Cuando mi coraje escribe

| 13 agosto 2012 | 17 Opiniones |
Hace algunos post atrás hablé, con el respeto al lector y al género, sobre la pinche vieja que tengo como vecina, que se ha atrevido a insinuar que no vendo nada [que si bien he tenido días malos ella también], lo cual, sin duda, no es de su incumbencia.


Antes solía pasarme un rato en la entrada del local, pues me cansaba de estar sentado y para mi mala suerte, siempre pasaba ella para ir a cagar, porque ella como vende millones de cafés tiene la posibilidad de tardarse entre diez y quince minutes cagando cada hora. Entonces, en su paso siempre aprovechaba para ‘mofarse’ lo cual, como soy muy sentido, lo tomaba como un insulto.


Pon fichas para que no se te junte gente’, ‘¿Qué pasó, ya te cansaste de vender?, ‘Deberías de surtir, ya agotaron tu tienda’ y pendejadas similares.


Unos días atrás, abrí tarde porque tenía un evento personal, y hasta donde sé, no tengo por qué darle cuenta de ello, al llegar, me esperaban unos clientes en su café [que le consumieron café por cierto], y al después de atenderlos, llega la tipeja esta como rémora:


¿Por qué tan tarde?, tenían desde las tres esperándote.


En ese momento me daban ganas de contestarle, ‘la hora a la que llegue y abra no es tu pedo, y tampoco lo es el que seas tan pendeja y aún no aprendas que yo cierro de dos a cuatro y se lo digas a los que me buscan’, porque, a saberse, esta señora, parece que le gusta ‘quemarme’, porque cuando salgo a comer y me busca gente, dice que ‘no sabe por qué esté cerrado’, claro, y debo ser justo, en otras ocasiones ‘sí se acuerda’ de tal hecho y lo dice.


Abro tarde, pero la gente también es muy poca a las nueve de la mañana en pleno centro y la mayoría va en sus carros, camiones, taxis rumbo a escuelas y trabajos y el resto es floja, por lo cual, no creo necesario abrir más temprano. Estoy de diez y media a ocho y media [con mis dos horas de comida], sí, horario de oficina.


Cuando la tipeja ésta y su marido el gangoso adquirieron el café, gritaban a los cuatro vientos, que cerrarían a las nueve, pues es fecha –ocho meses después-, que sólo un día lo hicieron y no por voluntad, sino por circunstancias. Y lo bonito es que, si antes cerraban a las siete, ahora cierran ¡a las seis!, así es, un café cerrado a las seis de la tarde. A partir de esa hora y hasta las ocho y media que estoy aquí, su teléfono suena y suena. ¿Les he dicho algo a ellos? No. ¿Por qué?, porque me vale madres lo que hagan o dejen de hacer con su negocio, tal y cual a ellos deberían de hacer con respecto a mí. ¿Seré a caso tan importante para ellos? Lo dudo, simplemente, gente metiche.


Ahora, que si gustan, me pongo a quejarme de cómo ellos han bajado la calidad de sus productos y han subido sus precios, por ejemplo, de cómo subió la leche entre uno y dos pesos y ellos le subieron cinco pesos al café cuando, por ejemplo, el frapuccino es setenta por ciento hielo como lo preparan ellos. O sus tortas de jamón de pierna de pavo, con una miserable rebanada y tres hojas de lechuga a veinticinco pesos, cuando en otros lados, la torta de carne adobada cuesta diecinueve pesos. Etc.