Siddharta 2/4

| 02 octubre 2009 | |
DESPERTAR

Cuando Siddharta abandonó el bosque, dejó al buda, el perfecto, y también a Govinda; sintió que en ese bosque se quedaba asimismo su vida actual, que se separaba de él. Caminando despacio, pensó en este sentimiento que le llenaba por completo. Razonó hondamente, se dejó deslizar como a través de unas aguas profundas, dejóse caer hasta el fondo de ese sentimiento, hasta allí donde se encuentran las causas. Creía que comprender las causas era precisamente pensar, y que sólo a través de la razón, los sentimientos pueden convertirse en comprensión, es decir, que no se pierden, sino que se transforman en sustancias y empiezan a derramar su contenido.

Mientras caminaba lentamente, Siddharta meditó. Se dio cuenta de que ya no era un joven, sino que se había convertido en hombre. Sentía que algo le había abandonado, como la vieja piel desampara a la serpiente; comprendió que algo ya no existía en él, algo que siempre le había acompañado y que había sido parte interesante de su ser durante toda su juventud: el deseo de tener profesores y de recibir enseñanzas. Incluso había abandonado al buda, el último profesor que se cruzara en su camino; también él, el más grande y más sabio de los profesores, el más sagrado se vio obligado a separarse de él, no había podido aceptar su doctrina.

Pensativo, Siddharta retrasó todavía más su paso, mientras se preguntaba a sí mismo:
«¿Qué has querido aprender de las doctrinas y de los profesores? ¿Qué es lo que ellos no han podido enseñarte, a pesar de lo mucho que te han ilustrado?» Y se contestó:

«Era el yo, cuyo sentido y carácter quería aprender. Era el yo, del cual me quería librar, al que quería superar. Pero no lo conseguí, tan sólo podía engañarlo, únicamente podía huir de él, esconderme. ¡Ciertamente, ninguna cosa del mundo me ha obsesionado tanto como este mi yo, este enigma de vivir: que soy un individuo separado y aislado de todos los demás, que soy Siddharta! ¡Y de ninguna otra cosa del mundo sé tan poco como de mí, de Siddharta!»

El pensador, que caminaba lentamente, se detuvo dominado por esta idea; y de pronto, saltó de
este pensamiento a otro, uno nuevo que decía:

«Unicamente hay una causa, una sola causa que explique por qué yo no sé nada de mí, que Siddharta me sea tan extraño y desconocido: ¡Yo tenía miedo de mí mismo, huía de mí mismo! Buscaba el atman a Brahma; estaba dispuesto a despedazar y a descamar mi yo para encontrar en su interior el núcleo de todo, el atman, la vida, lo divino, lo último. Pero me he perdido a mí mismo.»

Siddharta abrió los ojos y miró a su alrededor; una sonrisa iluminó su rostro y recorrió todo su cuerpo, hasta la yema de los dedos: era el profundo sentimiento del despertar, después de largos
sueños. De repente se encontró andando otra vez, con paso rápido, como el de un hombre que sabe lo que tiene que hacer.

«¡Oh! -pensó respirando profundamente-. ¡Ahora ya no permitiré que se escape Siddharta! Ya no quiero empezar mis reflexiones y mi vida con el atman y con la pena del mundo. Ya no deseo matarme ni despedazarme para hallar un misterio detrás de las ruinas. Ya no me enseñará el yogaveda, ni el atharva-veda, ni los ascetas, ni cualquier otra doctrina. Quiero aprender de mí mismo, deseo ser mi discípulo, conocerme, adentrarme en el misterio de Siddharta.»

Miraba a su alrededor, como si viese al mundo por primera vez. ¡Era hermoso el mundo, y de variados colores! El mundo se le presentaba curioso y enigmático. Aquí azul, allí amarillo, allá verde, el cielo y el río corrían, el bosque y el monte mezclaban su belleza, misteriosa y mágica, y allí, en medio, Siddharta, que se despertaba, que se ponía en camino hacia sí mismo. A través del ojo de Siddharta entró por primera vez todo eso, el amarillo y el azul, el río y el bosque, ya no era la magia de Mara, ni el velo de Maja; ya no era la multiplicidad inútil y casual del mundo visible y
despreciable para el brahmán profundo, que desprecia lo múltiple y busca la unidad. Azul, era azul, río era río, aunque dentro del azul y del río y de Siddharta vivía escondido lo único y lo divino; precisamente, pues, el carácter y la esencia de lo divino era el ser aquí amarillo, allí azul, allá cielo, acullá bosque y aquí Siddharta. El sentido y el carácter no estaban detrás de las cosas, estaban dentro de ellos, dentro de todo.

«¡Qué sordo y torpe he sido! -meditó a paso ligero-. Si alguien lee un escrito para buscarle un sentido, no desprecia los signos y las letras, ni los llama engaño, casualidad o cáscara inútil; al contrario, los lee, los estudia, los ama letra por letra. Sin embargo, yo quería leer el libro del mundo y el de mi propio carácter; sin embargo, he despreciado los signos y las letras en favor de un sentido imaginado ya de antemano; llamaba al mundo visible un engaño, consideraba mi ojo y mi lengua como apariencias casuales y sin valor. No, esto ha pasado ya: ahora me he despertado,
realmente he conseguido desvelarme; y hoy, por fin, he nacido.»

Mientras Siddharta reflexionaba así, de nuevo se detuvo, ahora de repente, como si se le hubiera
cruzado una serpiente en el camino. Y es que de improviso había comprendido también lo siguiente: él, realmente, era como una persona que se despierta o como un recién nacido, tenía que comenzar de nuevo su vida desde un principio. Aquella misma mañana, al abandonar el bosque de Jatavana, el de aquel majestuoso, y empezar a despertarse, a caminar hacia sí mismo, le había parecido natural su intención de regresar a su tierra y a su casa paterna, después de los años de ascetismo. Pero ahora, en este momento, cuando se detuvo como si se le hubiera cruzado una serpiente en el camino, también se despertaron sus sospechas.

«Ya no soy el que fui -se dijo-; ya no soy asceta, ni sacerdote, ni brahmán. ¿Qué haría en casa de mi padre? ¿Estudiar? ¿Sacrificar? ¿Ejercer el arte de reflexionar? Todo ello ya es pasado, ya no se halla en mi camino.»

