus ojos cuando, exactamente medio minuto antes del mediodía, se precipitó el tunante, como os digo, en medio de ellos, hizo aquí un chassezé allí un balanceo y después de una pirouette y un pas-de-zephyr, se dirigió como una flecha a la torre del Ayuntamiento, donde el campanero fumaba estupefacto con una actitud de dignidad y temor. Pero el pillastruelo le agarró primero de la nariz, se la sacudió y tiró de ella, le puso sobre la cabeza su gran chapeau-de-bras, hundiéndoselo hasta la boca, y después, levantando su enorme violín, le golpeó con él durante tanto rato y con tal violencia, que, dado que el vigilante estaba muy gordo y el violín era amplio y hueco, se hubiese jurado que todo un regimiento con enormes tambores redoblaba diabólicamente en la torre del campanario de Vondervotteimittiss.

No se sabe a que desesperado acto de venganza hubiese impulsado aquel indignante ataque a los aldeanos de no haber sido por el importantísimo hecho de faltar medio segundo para el mediodía. Iba a sonar la campana, y era de absoluta y suprema necesidad que todos consultaran sus relojes. Era indudable, sin embargo, que, exactamente en ese instante, el pillo que se había introducido en la torre quería algo que se relacionaba con la campana, y se metía donde nadie le llamaba. Pero como empezaba a tocar, nadie tenía tiempo de vigilar sus maniobras, porque cada uno de los hombres del pueblo era todo oídos contando las campanadas.

-Una... -dijo el reloj .

-Una... -replicó cada uno de los viejos hombrecillos de Vondervotteimittiss, en cada sillón tapizado de cuero.

-Una... -dijo el reloj de su mujer.

Y:

-Una... -dijeron los relojes de los niños y los relojillos dorados colgados de las colas del gato y del cerdo.

-Dos... -continuó la pesada campana.

Y:

-¡Dos! -repitieron todos.

-¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! -dijo la campana.

-¡Tres! ¡Cuatro! ¡Cinco! ¡Seis! ¡Siete! ¡Ocho! ¡Nueve! ¡Diez! -respondieron los otros.

-¡Once! -dijo la grande.

-¡Once! -aprobó toda la pequeña gente.

-¡Doce! -dijo la campana.

-¡Doce! -contestaron ellos perfectamente satisfechos y dejando caer sus voces a compás.

-¡Han dado las doce! -dijeron todos los viejecillos, guardando de nuevo sus relojes. Sin embargo, la gran campana no había acabado aún.

-¡Trece! -dijo.

-¡Trece!- exclamaron todos los viejecillos, palideciendo y dejando caer las pipas de sus bocas, mientras descabalgaban sus piernas derechas de sus rodillas izquierdas- ¡Trece!

-¡Trece! ¡Trece! ¡Dios santo, son las trece!- gimotearon.

¿Describir la espantosa escena que se originó? Todo Vondervotteimittiss estalló de repente en un lamentable tumulto.

-¿Qué le ocurrir a mi barriga? -gritaron todos los niños-. ¡Tengo hambre desde hace una hora!

-¿Qué les pasa a mis coles? -exclamaron todas las mujeres-. ¡Deben de estar cocidas desde hace una hora!

-¿Qué le ocurre a mi pipa? -juraron todos los viejecillos- ¡Rayos y truenos! Debe de estar apagada desde hace una hora.

Y volvieron a cargar sus pipas con gran rabia. Se arrellanaron en sus sillones y aspiraron el humo con tal prisa y ferocidad, que, inmediatamente quedó el valle velado por una nube impenetrable.

Mientras tanto, las coles iban adquiriendo tonalidades purpúreas, y parecía que el mismo viejo diablo en persona se apoderase de todo lo que tenía forma de reloj. Los relojes tallados sobre los muebles poníanse a bailar como si estuvieran embrujados, mientras que los que se encontraban sobre las chimeneas apenas si podían contener su furor y se obstinaban en un toque incesante: «¡Trece! ¡Trece! ¡Trece!»

Y el vaivén y movimiento de sus péndulos era tal, que resultaba verdaderamente espantoso de ver. Lo peor era que los gatos y los cerdos no podían soportar más el desarreglo de los relojillos de repetición atados a sus colas, y ostensiblemente lo demostraban huyendo hacia la plaza, arañándolo y revolviéndolo todo, maullando y gruñendo, produciendo un espantoso aquelarre de maullidos y gruñidos, lanzándose a la cara de las personas, metiéndose debajo de las faldas, produciendo la más terrible algarabía y la más tremenda confusión que persona sensata pudiera imaginar. En cuanto al miserable tunante instalado en la torre, hacía evidentemente todo lo posible por lograr que la situación fuera más aflictiva. De cuando en cuando podía vislumbrársele en medio del humo. Continuaba siempre allí, en la torre, sentado sobre el cuerpo del campanero, que yacía de espaldas. El infame conservaba entre sus dientes la cuerda de la campana, sacudiéndola sin parar con la cabeza, de izquierda a derecha, produciendo tal barullo, que mis oídos se estremecen aún ahora al recordarlo. Descansaba sobre sus rodillas el enorme violín, que rascaba sin acorde ni compás con sus dos manos, procurando fingir horrorosamente, ¡oh, infame payaso! , que estaba tocando la canción de «Judy O'Flannagan and Paddy O'Rafferty».

Como las cosas habían llegado a tan lamentable estado, abandoné con repugnancia el lugar, y ahora dirijo un llamamiento a todos los amantes de la hora exacta y del buen sauer-kraut. Marchemos en masa hacia el pueblo y restauremos el antiguo orden de cosas en Vondervotteimittiss, expulsando de la torre a aquel bellaco.

Edgar Allan Poe (Baltimore, 1809-1849)


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