Siddharta estaba inmóvil y, por un momento, su corazón sintió frío; cuando se dio cuenta de lo solo que se hallaba, sintió en su pecho un escalofrío, como si se tratara de un animal pequeño, un pájaro o una liebre. Durante años no había tenido casa, y no la había necesitado. Ahora si. Siempre, incluso en la máxima entrega, había sido el hijo de su padre, había sido brahmán, de elevada casta, un sacerdote. Ahora, únicamente era Siddharta, el que se había despertado: nada más. Respiró profundamente y, por un momento, al sentir frío, se estremeció. Nadie estaba tan solo como él. No existía el noble que no perteneciese a la nobleza, ni el artesano que no formara parte del gremio de los artesanos y que no encontrara refugio entre ellos, que no participase en su vida y hablase su idioma. Todos los brahmanes se hallaban entre los brahmanes y vivían con ellos; el asceta, que no encuentra refugio en la clase de los samanas, e incluso el ermitaño perdido en el bosque, no era un solitario: también a éste le rodeaba su pertenencia, también compartía con una casta, que era el suelo patrio. Govinda se había convertido en monje, y mil monjes eran sus hermanos, llevaban su mismo vestido, tenían su misma fe, hablaban su idioma. ¿Pero él, Siddharta, a qué pertenecía? ¿ La vida de quién compartiría? ¿Qué idioma hablaría?

A partir de este momento surgió un Siddharta con un yo más profundo, más concentrado; y fue precisamente en el instante en que el mundo de su alrededor se fundía, cuando se encontró solo como una estrella en el firmamento, al experimentar frío y desaliento. Siddharta percibía; había sido el último estremecimiento del despertar, la última contracción del parto. Y de pronto, volvió a caminar, echó a andar rápidamente, con impaciencia; ya no se dirigía a su casa, ni iba hacia su padre, ni marchaba hacia atrás.

SEGUNDA PARTE

KAMALA

A cada paso del camino aprendía Siddharta cosas nuevas, pues el mundo se encontraba cambiado, y su corazón se solazaba. Veía salir el sol por encima de los montes verdes y lo veía ponerse sobre la lejana playa de palmeras. Por la noche contemplaba las estrellas, ordenadas en el cielo, y la luna creciente flotando en el azul, como una barca. Observaba los árboles, los astros, los animales, las nubes, las lejanas y altas montañas, azules y suaves; los pájaros y las abejas que zumbaban, el viento que soplaba sobre los campos de arroz. Todo ello siempre había existido de mil maneras diferentes y en multitud de colores, siempre había brilIado el sol y la luna; siempre los ríos habían murmurado y las abejas habían zumbado.

Sin embargo, en otros tiempos, todo ello no fue más que un velo pasajero y engañoso para el ojo de Siddharta, que observaba con desconfianza; como penetraba en todo con el pensamiento, y no queriendo destruir lo que no era sustancia, resultó que la sustancia se le colocó más allá de lo visible. Pero ahora, su ojo libre veía más cerca, observaba y comprendía lo que se hallaba ante su vista; buscaba su patria en este mundo, y no en la sustancia; su fin ya no estaba en el más allá.

El mundo era bello, si se lo contemplaba con la sencillez de un niño. Hermosas eran la luna y las estrellas, el riachuelo y la orilla, el bosque y la roca, la oveja y el cárabo dorado, la flor y la mariposa. Bello y gozoso era el caminar por este mundo, de manera tan infantil, tan despierta, tan abierta a lo cercano, tan confiada.

El calor del sol sobre la cabeza era diferente, igual que el frescor de la sombra del bosque, el sabor del riachuelo y de la cisterna, de la calabaza y del plátano. Los días eran cortos, y también las noches; cada hora huía con rapidez, como una vela sobre el mar, la de un barco repleto de riquezas, de alegrías. Siddharta veía una familia de monos saltando por las copas de los árboles y escuchaba un canto ávido y salvaje. Siddharta miraba cómo un carnero perseguía a una oveja y cómo luego se juntaron. En el lago cubierto de cañas observó al lucio hambriento cazando de noche; delante de él saltaban en el agua los peces jóvenes, llenos de miedo, y los remolinos que originaba el impetuoso cazador llevaban el hálito imperioso de la fuerza y la pasión.

Todo eso siempre había existido, y él no se había percatado, no había participado del mundo. Ahora sí. Por su ojo pasaba la luz y la sombra, por su corazón circulaban las estrellas y la luna. Por el camino, Siddharta también recordó todo lo que había vivido en el jardín de Jetavana, la doctrina que había escuchado allí, de labios del divino buda, la despedida de Govinda, la conversación con el majestuoso. Acordóse de nuevo de las propias palabras que había dirigido al majestuoso, de cada frase, comprendió con asombro que había dicho cosas que hasta entonces realmente no sabía. Lo que dijera a Gotama: que el tesoro y el secreto del buda no eran la doctrina, sino lo inexplicable, lo que no podía enseñarse, lo que él había vivido en la hora de su inspiración, esto era precisamente lo que él pensaba vivir ahora, lo que en aquel momento comenzaba a vivir.

Ahora tenía que existir consigo mismo. Incluso antes supo que su propio yo era atman, hecho de la misma sustancia eterna del Brahma. Pero nunca había encontrado ese yo, realmente, porque quería pescarlo con la red del pensamiento.

No obstante, lo más seguro es que el cuerpo no fuera el yo, ni en el juego del sentido tampoco lo era el pensar, ni la inteligencia ni la sabiduría aprendida, ni la enseñanza en el arte de sacar conclusiones y de construir nuevos pensamientos por entre las teorías ya enunciadas. No, también el mundo de los pensamientos se encontraba aún de este lado, y no conducía a ningún fin; se mataba al fugaz yo de los sentidos, y, sin embargo, se alimentaba al fugaz yo de las reflexiones y la sabiduría.

Ambos, los pensamientos como los sentidos, eran cosas hermosas; detrás de ambas se escondía el último sentido; debía escucharse a los dos, se tenía que jugar con ambos, no se debía menospreciar ni atribuir demasiado valor a ninguno de ellos; era necesario escuchar las voces interiores y secretas de ambos.

Tan sólo deseo que la voz no me mande detenerme en otra parte que no sea la que desee la voz, pensaba. ¿Porqué Gotama en la hora de las horas se había sentado bajo aquel árbol donde tuvo la
inspiración? Había oído una voz, un grito en su propio corazón que le ordenaba descansar debajo de aquel árbol; y Gotama no había preferido la mortificación, ni el sacrificio, ni el baño, ni la oración, ni la comida ni la bebida, ni el sueño, sino que había obedecido a la voz. Obedecer así, no era doblegarse a una orden exterior, sino sólo a la voz interior; estar tan dispuesto era lo mejor, lo necesario, lo más conveniente.

Durante la noche, cuando dormía en la choza de paja de un barquero, junto al río, Siddharta tuvo un sueño: Govinda estaba delante de él con su vestidura amarilla de asceta. Govinda tenía un aspecto triste y con melancolía le preguntaba: «¿Por qué me has abandonado?» Entonces Siddharta abrazó a Govinda, lo tomó entre sus brazos, lo estrechó contra su pecho y lo besó... ya no era Govinda, sino una mujer, y del vestido le salía un seno turgente. Tendiase Siddharta, y bebía. La leche de ese pecho sabía dulce y fuerte. Su sabor era de mujer y de hombre, de sol y de bosque, de flor y de animal, de todas las frutas y todos los placeres; embriagaba y hacía perder el sentido.

Cuando Siddharta despertó, el río pálido brillaba a través de la puerta de la choza, y en el bosque se oía grave y sonoro el grito sombrío de un búho. Al amanecer, Siddharta rogó a su anfitrión, el barquero, que le llevara al otro lado del río. El barquero le trasladó en su balsa de bambú. El agua ancha resplandecía con el color cobrizo del crepúsculo matutino.

-Este es, en verdad, un hermoso río -dijo a su acompañante.
-Sí -respondió el barquero-; es un río espléndido. Es lo que más quiero. A menudo le he escuchado, me he mirado en sus ojos, y siempre he aprendido algo nuevo de él. Se puede aprender mucho de un río.
-Te doy las gracias, mi bienhechor -exclamó Siddharta, cuando saltó a la otra orilla-. No tengo ningún regalo para darte, amigo, ni puedo pagarte. Soy un vagabundo, un hijo de un brahmán y un samana.
-Ya me di cuenta de ello -contestó el barquero-. Y no esperaba de ti sueldo ni regalo. Me harás el
obsequio en otra ocasión. ¿Así lo crees? -preguntó alegre Siddharta.
-Desde luego. También eso lo he aprendido del río: ¡todo vuelve! Tú también volverás, samana. Ahora, ¡adiós! Que tu amistad sea mi paga. ¡ Que pienses en mí, cuando sacrifiques ante los dioses!

Sonrientes se despidieron. Siddharta sintióse contento por la amistad y la amabilidad del barquero. «Es como Govinda -pensó Siddharta, jocoso-: todos los que encuentro en mi camino son como Govinda. Todos son agradecidos, a pesar de que ellos mismos podrían pedir agradecimiento. Todos son sumisos, a todos les gusta ser amigos, les agrada obedecer, pensar poco. Los hombres son como niños.»

Al mediodía pasó por un pueblo. Delante de las cabañas de barro, los pequeños se revolcaban en la calle, jugaban con pipas de calabazas y con caracolas, se gritaban y se peleaban, pero todos huían tímidos ante el samana forastero. Al final del pueblo, en el camino por el que cruzaba un riachuelo, una joven estaba arrodillada, lavando vestidos a la orilla del torrente. Cuando Siddharta la saludó, la muchacha alzó la cabeza y le miró con una sonrisa que hizo brillar la blancura de sus
dientes.

Siddharta pronunció la bendición de los peregrinos y preguntó cuánto faltaba para llegar a la gran
ciudad. Entonces la joven levantóse y se le acercó; el brillo de su boca húmeda resplandecía en el rostro juvenil. Echó a andar junto a Siddharta y entre bromas le preguntó si ya había comido, y si
era verdad que los samanas dormían solos por la noche en el bosque, y que no podían tener una mujer. En esto, la muchacha colocó su pie izquierdo sobre el derecho de Siddharta, e hizo un ademán, el que hace la mujer cuando invita al hombre al placer sensual que los libros llaman «la subida al árbol».

Siddharta sintió cómo se le caldeaba la sangre, y en aquel instante recordó su sueño. Inclinóse un poco hacia la mujer y besó con los labios el botón oscuro de su pecho. Luego levantó la mirada y vio que la joven le sonreía con vivo anhelo, y que con los ojos le suplicaba.

También Siddharta sintió el deseo y notó cómo en su interior brotaba la fuente del sexo: nunca había tocado a una mujer. Vaciló un momento, a pesar de que sus manos ya estaban dispuestas a
tomarla. Y en aquel mismo instante, escuchó estremecido la voz de su interior; y la voz dijo no. Entonces desapareció el encanto del rostro de la joven; Siddharta tan sólo veía la húmeda mirada de una hembra animal en celo. Afectuosamente pasó la mano por su mejilla y se separó de la muchacha. Con pasos ligeros desapareció por el bosque de bambú, dejando atrás a la joven desengañada.

El mismo día, antes de hacerse de noche, llegó a una gran ciudad y se alegró, pues tenía ganas de hallarse entre personas. Había vivido mucho tiempo en el bosque, y la choza de paja del barquero, donde durmiera la noche pasada, había sido su primer lecho después de mucho tiempo.

Delante de la ciudad, junto a un hermoso bosque rodeado por una valía, el caminante se encontró con un grupo de criados y siervos cargados de cestos. En medio del grupo iba el ama, una mujer reclinada en una litera adornada y que llevaban cuatro esclavos; iba encima de rojos almohadones, y bajo una sombrilla de colores. Siddharta se detuvo a la entrada del bosque y observó el espectáculo: vio a los criados, las siervas, los cestos, la litera; observó a la dama dentro de su silla de mano. Debajo de sus cabellos negros, recogidos en un alto peinado, pudo ver un rostro muy blanco, muy delicado, muy inteligente; y una boca de un rojo pálido, como un higo recién abierto; también vio unas cejas cuidadas y pintadas en forma de alto arco, unos ojos inteligentes y despiertos; un cuello esbelto que salía de un vestido verde y oro; unas manos largas y delgadas, con anchos aros de oro en las muñecas.

Siddharta se dio cuenta de lo hermosa que era aquella dama, y su corazón sonrió. Cuando se acercó la litera, inclinóse y, seguidamente, al enderezarse, vio el rostro bello y sereno; por un momento leyó en sus ojos inteligentes, bajo las altas cejas, y aspiró un perfume que desconocía. La hermosa dama sonrió un instante y luego desapareció en el parque, y con ella los criados. Siddharta entró en la ciudad bajo un signo mágico. Tuvo deseos de entrar inmediatamente en el parque, pero reflexionó y recordó cómo le habían observado los criados y criadas; con qué desprecio, desconfianza, repulsión.

Pensó que era un samana, un asceta, un mendigo. «No puedo seguir así, no -se dijo-. Me sería imposible entrar en el parque.» Y se echó a reír.

A la primera persona que se cruzó en su camino le preguntó por el parque y por el nombre de aquella mujer; así se enteró de que aquél era el parque de Kamala, la famosa cortesana, y que, además del parque, ella poseía una casa en la ciudad. Seguidamente entró en la población. Ahora tenía un objetivo.

Siguiendo su meta se dejó absorber por la ciudad; siguió por las callejuelas, se detuvo en las plazas, descansó en las escaleras de piedra, a la orilla del río. Por la noche hizo amistad con un barbero al que había visto trabajar a la sombra, en una bodega, y que volvió a encontrar rezando en un templo de Vishnú; le narró entonces la historia de Vishnú y de los Laksmios. Durante la noche durmió junto a las barcas del río, y por la mañana, de madrugada, antes de que llegaran los primeros clientes a su tienda, el barbero le cortó el cabello, le afeitó la barba, le peinó y le dio fricciones con aceites perfumados. Luego Siddharta se fue a bañar al río.

Cuando por la tarde la bella Kamala se acercó al parque, en su litera, a la entrada se encontraba Siddharta, el cual hizo una reverencia y recibió el saludo de la cortesana. Siddharta hizo una señal al último criado del séquito y le rogó que comunicara a su ama que un joven brahmán deseaba hablar con ella. Después de un tiempo regresó el criado y le rogó que le siguiera. En silencio le condujo a un pabellón donde Kamala descansaba sobre un diván, y le dejó a solas con ella.

-¿No estabas ya ayer ahí fuera, y me saludaste? -preguntó Kamala.
-Sí, te vi ayer y te saludé.
-¿Pero ayer no llevabas barba, y el cabello largo y lleno de polvo?
-Observaste bien, no perdiste ningún detalle. Viste a Siddharta, al hijo del brahmán, que
abandonó su casa para convertirse en samana, y que durante tres años ha sido un samana. Pero ahora he abandonado aquel camino y he venido a esta ciudad. La primera persona que se cruzó en mi senda, aun antes de entrar en la población, fuiste tú. ¡He venido a decirte todo esto, Kamala! Eres la primera mujer a la que Siddharta habla sin bajar la vista. Nunca jamás quiero bajar mi vista cuando me encuentre con una mujer hermosa.

Kamala sonreía y jugaba con su abanico de plumas de pavo real. Le preguntó:
-¿Y para decirme eso has venido hasta mí, Siddharta?
-Para decirte eso, y para darte las gracias por ser tan bella. Y si no te disgustara, Kamala, te rogaría que fueras mi amiga y maestra, pues todavía no sé nada del arte que tú dominas.
Entonces Kamala se echó a reír.
-¡Jamás me había ocurrido, amigo, que un samana del bosque viniera a aprender de mí! ¡Jamás me había sucedido que un samana de cabellos largos, vestido con un taparrabos viejo y raído se me acercara! Muchos jóvenes vienen a verme, y entre ellos también los hay que son hijos de brahmanes; pero vienen con atavíos elegantes, con finos zapatos, cabellos perfumados y dinero en el bolsillo. Así son, samana, los jóvenes que me visitan. Siddharta contesto:

-Ya empiezo a aprender de ti. También ayer me enseñaste algo. Ya me he afeitado la barba, me he peinado, y llevo aceite en el cabello. Es poco lo que me falta: vestidos elegantes, finos zapatos, dinero en el bolsillo. Quiero que sepas que Siddharta se ha propuesto cosas más difíciles que esas pequeñeces, y lo ha logrado. ¿Por qué no voy a conseguir lo que me propuse ayer, ser tu amigo y aprender de ti los placeres del amor? Me verás dócil, Kamala; he aprendido cosas más difíciles que lo que tú me puedas enseñar. Y ahora, dime: ¿No te basta con Siddharta tal como está, con aceite en el cabello, pero sin vestidos, ni zapatos, ni dinero? Kamala exclamó riendo:

-No, querido, no me basta. Tienes que ir vestido con ropas elegantes, y debes llevar finos zapatos
y mucho dinero encima, y traer también regalos para Kamala. ¿Vas aprendiendo? ¿Te fijas, samana del bosque?
-Naturalmente, me fijo -repuso Siddharta-. ¿Cómo podría desatender las palabras de esa boca? Tus labios son como un higo recién abierto, Kamala. También mi boca es roja y fresca y hará juego con la tuya, lo verás. Pero dime, bella Kamala, ¿no temes ni siquiera un poco al samana del bosque, que ha venido a aprender el amor?
-¿Cómo podría tener miedo de un samana? ¿De un necio samana del bosque, que habita con los
chacales y que todavía desconoce lo que es una mujer?
-¡Ah! Pero el samana es fuerte y no se arredra ante nada. Podría forzarte, bella muchacha.
Robarte, hacerte daño.
-No, samana, no temo nada de eso. ¿Alguna vez un samana o un brahmán ha temido que alguien le pudiera robar su sabiduría, su devoción o su profundidad de pensamiento? No, pues es suyo, y sólo da lo que quiere dar y a quien quiere. Lo mismo, exactamente, pasa con Kamala y las alegrías del amor. La boca de Kamala es bonita y encarnada, pero intenta besarla contra la voluntad de Kamala, y no disfrutarás ni una sola gota de la dulzura que sabe dar. Tú tienes facilidad para aprender, Siddharta, pues aprende también esto: el amor se puede suplicar, comprar, recibir como obsequio, encontrar en la calle, ¡pero no se puede robar! El camino que te has imaginado es erróneo. Sería una lástima que un joven tan agraciado como tú, empezara tan mal.

Siddharta se inclinó sonriendo y contestó:
-¡Sería una lástima! ¡Ti enes razón! Sería una verdadera lástima. ¡No, de tu boca no se debe perder ni una sola gota de dulzura, ni tú de la mía! Quedamos, pues, así, en que Siddharta volverá cuando tenga lo que le falta: vestidos, zapatos, dinero. Pero antes, bella Kamala, ¿no podrías darme un pequeño consejo, todavía?
-¿Un consejo? ¿Por qué no? ¿Quién se negaría a dar un consejo a un pobre e ignorante samana
que viene de los chacales del bosque?
-Dime, pues, querida Kamala: ¿Dónde debo ir para encontrar rápidamente esas cosas?
-Amigo, eso es lo que muchos quisieran saber. Debes hacer lo que has aprendido, y exigir por elIo dinero, vestidos y zapatos. De otra forma, un pobre no logra tener dinero. ¿Qué sabes hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar.
¿Nada más?
-Nada más... Pues sí, también sé hacer poesías. ¿Quieres darme un beso por una poesía?
-Si me gusta la poesía, sí. ¿Cómo se llama?

Siddharta, después de pensar un instante, empezó a recitar estos versos:
En un umbrío parque entró la bella Kamala, a la entrada de la fronda hallábase el moreno samana. Al ver la flor de loto se inclinó profundamente, y, sonriendo, se lo agradeció Kamala. A ella prefiero, en vez de sacrificar ante los dioses, pensó el joven. Sí, prefiero ofrecer los sacrificios a la bella Kamala.

Kamala aplaudió tan fuerte que sus pulseras de oro resonaron argentinas.
-Me gustan tus versos, moreno samana. Y, en verdad, no pierdo nada, si te doy un beso. Con los ojos le atrajo; Siddharta inclinó el rostro sobre el de Kamala y depositó su boca sobre la del higo recién abierto. El beso de Kamala fue largo; con profundo asombro, Siddharta se dio cuenta de que le enseñaba, pues era sabia; le dominaba, le rechazaba, le atraía, y tras el primer beso le esperaba una larga sucesión de besos bien ordenados, bien probados, cada uno distinto del siguiente.

Respiró profundamente y en ese momento sintióse sorprendido como un niño, ante la abundancia de cosas nuevas y dignas de aprender que se descubrían ante sus ojos.

-Tus versos son muy bellos -exclamó Kamala-; si yo fuera rica te los pagaría a precio de oro. Pero te será difícil ganar con versos tanto dinero como el que tú necesitas. Pues necesitarás mucho, si quieres ser amigo de Kamala.
-¡Cómo sabes besar, Kamala! -balbució Siddharta.
-Sí, eso lo sé hacer; por ello tampoco no me faltan vestidos, ni zapatos ni pulseras, ni otras cosas
bonitas. ¿Pero qué será de ti? ¿No sabes otra cosa que pensar, ayunar y hacer poesías?
-También sé las canciones de los sacrificios -comentó Siddharta-, pero ya no las quiero cantar.
También conozco las fórmulas mágicas, pero ya no las quiero pronunciar. He leído las escrituras...
-¡Alto! -le interrumpió Kamala-. ¿Sabes leer? ¿Sabes escribir?
-Sí, naturalmente. Hay muchos que saben.
-La mayoría no. Tampoco yo lo sé. Es muy interesante que sepas leer y escribir, muy interesante. También te servirán las fórmulas mágicas. En ese instante entró corriendo una sirvienta y dijo unas palabras al oído de su ama.
-Tengo visita -exclamó Kamala-. ¡Date prisa! ¡Vete, Siddharta, nadie debe encontrarte por aquí,
no lo olvides! Mañana te veré de nuevo.

Y ordenó a la sierva que entregara al devoto brahmán una túnica blanca. Sin saber lo que ocurría, Siddharta se vio conducido por la criada a otro pabellón, a través de un camino desconocido; luego fue obsequiado con una túnica, y ya en la espesura, le dijeron que se alejara del parque tan pronto como pudiera, y sin ser visto.

Contento hizo lo que se le había mandado. Acostumbrado al bosque, salió del parque por encima del seto, sin hacer ruido. Alegre regresó a la ciudad, con la túnica bajo el brazo. En un albergue frecuentado por viajeros, se colocó a un lado de la puerta y pidió comida con un gesto; recibió un trozo de pastel de arroz. «Quizá mañana ya no tenga que pedir más comida», se dijo. De repente, se le encendió el orgullo. Ya no era un samana, ya no debía pedir limosnas. Arrojó el pastel de arroz a un perro y se quedó sin comer.

«La vida que se vive en este mundo es simple -reflexionó Siddharta-. Cuando todavía era un samana, todo era difícil, y al final desesperado. Ahora todo es fácil, tan sencillo como las enseñanzas en el arte de besar, que me ofrece Kamala. Necesito vestidos y dinero, nada más; son dos metas pequeñas y cercanas, que no quitan el sueño.»

Hace tiempo que se había enterado del lugar en que estaba la casa de Kamala, en la ciudad, y allí se presentó al día siguiente.

-Todo va bien -le dijo Kamala-. Te espera Kamaswami, el más rico comerciante de la ciudad. Si le
gustas, te empleará. Sé inteligente, moreno samana. He hecho que otros le hablaran de ti. Sé amable con él, es muy influyente. ¡Pero no seas demasiado modesto! No quiero que te conviertas en su criado; has de ser su igual, si no, no estaré contenta de ti. Kamaswami empieza a envejecer y a volverse comodón. Si le gustas, te confiará muchos asuntos.

Siddharta le dio las gracias y sonrió. Cuando Kamala se enteró que en dos días no había comido, mandó traer pan y fruta y se las ofreció.

-Has tenido suerte -comentó Kamala, al despedirse-; se te abre una puerta tras otra. ¿Por qué será? ¿Eres un mago?

Siddharta replicó:
-Ayer te conté que sé pensar, esperar y ayunar, y tú encontraste que todo ello no servía para nada. Sin embargo, sirve para mucho. Te darás cuenta de que los ignorantes samanas aprenden en el bosque y saben muchas cosas hermosas, que vosotros no sabéis. Anteayer todavía era un mendigo sucio; ayer besé a Kamala; y pronto seré un comerciante y tendré dinero y todas las cosas que a ti te gusten.
-Eso es cierto -reconoció Kamala-. Pero, ¿qué sería de ti, si no fuera por Kamala? ¿Qué serías tú sin mi ayuda?
-Querida Kamala -manifestó Siddharta, al tiempo que se incorporaba-, cuando entré en tu parque, di el primer paso. Me había propuesto aprender el amor de la más bella de las mujeres. Y desde el momento en que me lo propuse, también sabía que lo lograría. Sabía que tú me ibas a
ayudar; lo supe desde tu primera mirada, a la entrada del bosque.
-¿Y si yo no hubiese querido?
-Pero has querido. Mira, Kamala: si echas una piedra al agua, ésta se precipita hasta el fondo por
el camino más rápido. Lo mismo ocurre cuando Siddharta tiene un fin, cuando se propone algo. Siddharta no hace nada, sólo espera, piensa, ayuna, sin hacer nada, sin moverse: se deja llevar, se deja caer. Su meta le atrae, pues él no permite que entre en su alma nada que pueda contrariar su objetivo. Eso es lo que Siddharta ha aprendido de los samanas. Es lo que los necios llaman magia y creen que es obra de demonios. Nada es obra de los malos espíritus, éstos no existen. Cualquiera puede ejercer la magia si sabe pensar, esperar, ayunar.

Kamala le escuchó. Amaba su voz, le gustaba la mirada de sus ojos.
-Quizá sea así como dices, amigo -musitó en voz baja-. Pero quizá también es porque Siddharta es hermoso, porque su mirada gusta a las mujeres, y por ello tiene suerte.
Siddharta se despidió con un beso.
-Así sea, profesora mía. ¡Que mi mirada te agrade siempre! ¡Que a tu lado siempre tenga suerte!

CON LOS HUMANOS

Siddharta marchó a casa del comerciante Kamaswami. Le habían enviado a una rica mansión; los
criados le guiaron sobre valiosas alfombras hasta un salón, donde debía esperar al dueño de la casa.

Entró Kamaswami. Era un hombre ágil y atlético, con el cabello muy canoso, unos ojos sabios y prudentes, una boca exigente. Amablemente se saludaron anfitrión y huésped.

-Me han dicho -empezó el comerciante- que tú eres un brahmán, un sabio, pero que buscas empleo en casa de un comerciante. ¿Acaso te encuentras en la miseria, brahmán, y por eso buscas empleo?
-No -contestó Siddharta-, no me encuentro en la miseria, y jamás me he encontrado así. Has de saber que vengo de entre los samanas con los que he vivido mucho tiempo.
-Si vienes de los samanas, ¿cómo no vas a estar en la miseria? Los samanas no poseen nada, ¿verdad?
-Nada tengo -repuso Siddharta-, si es lo que quieres decir. Desde luego que no. Sin embargo, eso
ocurre porque así lo quiero; por lo tanto, no estoy en la miseria.
-Pero, ¿de qué piensas vivir, si no posees nada?
-Nunca he pensado en ello, señor. Durante más de tres años no he poseído nada, y jamás pensé de qué debía vivir.
-Es decir, que has vivido a expensas de los demás.
-Supongo que así es. También el comerciante vive a expensas de los otros.
-Bien dicho. Pero no les quita a los otros lo suyo sin darles nada: en compensación les entrega mercancías.

-Así parecen ir las cosas. Todos quitan, todos dan: ésa es la vida.
-Conforme, pero, dime, por favor: si no posees nada, ¿qué quieres dar?
-Cada uno da lo que tiene. El guerrero da fuerza; el comerciante, mercancía; el profesor, enseñanza; el campesino, arroz; el pescador, peces.
-Muy bien. ¿Y qué es, pues, lo que tú puedes dar? ¿Qué es lo que has aprendido? ¿Qué sabes hacer?
-Sé pensar. Esperar. Ayunar.
-¿Y eso es todo?
-¡Creo que es todo!
-¿Y para qué sirve? Por ejemplo, el ayuno... ¿Para qué vale?
-Es muy útil, señor. Cuando una persona no tiene nada que comer, lo más inteligente será que ayune. Si, por ejemplo, Siddharta no hubiera aprendido a ayunar, hoy mismo tendría que aceptar
cualquier empleo, sea en tu casa o en cualquier otro lugar, pues el hambre le obligaría. Sin embargo, Siddharta puede esperar tranquilamente, desconoce la impaciencia, la miseria; puede contener el asedio del hambre durante mucho tiempo y, además, puede echarse a reír. Para eso sirve el ayuno, señor.

-Tienes razón, samana. Espera un momento.
Kamaswami salió y al momento regresó con un papel enrollado que entregó a su huésped al tiempo que le preguntaba:
-¿Sabes leer lo que dice aquí?
Siddharta observó el documento, que contenía un contrato de compra, y empezó a leerlo.
-Perfecto -exclamó Kamaswami-. ¿Quieres escribirme algo en este papel?
Le entregó una hoja y un lápiz; Siddharta escribió y le devolvió la hoja. Kamaswami leyó:

«Escribir es bueno, pensar es mejor. La inteligencia es buena, la paciencia es mejor.»
-Sabes escribir excelentemente -alabó el comerciante-. Aún tenemos que hablar de muchas cosas. Por hoy te ruego que seas mi invitado y que te alojes en esta casa.

Siddharta le dio las gracias y aceptó; y se alojó en casa del comerciante. Le entregaron vestidos y
zapatos, y un criado le preparaba diariamente el baño. Dos veces al día servían un ágape abundante, pero Siddharta tan sólo asistía una vez, y nunca comía carne ni bebía vino. Kamaswami le habló de sus negocios, le enseñó la mercancía y los almacenes, le mostró las cuentas.

Siddharta llegó a conocer muchas cosas nuevas, escuchaba mucho y hablaba poco. Sin desatender las palabras de Kamala, jamás se subordinó al comerciante, sino que le obligó a que le tratara como a un igual, e incluso como a un superior. Kamaswami llevaba sus negocios con cuidado, y a menudo, incluso, con pasión; Siddharta, por el contrario, lo observaba todo como si se tratara de un juego cuyas reglas se esforzaba por aprender, pero sin que afectase a su corazón el contenido.

No hacía mucho tiempo que se encontraba en casa de Kamaswami, cuando ya participaba en los negocios del dueño de la casa. Pero diariamente, a la hora indicada, visitaba a la bella Kamala con vestidos elegantes, finos zapatos, y pronto también le llevó regalos. Aprendía mucho de la roja boca inteligente. Mucho le enseñó la mano suave y delicada.

Siddharta, en el amor, todavía era un chiquillo inclinado a hundirse con ceguera insaciable en el placer, como en un precipicio. Kamala le enseñó, desde el principio, que no se puede recibir placer
sin darlo; que todo gesto, caricia, contacto, mirada, todo lugar del cuerpo, tiene su secreto, que al despertarse produce felicidad al entendido. También le dijo que los amantes, después de celebrar el rito del amor, no pueden separarse sin que se admiren mutuamente, sin sentirse a la vez vencido y vencedor; de ese modo, ninguno de los dos notará saciedad, monotonía, ni tendrá la mala impresión de haber abusado o de haber padecido abuso. Pasaba Siddharta maravillosas horas con la bella mujer; se convirtió en su discípulo, su amante, su amigo. Allí, junto a Kamala, encontraba el valor y el sentido a su vida, no en los negocios de Kamaswami.

El comerciante encargaba a Siddharta las cartas y los contratos importantes, y se acostumbró a pedirle consejo en todos los asuntos trascendentales. Pronto se dio cuenta de que Siddharta entendía poco de arroz y de lana, de navegación y de negocios; y, no obstante, la ayuda de Siddharta era eficaz, e incluso superaba al comerciante en tranquilidad, serenidad y en el arte de saber escuchar y penetrar en el alma de los extraños.

-Este brahmán -comentó Kamaswami a un amigo- no es un verdadero comerciante, y jamás lo será; los negocios nunca apasionan a su alma. Pero posee el secreto de las personas que tienen éxito sin esforzarse, ya sea por su buena estrella, por magia, o por algo que habrá aprendido de los samanas. Siempre parece que juega a los negocios; jamás se siente ligado o dominado por ellos; nunca teme al fracaso, ni le preocupa una pérdida.

El amigo aconsejó al comerciante:
-De los negocios que te lleva, entrégale una tercera parte de los beneficios, pero deja que también pague la misma participación en las pérdidas que se produzcan. Así lograrás que se interese más.

Kamaswami siguió su consejo. No obstante, Siddharta se inmutó muy poco. Si conseguía beneficios, los recibía con indiferencia; si existía una pérdida, se echaba a reír y exclamaba:
-¡Pues mira, esto no ha salido bien!

A decir verdad, Siddharta continuaba siendo indiferente con los negocios. En una ocasión fue a un
pueblo a comprar una gran cosecha de arroz. Sin embargo, al llegar, supo que el arroz ya había sido vendido a otro comerciante. A pesar de ello, Siddharta se quedó varios días en la aldea, invitó a los campesinos, regaló monedas de cobre a sus hijos, asistió a una de sus bodas y regresó contentísimo
del viaje.

Kamaswami le reprobó por no volver en seguida y por haber malgastado tiempo y dinero. Siddharta contestó:

-¡No te enfades, amigo! Jamás se ha logrado nada con enfados. Si hemos tenido una pérdida, asumo la responsabilidad. Estoy contento de ese viaje. He conocido a muchas personas, un brahmán me otorgó su amistad, los niños han cabalgado sobre mis rodillas, los campesinos me han enseñado sus campos; nadie me tuvo por comerciante.

-Todo eso está muy bien -exclamó Kamaswami indignado-. ¡Pero en realidad eres un comerciante, o al menos eso creo yo! ¿O acaso has viajado por placer?
-Naturalmente -sonrió Siddharta-, naturalmente que he viajado por placer. ¿Por qué, si no? He conocido nuevas personas y lugares, he recibido amabilidad y confianza, he encontrado amistad. Mira, amigo, si yo hubiese sido Kamaswami, al ver frustrada la venta habría regresado en seguida, fastidiado y con prisas; entonces sí que realmente se habría perdido tiempo y dinero. Ahora, sin embargo, he pasado unos días gratos, he aprendido, he tenido alegría y no he perjudicado a nadie con mi fastidio y mis prisas. Y si alguna vez vuelvo allí, quizá para comprar otra cosecha o con cualquier otro fin, me recibirán personas amables, llenas de alegría y cordialidad, y yo me sentiré orgulloso por no haber demostrado entonces prisa o mal humor. Así, pues, amigo, sé bueno y no te perjudiques con enfados. El día que creas que ese Siddharta te perjudica, di una sola palabra y Siddharta se marchará. Pero hasta entonces, deja que vivamos mutuamente contentos.

También eran vanos los intentos del comerciante por convencer a Siddharta de que se comía su pan, el de Kamaswami. Siddharta comía su propio pan -decía él-, o más bien, ambos comían el pan de otros, el de todos. Jamás Siddharta prestó oídos a las preocupaciones de Kamaswami, y eso que tenía muchos problemas. Nunca Kamaswami pudo convencer a su colaborador de la utilidad de gastar palabras en regaños o aflicciones, de fruncir el ceño o dormir mal cuando algún negocio amenazaba con un fracaso, o si se presentaba la pérdida de una cantidad de mercancías, o cuando parecía que un deudor no podía pagar. Si en alguna ocasión Kamaswami le reprochaba que todo lo que Siddharta sabia, lo había aprendido de él, éste contestaba:

-Veo que te gustan las bromas. De ti he aprendido cuánto vale un cesto de pescado y cuánto interés se puede pedir por un dinero prestado. Estas son tus ciencias. Pero pensar, eso no lo he aprendido de ti, amigo Kamaswami; mas tú harías muy bien, si lo aprendieras de mí.

Realmente, el alma de Siddharta no se hallaba en el comercio. Los negocios eran buenos para lograr el dinero para Kamala, y le proporcionaban mucho más de lo que necesitaba. Por lo demás, el interés y la curiosidad de Siddharta sólo recaía en las personas, mas sus negocios, oficios, preocupaciones, alegrías y necedades, podían serle tan extraños y lejanos como la luna. A pesar de la facilidad que tenía para alternar con todos, para vivir y aprender de todos, Siddharta notaba que existía algo que le separaba de los otros: su ascetismo. Observaba que los humanos vivían de una manera infantil, casi animal, que él a la vez amaba y despreciaba. Los veía esforzarse, sufrir y encanecer por asuntos que no merecían ese precio: por dinero, pequeños placeres y discretos honores; contemplaba cómo se insultaban mutuamente, se quejaban de sus penas, de las que un samana se reía, y sufrían por algo que a un samana tiene sin cuidado.

Siddharta acogía a todas las personas. Daba la bienvenida al comerciante que le ofrecía tela, al que estaba cargado de deudas y buscaba un crédito, al mendigo que durante una hora le explicaba la historia de su pobreza, a pesar de que no era la mitad de pobre que un samana. No diferenciaba en el trato a un rico comerciante extranjero, del barbero que le afeitaba o del vendedor ambulante que le engañaba en el cambio de las pequeñas monedas. Cuando Kamaswami se le quejaba de sus preocupaciones o le reprochaba algún negocio, él escuchaba con curiosidad, serenamente; luego se asombraba, intentaba entenderle, le daba un poco la razón -únicamente la que le parecía imprescindible-, y le dejaba para ocuparse del siguiente asunto. Y eran muchos, muchos los que llegaban a la ciudad para negociar con Siddharta, para engañarle o sondearle; muchos también para suscitar su compasión, o escuchar su consejo. Siddharta los compadecía, aconsejaba, regalaba, y se dejaba engañar un poquito. Y ahora ocupaba su pensamiento todo ese juego y la pasión con que lo jugaban los seres humanos, como antes lo ocuparon los dioses y Brahma.

A veces le llegaba del fondo de su pecho una débil voz, casi moribunda, que le avisaba y se lamentaba; pero era tan endeble que apenas se notaba. Cuando la oía, por una hora tenía conciencia de que llevaba una vida especial, de que hacía cosas que únicamente eran un juego; sí, se sentía sereno y aveces alegre, pero la verdadera vida pasaba de largo y no le tocaba.

Como un jugador de pelota domina su arte, así también Siddharta jugaba con sus negocios, con las personas que había a su alrededor; los observaba, y ellos le alegraban. No obstante, su corazón, la fuente del ser, no participaba. La fuente corría por alguna parte, pero lejos de él, se deslizaba invisible, y ya no pertenecía en nada a su propia vida. Ante tales pensamientos alguna vez se asustó; entonces deseó participar también, en lo posible, en la actividad pueril del día, con ardor y con el corazón: quería vivir de verdad, obrar auténticamente, disfrutar realmente, vivir en vez de permanecer como espectador solitario.

No obstante, continuaba sus visitas a la bella Kamala, aprendía el arte del amor, se entrenaba en el culto al placer, donde más que en ningún otro asunto, el dar y el recibir es una misma cosa. Charlaba con Kamala, aprendía mejor que Govinda en los tiempos pasados; Kamala se parecía más a Siddharta que el viejo amigo. En una ocasión manifestó él:

-Tú eres como yo, diferente de la mayoría de los seres humanos. Tú eres Kamala, nada más; y dentro de ti hay un sosiego y un refugio donde puedes retirarte en cualquier momento, como yo puedo hacerlo. Pocas personas lo tienen, y, sin embargo, lo podrían poseer todas.
-No todo el mundo es inteligente -opinó Kamala.
-No -replicó Siddharta-, no es por eso. Kamaswami es tan inteligente como yo, y, sin embargo, no lleva ese refugio en su interior. Otros lo tienen, pero si medimos su inteligencia son igual que chiquillos. La mayoría de los seres humanos, Kamala, son corno las hojas que caen de los árboles, que vuelan y revolotean por el aire, vacilan y por último se precipitan al suelo. Otros, por el contrario, casi son como estrellas: siguen un camino fijo, ningún viento les alcanza, pues llevan en su interior su ley y su meta. Entre todos los samanas y los sabios -y yo he conocido a muchos-, había uno de esos últimos, una persona perfecta. Jamás lo podré olvidar. Se trata del Gotama, el
majestuoso, el predicador de aquella doctrina. Diariamente escuchan sus palabras más de mil discípulos, y a todas horas siguen sus consejos; pero los otros son hojas de las que caen, pues no llevan en sí mismos la doctrina y la ley. Kamala objetó sonriente:

-Otra vez vuelves a hablar de él. Nuevamente tienes pensamientos de samana.
Siddharta no contestó. Continuó con el juego del amor, uno los treinta o cuarenta juegos diferentes que conocía Kamala. El cuerpo de ella era elástico como el de una pantera, como el arco de un cazador; quien aprendía el amor con Kamala, sabía muchos placeres, muchos secretos.

Durante mucho tiempo jugaba con Siddharta: le atraía, le rechazaba, le obligaba, le abrazaba; se alegraba de su maestría hasta que él, vencido y agotado, descansaba junto a Kamala. La hetera se inclinó sobre Siddharta, observando largamente su cara y los ojos cansados.

-Eres el mejor amante que he conocido -declaró pensativa-. Eres más fuerte que otros, más flexible y espontáneo. Has aprendido mi arte muy bien, Siddharta. Algún día, cuando yo sea mayor, quiero tener un hijo tuyo. Y sin embargo, querido, sé que sigues siendo un samana, que no me quieres, que no amas a nadie. ¿No es eso verdad?
-Puede que lo sea -contestó cansado-. Pero soy como tú: tampoco amas... ¿Cómo podrías ejercer el amor, como un arte? Las personas de nuestra naturaleza quizá no sepan amar. Los seres humanos que no pasan de la edad pueril sí que saben: ése es su secreto.

SANSARA

Durante largo tiempo Siddharta había vivido la vida del mundo y de los placeres, pero sin formar parte de esa existencia. Se le habían despertado los sentidos que adormeció en los ardientes años de samana; había probado la riqueza, la voluptuosidad, el poder; no obstante, durante mucho tiempo permaneció siendo un samana dentro del corazón. Se dio cuenta de ello la misma Kamala, la inteligente. La vida de Siddharta seguía estando presidida por tres cosas: pensar, esperar y ayunar; todavía la gente del mundo, los seres humanos le eran extraños, igual que él lo era para los demás.

Los años pasaban, y Siddharta, rodeado de bienestar, apenas se daba cuenta. Se había hecho rico; ya poseía su propia casa con los correspondientes criados, y un jardín en las afueras de la ciudad, junto al río. La gente le quería; le iban a ver cuando necesitaban dinero o consejos. Pero, a excepción de Kamala, nadie consiguió ser su amigo íntimo.

Poco a poco se había convertido en recuerdo aquel estado alto y sereno de renacido -el que sintió en su juventud, días después del sermón de Gotama y de la separación de Govinda-, aquella esperanza expectante, aquel orgullo de soledad sin profesores ni doctrinas, aquella disposición dócil a oír la voz divina en su propio interior; todo fue pasajero; la fuente sagrada murmuraba en la lejanía y con voz muy débil -la que antes estuvo muy cerca-, en su propio interior. Sin embargo, le había quedado todavía mucho de lo que aprendió de los samanas, de Gotama, de su padre, el brahmán: la vida moderada, el placer de pensar, las horas de meditación, el conocer secretamente el yo, el eterno yo, que no es cuerpo ni conciencia.

Sí, le había quedado algo de todo aquel pasado, pero ello se encontraba en el olvido, cubierto de polvo. Era como la rueda del alfarero que, una vez en marcha, no se detiene bruscamente, sino que con lentitud y cansancio aminora la marcha hasta pararse del todo. En el alma de Siddharta, la rueda del ascetismo, de la reflexión, había girado durante mucho tiempo; y ahora todavía daba vueltas, pero muy despacio, vacilando: se hallaba a punto de detenerse. Paulatinamente, como la humedad penetra en la corteza del árbol y la invade y la pudre, así el mundo y la pereza habían penetrado en el alma de Siddharta; con insidia le llenaban el alma, daban pesadez a su cuerpo, le cansaban, le adormecían. Por el contrario, sus sentidos se habían despertado, habían aprendido mucho, poseían gran experiencia.

Siddharta había aprendido a comerciar, a ejercitar su poder sobre las personas, a divertirse con una mujer; se había aficionado a vestir ropas elegantes, a ordenar a los servidores, a bañarse en aguas perfumadas. Le gustaba comer sabrosos platos preparados con cuidado; platos de pescado,
carne, aves, especias y dulces, y bebía el vino que da pereza y ayuda a olvidar. Había progresado en el juego de los dados, en el tablero de ajedrez, en el saber mirar a las bailarinas; sabía dejarse llevar en una litera, y dormir en una cama blanda.

Pero aún no se sentía diferente o superior a los demás; siempre los observaba con un poco de ironía y desprecio, precisamente con ese desdén que siente un samana por la gente de mundo. Cuando Kamaswami se encontraba enfermo, cuando le perseguían las preocupaciones de los negocios, Siddharta siempre le lanzaba una mirada burlona. Sólo que, lentamente, sin que se notara en el continuo ritmo de las cosechas y estaciones de lluvia, su ironía se había cansado, su superioridad había conseguido calmarse. Y despacio, en medio de su riqueza creciente, Siddharta se había adaptado un poco a las maneras de los pueriles seres humanos, a su candidez, a sus temores.

Y sin embargo, los envidiaba. Sentía cada vez más celos, a medida que se iba pareciendo más a ellos. Codiciaba lo único que a él le faltaba y que los hombres tenían: la importancia que lograban dar a su existencia, la pasión de sus alegrías y temores, la dulzura inquietante y la felicidad de sus
amoríos. Los envidiaba a ellos, a sus mujeres, a sus hijos, a su honor o su dinero; esos seres siempre se hallaban llenos de planes y esperanzas.

Pero precisamente era eso lo que no conseguía disimular: esa alegría y necedad infantiles. Aprendía de ellos tan sólo lo desagradable, lo que despreciaba. Cada vez con más frecuencia le ocurría que tras pasar una noche en sociedad, a la mañana siguiente se quedaba mucho tiempo en la cama, se sentía estúpido, y cansado. Cada vez más a menudo se enfadaba y perdía la paciencia cuando Kamaswami le aburría con sus preocupaciones.

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